
©B. Vauléon, 2023
I
Sábado 27 de julio, 4 de la tarde
No es común lo que me está pasando. Tener dos familias al mismo tiempo.
Y sin embargo, ocurre cada día más a menudo, según dicen. Lo evoca la prensa, con regularidad, cuando degenera la situación.
Sí, lo sé, dicho así, no queda claro. Bueno, voy a precisar.
Es última semana de julio, sábado, son las cuatro de la tarde y tengo que acoger a una familia de 11 personas, padres, hijos, nietos, más la novia de uno de ellos. Creo que alquilaron la casa desde el extranjero hace unos seis meses, a través de Orbi.
Estoy preparada para recibirlos. Están encerados los entarimados, hechas perfectamente las camas, dispuestas las tumbonas alrededor de la piscina, así como las sombrillas en la terraza. Sin olvidar la canasta con la fruta de acogida, una botella de vino espumoso local y otra de zumo en la nevera. La criada acaba de irse.
La cámara del portero electrónico ha reconocido la cara de quien firmó el contrato, registrada cuando la reserva, y he podido abrir la puerta. Van llegando, cargando, empujando o tirando de las maletas y se desparraman por la planta principal como un vuelo de gorriones, afanosos de descubrir el espacio, cuando vuelve a sonar el timbre.
También conozco esa cara. Vuelvo a abrir. Más maletas y detrás de ellas seis personas que enseñan una reserva en debida forma, parece. Procedente de Viatel, esta vez.
Los dos cabezas de familia se hacen frente y examinan sus contratos de alquiler: mismo día, misma hora, mismo minuto. Un precio en dólares, el otro en euros.
Habría que bajar hasta el centésimo de segundo para encontrar una anterioridad. Y operar el cambio para comparar los precios.
Cada uno defiende su propio derecho. Sube el tono. Con los hombres en primera línea, pero les mujeres no se quedan mucho atrás. Se agitan las manos, acercándose peligrosamente al prójimo.
Según mi contrato, en este caso, previsto por los textos de las plataformas de reserva, tengo que presentar una alternativa a quien llegó segundo.
No la tengo. Y la oficina de turismo tampoco. Es temporada alta, Todo está completo en un radio de veinte kilómetros. Ni un chalé, ni una habitación, ni una cama de casa móvil queda libre para esta noche.
En absoluto, replican los que llegaron segundos. Si su dueño no puede alojarnos en otra parte, nos quedamos aquí.
Yo, tengo de dormir para dieciséis. Es la capacidad máxima de la casa.
Y en menos tiempo del que me hizo falta para presentarte la situación, me encuentro con la planta baja y el primer piso ocupados por la tribu Van Oppel y el bajo con jardín por la familia Dubertrand.
Los Dubertrand, al constatar que todas las maletas de los contrarios seguían en la planta baja, a toda prisa bajaron a ocupar el nivel -1 del chalé donde disponen de dos habitaciones, de un cuarto de baño, de un retrete y de la sala de juegos donde se pueden montar dos camas extra. Y de la cocina exterior con nevera, en la terraza cubierta del bajo con jardín.
Con, de remate, acceso directo a la piscina y el jardín. O sea que, finalmente, no resulta tan mala su situación. Por lo visto, habrán estudiado con cuidado la disposición del lugar antes de venir.
Los Van Oppel, por su parte, en la planta principal y el piso primero, disponen de la sala de estar donde los sofás dan sitio para dormir a tres y de tres habitaciones con cama de matrimonio y dos cuartos de baño, un retrete en cada planta, además de la entreplanta donde se guarda un viejo sofá cama, de la cocina y la sala de comer para doce y de la terraza superior con su mesa, sus sillas y sombrillas para doce también. No se puede negar que su suerte es mejor, pero su número también casi el doble.
Me llama la atención que los Dubertrand hayan alquilado tan grande para seis solamente. ¿Esperarán invitar sin decirlo a unos amigos de paso? Quedan malparados.
