© B. V. 1960
Dejé de fumar al cumplir cincuenta.
Y bien que me costó porque había empezado sobre los doce. Sin que rechistara demasiado mi padre. Es que el tabaco lo teníamos en casa: mis padres llevaban un estanco-quiosco en una pequeña ciudad de provincia. Así que los paquetes de cigarrillos nunca me faltaron hasta que abandonara la casa para cursar literatura en la capital de provincia. Creo que probé todas las maneras de consumir tabaco menos una: mascar. Me daba repulso.
También tengo que decir que, durante mis años de instituto, casi no hubo día en que no trajera en el cartapacio toda clase de abastos para los internos. Lo primero eran cigarrillos, después golosinas de todo tipo y en el tercer puesto venían revistas ilustradas, sobre todo tebeos. El pre-seminario acogía a alumnos de todas las clases sociales, pero a pesar de todo dominaba la pequeña burguesía. Sus retoños podían gastarse a la semana un billete de 10 francos sin problema (el paquete de Gitanes sólo costaba 1,30 NF). ¡Incluso tenía yo adictos fieles que me compraban una a dos cajetillas metálicas de Benson and Hedges, Black & White o Camel a la semana! Ya comprendes por qué me dejaba fumar mi padre. Obviamente, yo tenía que pagarle por adelantado a mi padre, antes de llevarme la mercancía. Por lo que yo también cobraba por adelantado y devolvía el cambio. Claro, yo cobraba un 10 % para cubrir los riesgos, el trabajo y el peso de llevar toda esta mercancía a espaldas, además de mis libros y cuadernos.
Si recuerdo bien, personalmente empecé con los famosos mini paquetes azules y blancos de cuatro cigarrillos de tabaco negro, los "Parisiennes P4" que todos abreviábamos en P4. Con ellos hice mis primeros escarceos de fumador. Tosiendo y escupiendo, como todos, y echando lágrimas por el humo. Después, vinieron los Gauloises bleues y los Gitanes y cuando estaba en España los Celtas cortos y los Ducados. Pero también probé el tabaco rubio de los Bisonte y de los Fortuna. En España, me encantaban las cerillas cortitas que se podían encender en la suela del zapato o cualquier superficie dura. Te daba un estilo.... ¡Con el inconveniente de que a menudo te quemabas los dedos, de tan cortos como eran! En aquella época, echabas las colillas al suelo, en los bares como en la calle, sin que nadie te dijera nada!
Por ser hijo del estanquero, no me fue difícil probar toda clase de tabaco, a escondidas de mis padres, al principio, y después sin demasiadas trabas. Un paquete más o menos no se podía notar en los estantes y no existía en aquel entonces caja automática que registrara las ventas. Me encantaron durante mis primeros tiempos de fumador los High Life de tabaco rubio (los franceses pronunciábamos "iglif"), en paquete de diez. Pero más tarde, llegué hasta el extremo de querer probar los "Boyard" de papel maíz, los cigarrillos conocidos por tener las mayores tasas de nicotina y alquitrán de todos: 2,95 mg y 45 respectivamente por cigarrillo. Horrible. Ni pude fumar medio ejemplar de esos cigarrillos de módulo grande. Y ¡Yo atendía en el estanco a quienes se fumaban media caja día a día! Suicidio lento, pero casi seguro.
Tras un corto periodo en que para presumir, supongo, gasté cigarrillos rubios en cajetilla metálica (sobre todo Black & White), dejé el pitillo para pasar al purito. Primero de los más baratos como los Niñas, para después probar algún que otro Chiquito, Brazza, Agio o Reinitas y Farias Club cuando viajaba por España, antes de fijarme en los Meccarrillos, marca a la que quedé fiel hasta que pasara a la pipa. Me permitió reducir mi consumo a uno o dos cigarrillos puros al día. Lo malo es que en aquella época, tomé la costumbre de fumar en coche, lo cual dejaba en la cabina un olor de mil demonios. Bien percibía que un puro encerraba más tabaco que un pitillo, pero no impactaba mi conciencia. Hoy en día, sé que la diferencia es de un gramo de tabaco a tres. Menos mal que no me fumara más de dos o tres al día. Al tabaco también le llevaba yo la ventaja de no haber inhalado nunca el humo, aparte del que respiras inevitablemente cuando fumas.
Creo que, llegado a la Universidad fue cuando me entraron ganas de probar la pipa. Para ganar prestancia con las chicas, no sé. En el estanco que llevaban mis padres encontré todo lo necesario: una pipa recta de madera de brezo, un limpiapipas y el tabaco. Petaca no, porque me parecía un objeto demasiado de viejo.
Hasta que dejara de fumar, quedé fiel al tabaco Amsterdamer, pero alguna que otra vez también probé otra marca famosa, el Clan. La mezcla del Amsterdamer de tabacos de Indonesia siempre me ha atraído. En general, su perfume seducía a cuantos se encontraban alrededor de uno. Creado en 1920, este tabaco de hebra acababa de ser introducido en Francia por la SEITA en 1968 cuando empecé a fumar en pipa. El Clan, holandés también, con su mezcla de catorce tabacos diferentes, me pareció de olor demasisado "femenino", aunque muy pocas chicas fumaban en pipa.
Fumé en pipa hasta los cincuenta, creyendo ingenuamente que era menos nocivo que fumar puros o cigarrillos, lo cual se sabe que es un grave error. Pero ya mucho antes, limpiar la pipa se había vuelto una labor fastidiosa, sucia y maloliente que me hizo cobrar conciencia de la "mierda" que se traga el fumador bocanada tras bocanada.
Así poco a poco, espacié el consumo de tabaco. Pero faltaba el disparador que me hiciera parar por completo. Cuando, en 1998 murió mi suegro, recuperé su pipa, una elegante pipa corta encorvada y un paquete del tabaco llamado "gris" en Francia, o sea una ruda picadura. Llené con ella la cazoleta e intenté fumarla, pero no pude. Demasiado fuerte y agria. A los pocos meses de conservar esta pipa sin fumar, vi que la cazoleta llevaba una grieta bastante profunda. Entonces fue cuando decidí parar por las buenas. Y la eché a la basura.
Fue el gesto que marcó el principio de mi cese completo (aparte de alguna que otra bocanada en días de festejo, tal vez), pero hasta hoy no hubo recaída. ¡Ojalá siga así!
Lo único que conservo de mi vida de fumador son dos libretas de papel de fumar OCB que ni sé porque las tengo (sin duda hubo un momento en que intenté liar pitillos de Amsterdamer), mi limpiapipas y un mechero de gas.
Lo demás son humos esparcidos por los aires de la vida.
© Pierre-Alain GASSE, julio de 2026.
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