Recordatorio de julio

Pierre Vauléon

©1942

Me había puesto a recapacitar sobre lo relevante que viví durante un mes de julio.

Y lo primero que me ocurrió fue la muerte de mu padre. Era un año de calores. Mi padre estaba en la cama desde hacía una semana y no mejoraba. El médico ya había venido dos veces y la segunda yo había sorprendido una mirada inequívoca entre mi madre y el doctor. El pronóstico era de gravedad.

Hinchado por las pastillas de hidrocortisona que se tomaba día tras día, la tez oscura y las encías moradas revelaban el mal del enfermo, nombrado por el apellido de su descubridor o inventor : Addison. Una insuficencia suprarrenal severa. En los primeros tiempos, se dijera que sufría de narcolepsia : era capaz de caerse dormido en cualquier momento y lugar de tan cansado como estaba. Me había contado mi madre que un día lo encontró tumbado al pie de la sierra eléctrica en marcha. ¡No era posible seguir así o iba a pasar un drama!

Entonces fue cuando tomaron la decisión de cerrar el taller de carpintería. Comprando un comercio de prensa, mercería y regalitos que periclitaba, obtuvieron la gerencia de un estanco en el sur del departamento de la Mancha.

Con el empeoramiento de su estado, mis esperanzas de escuela de comercio se esfumaban cada día más. Bachillerato en mano desde hacía una semana, tal vez tuviera que buscar trabajo para traer un salario a casa antes de mucho tiempo.

Mi padre me había encontrado un empleo veraniego de un mes en la caja de subsidios familiares, para clasificar tarjetas perforadas. ¿Tal vez pudiera entrar ahí de verdad ? Aunque el trabajo fuese rutinario y mal pagado.

Siempre me daba en prioridad por imaginar lo peor antes de pensar que nunca está seguro.

De momento, mu madre me había misionado para ir corriendo a por el médico: la fiebre pasaba de los 39 grados y mi padre daba signos de caer insconciente.

Era la una de la tarde. el sol me caía sobre los hombros como plomo fundido y llegué sudado ante la puerta del consultorio, distante de casa de casi un kilómetro. había tardado menos de cinco minutos !todavía no había empezado la consulta de la tarde y cuando pulsé el timbre, el mismo doctor me abrió la puerta, una fruta a medio comer en la mano.

—Hola, Pedro, qué pasa ?

—Mi madre dice que venga rápido porque mi padre es muy débil y tiene mucha fiebre.

—Vale. Cojo el maletín y vamos.

—En coche?

—Pues, sí, mejor, no?

Nosotros no teníamos ni teléfono ni coche, apenas un televisor desde hacía unos meses y un recorrido en automóvil era toda una aventura para mí.

Llegamos en un abrir y cerrar de ojos me pareció y, apenas aparcado en la plaza de la basílica a cuya sombra vivíamos, el médico cruzó el estanco a zancadas, saludando con el sombrero a mi madre que atendía a un cliente, para subirse de cuatro en cuatro los escalones hacia la habitación de mis padres : de sobra conocía el camino. Reconoció rápido a mi padre, antes de dirigirse a mi :

—Vete a la farmacia y diles que manden una ambulancia para la clínica.

Sólo después dijo a mi madre:

—La infección le ha trastornado completamente la insuficiencia suprarrenal. Tengo que ingresarlo en la clínica.

—Y cómo voy a pagar eso ? sollozó mi madre.

—No se preocupe, ya veremos con las hermanas.

Tras un tiempo que me pareció dilatado llegaron dos fornidos enfermeros con una camilla. Mi madre me había mandado a despachar y desde el mostrador, les indiqué el camino.

Desde mi puesto, oí que trajinaban en la escalera y al poco tiempo escuché voces que decían :

—La camilla es demasiado larga, no doblará la esquina; hay que bajarlo en la sábana.

Así hicieron. Mi padre jadeaba bastante. Se le descubrió el cuerpo en el ajetreo y por primera vez le vi el sexo antes de que lo taparan decentemente.

Mi ùadre se subió con él a la ambulancia y antes de que arrancara el vehículo me lanzó:

—Cierra el comercio, pon una pancarta cerrado por causa de gravedad y acude a la clínica sin demora.

— Vale, mamá.

Estaba solo en casa. Al principio de la enfermedad, mi hermano menor había sido acogido en casa de su padrino y los gemelos en la de uno de sus tíos.

Cuando llegué, mi padre reposaba en una cama y dos enfermeras estaban tratando de encontrarle una vena para ponerle una infusión. Ni manera en ninguno de los brazos. Acababan de lograr la operación en una vena del pie cuando sonó un timbre de llamada y salieron las dos.

En este momento, se sobresaltó un poco mi padre, entornando los ojos y seguidamente se apoderó el silencio de la habitación.

—Creo que ya no respira, dijo mi madre, llama tú por favor!

Salí al pasillo a por alguien y cuando volví constaté que sus ojos abiertos fijaban el techo. Mi padre habia muerto. El corazón le había fallado. Quédé encogido unos minutos, incapaz de cualquier emoción. Mi madre lloraba en silencio.

Recuerdo que cuando salimos a la calle, un sol implacable nos hizo cerrar los ojos a los tres, de tanta luz después de la relativa penumbra de la habitación.

Últimamente, yo no tenía excelentes relaciones con mi padre. Estaba en una edad que significaba más confrontaciones que admiraciones. Su enfermedad habia impedido que finalizara reformas en nuestra habitacion a los dos mayores y en un momento de exasperación le había espetado una réplica mordaz e injusta sobre la pérdida del taller de carpintería que tenía anteriormente.

Al día siguiente, tuvo que quedar encamado y hasta el final no logré darle las disculpas de regla.

Así fue la despedida con mi padre. De una tristeza sin fin.

A la hora de poner el punto de remate a este recuerdo, me viene a la memoria otro, el de una redacción de fin de primaria o principios del colegio que me reportó un sobresaliente, fue leída en clase y que mis hermanos plagiaron todos en su tiempo. El tema era : hable de su héroe favorito.

Y yo, en tres párrafos, había hablado de mi padre como refractario al STO, el servicio de trabajo obligatorio instaurado por Laval a favor de los alemanes en 1943, como carpintero que había sabido reformar nuestra casa de abajo hasta arriba con pocos medios, y como futbolista que me había aprendido a regatear y tirar en las reglas.

Así era mi padre para mí en el tiempo de mi niñez. Q.E.P.D.

Eso fue el 12 de julio, cincuenta y cinco años ha.

©Pierre-Alain GASSE, julio de 2020.

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