Noto que cada uno se da prisa para colonizar su territorio, por miedo a ser desalojado.
Por lo menos, la cuenta es correcta, cada uno tendrá cama esta noche.
Mañana será otro día. Pero barrunto que voy a sufrir y que será larga la semana si no cambia nada en la situación. Ya no es una casa de alquiler, sino casi un campamento de verano con el que cargo.
II
Domingo, 28 de julio
Pasada la desilusión de aquella cohabitación forzada, en cada campo, la tarde de ayer se dedicó a vaciar las maletas, llenar las neveras y afinar el programa de la semana.
A la hora de la cena, los Van Oppel, de origen belga, asaron en la barbacoa de la terraza salchichas compradas en el supermercado del lugar. Por su parte, los Dubertrand, que viven en Bretaña, para su llegada habían previsto una comida de panqueques de trigo sarraceno. Ponerlos calientes desprendía un olor desconocido de mi banco olfativo. Lo registré.
Esta mañana, noto que las tumbonas se repartieron a igualdad alrededor de la piscina. No es iniciativa mía y no sé de quién fue, pero se diría un comienzo de concordia.
Anoche, percibí algún que otro sonoro chapoteo, juegos y risas. Los Dubertrand, por la proximidad de su territorio, tuvieron largo tiempo para disfrutar primeros de la piscina.
Hoy, mientras sigue trajinando el robot limpiafondos, diez de las doce tumbonas acogen las toallas azules de los Van Oppel (las de los ocupantes del piso jardín son verdes).
Los Dubertrand han sacado el futbolín a la terraza y, en la sala de juegos, el billar inglés sirve como separador entre dos zonas de descanso - una al fondo de la habitación y la otra cerca de las ventanas - donde se instalaron las dos camas plegables de la despensa. Los dos adolescentes de la familia, Tim y Pablo, han pasado a ocupar el sitio, contentos con su suerte, por lo visto.
Sus padres, Cristine y Vincent y los abuelos maternos, Jacques y Valérie, ocupan los dos cuartos del piso jardín.
No sé si mi dueño, ingeniero en domótica asistida por IA, se ha enterado de todos los informes de mis captores, sensores y cámaras, pero me entrenó para hacer frente a todas las situaciones. Debería poder arreglármelas.
Mitad chalé por mi silueta y el uso de la madera, mitad villa por mi ubicación en la ciudad y mi piscina, no sólo soy una casa pasiva, desprovista de sistema de calefacción, salvo una estufa auxiliar, sino que sobre todo soy una casa inteligente, capaz de reaccionar y adaptarse a cualquier eventualidad.
Y ésta sí que ha sido prevista, aunque todavía no haya ocurrido.
Este nuevo reto me ha alborotado. Estoy que muy emocionada.
Mi prioridad del día va a ser familiarizarme con los ocupantes, de arriba y abajo, diría, para simplificar.
Con todos los datos ya recogidos, pude elaborar los siguientes árboles genealógicos:
Marie Oberthur + Marc Van Oppel
78 años 79 años
↓
Jules Van Oppel + Emma Janssens Arthur Van Oppel + Zélie Peeters
53 años 50 años 55 años 53 años
↓ ↓
Théo Van Oppel – Léa Van Oppel Tom Van Oppel + Eva Lunghini Lucas Van Oppel
17 años 18 años 20 años 20 años 17 años
Valérie Duclos + Jacques Dubertrand
60 años 65 años
↓
Christine Dubertrand + Vincent Le Goff
42 años 45 años
↓
Tim Le Goff Paul Le Goff
15 años 17 años
Permíteme presentártelos brevemente, según lo que pude juzgar por su apariencia: Marie y Marc Van Oppel son septuagenarios ágiles, elegantes y esbeltos: ella, con cabello corto (rubio artificial), y él, con cabello blanco, corto y escaso. Sus hijos, Jules y Arthur, hombres joviales de cincuenta y tantos años, se parecen a su padre y a su madre respectivamente.Sus esposas son mujeres de los Países Bajos, rubia una y pelirroja con pecas la otra, de aspecto bastante ordinario. Sus nietos son de lo más diversos: Léa es una joven que parece acomplejada por tener un ligero sobrepeso. Sin embargo, se la puede describir como guapa.Théo y Tom, primos, se llevan casi tres años, pero parecen gemelos. Su moderno corte de pelo rapado por los lados probablemente contribuye a la confusión. La pareja de Tom, Eva, es una mujer superficial que adora a su conquista, el cual se deja manipular. Lucas, el menor, es un fanático de fútbol que sólo viste chándales y camisetas de sus jugadores y clubes favoritos.
Los Dubertrand me parecieron más provinciales que los Van Oppel, más bien selectos. Jacques Dubertrand, bastante alto y fornido, tiene pelo cano y tupido. Su mujer es una alta morena rizada. Su hija, Christine, bonita cuarentona de pelo castaño claro se casó con Vincent, mozo de buen ver también. Y con aquella genética, sus dos hijos, Tim y Paul, son adolescentes que deben llevarse las miradas de muchas chicas, cuando no de sus madres.
Las imágenes del portero electrónico de cuando llegaron me han permitido componer una galería de fotos completa y el robot humanoide que controlo ya se ha puesto en contacto con todos los miembros de la familia Van Oppel. Mi amo la llamó María. "¡Qué banal!" comenté. "¿Quién manda aquí?" me replicó, ofendido. Tuve que admitir que todavía era él. Dirigió una mirada suspicaz hacia el armario eléctrico donde me encuentro.
Sea lo que sea, María es muy eficiente, una verdadera ama de llaves de primera categoría, además de tener una apariencia muy sexy. Por menos de 200 000 dólares, mi amo compró aquel último modelo de robot de compañía de Velvetronics al que modificó para dotarlo de numerosas funciones domésticas. Su piel de silicona de grado médico es hipoalergénica, duradera, flexible e increíblemente suave. Sé que María tiene también funciones de robot sexual, pero mi amo las reserva para su uso exclusivo. Porque, cada noche, por una pasarela cubierta prohibida a los visitantes, María reintegra el chalé de al lado. Allí es donde viven los dos. Ella toma el servicio a las 6:30 de la mañana y deja la casa a las 21:00. Mi amo le calculó los horarios por los de las "maids" asiáticas, que figuran entre las más industriosas del mundo. De Singapur trajo la idea.
Acabo de mandar a la robot que baje las escaleras, lo que hace con mucha soltura, para entrar en contacto con los Dubertrand, que están reunidos en su terraza y se preparan para darse un chapuzón antes del almuerzo.
—Buenos días, señores, soy María, vuestro robot conversacional humanoide y puedo realizar para vosotros las más de las tareas domésticas de esta casa. Que cada uno, por turno, me diga: "Buenos días, María", voy a registrar su voz y en adelante la reconoceré.
Su voz, similar a la de Alexa (1) ha sonado familiar a todos. Nadie se ha sobresaltado. Simplemente se han dado la vuelta juntos.
Sorprendidos a la vez que encantados, los Dubertrand cumplen la demanda con entusiasmo. Presiento que dentro de poco recibirá María sus primeros pedidos.
—María, ¿podrías traernos unos refrescos a la piscina? acaba de decir Jacques Dubertrand, al que siento seducido por el look sexy de mi robot, de expresiones faciales increíblemente realistas..
—¡Cómo no! Ayer llené la nevera. ¿Qué quieres? Hazme tu pedido.Prepararé una bandeja y la llevaré a la mesa baja junto a la piscina.
Se sonríe María. Le enorgullece enseñar una de sus habilidades recién adquiridas, la de camarera: subir y bajar un piso con una bandeja de vasos llenos, sin perder una gota.
Tras unos momentos para ponerse de acuerdo, Jacques, por lo visto cómodo con los robots, se vuelve hacia María y le dice:
—Tráenos dos cervezas, dos gaseosas, un zumo de tomate y otro de piña.
—Sí, senõr Jacques, en seguida.
Noto con desagrado que su frase no tiene fórmula de cortesía. Por suerte, no le inmuta a María. Sabe descifrar las emociones humanas, pero éstas no la afectan. Ella se aleja hacia la cocina principal.
Los jóvenes Van oppel, Théo, Léa, Tom, Eva y Lucas están poniendo la mesa grande de la terraza mientras sus padres y abuelos trajinan en la cocina. Cuando aquéllos ven a María volver, tomar una bandeja, vasos para refrescos, y luego abrir la nevera americana para sacar los pedidos de los Dubertrand, se instala una tensión palpable:
—¿Qué estás haciendo, María? No estarás al servicio exclusivo de esos usurpadores, ¿verdad? ¿Cuándo dignarás ocuparte de nosotros?
Emma Janssens, la esposa de Jules Van Oppel, acaba de hablar con tono airado.
—Claro que no, señora Emma, contesta María con ademán reservado y sonrisa concíliente, bajo esta bandeja a la piscina y vuelvo, no se inquiete.
A mí me parece que va a ser complicado para la robot cumplir con todas las demandas de las dos familias de la casa.
III
Lunes, 29 de julio
Tras un domingo soleado sin incidente digno de contar, ocupado en tomar el sol junto a la piscina y recuperar del cansancio del viaje sin dejar de mirarse con cara de pocos amigos, convenía avanzar antes de que estallara un conflicto. Esta mañana, por la boca de María, propuse que se publicara en el móvil de cada uno un calendario de uso de los espacios y juegos colectivos, piscina, mesa de billar, futbolín, a prorrata del número de miembros de cada familia, para que cada uno supiera a qué tiene derecho.
Mis propuestas parecían razonables y, tras algunas pequeñas modificaciones solicitadas por ambas partes, llegamos a un acuerdo satisfactorio para todos.¡Uf!¡Qué alivio!
El problema era la mesa de billar: se encontraba de facto en el espacio privado de los Dubertrand, ya que los dos hermanos, Tim y Paul, habían instalado su dormitorio en la sala de juegos.
Por SMS María convocó a todos en el salón y, por votación a mano alzada, decidieron sacar la mesa de billar a la terraza cubierta del bajo con jardín (dado su peso, no era posible subirla) e instalar el futbolín en aquélla descubierta del piso principal (su linóleo y sus jugadores de aluminio fundido no temen la lluvia).
Mi esperanza secreta es que, rápidamente, se mezclen los jugadores de los dos equipos, pero todavía no hemos llegado a eso. De momento, nos contentaremos con seguir el planning establecido. Ya es envidiable, me parece, dada la situación inicial. No estoy descontenta. Tampoco mi amo. Me ha felicitado por la iniciativa.
A mediodía, dejé que los Dubertrand se las arreglasen con la comida, excepto la compra, que Jacques y Valérie fueron a recoger al Drive más cercano después de que María estableciera con ellos la lista transmitida al supermercado.
Mientras tanto, le pedí que explicara brevemente a la familia Van Oppel el manejo, con ayuda suya o no, de cada electrodoméstico conectado de la cocina principal: la nevera americana, el robot Thermomix, el horno, el microondas, la cafetera... que habían mirado con ojos grandes al llegar. De inmediato, me enteré de que eran mucho menos duchos en tecnología que los Dubertrand. Hasta los jóvenes de la familia parecían desprevenidos.
Yo hubiera pensado lo contrario, ya que los Van Oppel viven en Bruselas y los Dubertrand en Quimper. ¡Para que veas!
Esta mañana volví a ponerme en contacto con la Oficina de Turismo del Valle. Ni un alojamiento disponible antes de fin de semana. Tengo que anunciarlo a los Dubertrand. Me imagino que van a protestar muy poco. Veo que se han acostumbrado a su suerte y que, considerándolo todo, ya no tienen tantas ganas de cambiar de residencia. Ésta ofrece ventajas insospechadas.
¡Bingo! Apuesta casi ganada. Ya no piden su cambio. Veamos ahora lo que piensan los Van Oppel.
Por su parte, la situación es más tensa. Deben renunciar a todo un piso de la casa y compartir la piscina. Es mucho.
Pero como lo hicieron notar las dos cincuentonas de la familia, Emma Janssens y Zélie Peeters, con su agudo sentido practico, han venido para visitar la región y no para tumbarse todo el santo día junto a la piscina, ¿verdad?
Bueno. Creo que el problema viene resuelto.
Más tarde vendrá lo de la compensación por perturbaciones del disfrute. Mi amo y yo vamos a estudiar si es mejor negociar un reembolso parcial con ambas partes antes que vernos llevados a los tribunales.¿No dice la sabiduría popular, siguiendo los pasos de Napoleón Bonaparte, “que es mejor un mal acuerdo que un buen juicio”?
IV
Martes, 30 de julio
Después de los trastornos de estos primeros días, parece que mis dos "tribus" han encontrado, con nuestra ayuda un "gentlemen's agreement", según el dicho.
María ofrece un servicio impecable: suministros, respuesta a las peticiones de todos, nunca antes había subido y bajado tantas escaleras, sin fallo alguno hasta el momento. Vigilo este punto con sumo cuidado porque su garantía no precisa ningún límite sobre ello. Supongo que mi amo consulta su memoria cada tarde y que está al tanto de sus acciones y gestos, pero no tengo la posibilidad material de comprobarlo.
Mi función a mí se limita a operar y controlar todos los equipos eléctricos y electrónicos de esta casa, incluyendo a María durante su estancia aquí. Pero como nuestra conexión es por Bluetooth, pierdo el control en cuanto ella sale del perímetro de la villa
Como ya tengo dicho, cada uno de los ocupantes dispone de teléfono inteligente y uso sin freno la inteligencia artificial para un montón de peticiones de todo tipo. Si pasan por María, me entero, claro, pero también las recibo en directo si usan el asistente de voz de su teléfono, el cual puedo controlar.
Y esta mañana, intercepté la misma pregunta procedente de dos personas diferentes. La pregunta era : "¿Cómo se seduce a una robot femenina?" El primero en preguntar era... Jacques Dubertrand. No me sorprendí demasiado, dados los indicios de gran interés que había manifestado anteriormente. Pero la segunda persona era más inesperada, aunque figuraba entre los posibles emisores: en efecto, ¡se trataba de... Léa Van Oppel!
¡Diablos! Se complica la situación. Dos de mis inquilinos, de sexo opuesto y edad muy diferente, le tiran los tejos a María. Eso sale de lo ordinario. Pero no he sido entrenada para gestionar esos conflictos de corazón. ¿Qué hacer y cómo?
Otras interacciones entre los jóvenes de las dos familias aparecen: Tim y Paul Le Goff se interesan por Lucas y Théo Van Oppel. Normal, tienen la misma edad. Los oí disputar un acalorado partido de futbolín esta mañana. Tom, por su parte queda demasiado acaparado por su novia. Eva, y Léa, la sabemos ahora, no se interesa por los chicos a quienes dedica miradas clínicas de indiferencia total. Por no poder o querer quebrar la lealtad hacia su hermano interesándose por Eva, se ha obsesionado por María.
Por el momento, los padres y abuelos se mantienen distantes, pero sólo es martes... Ya veremos...
Esta tarde, los abuelos y padres Van Oppel han planeado ir a visitar la ciudadela, pero los jóvenes, a quienes las viejas piedras no apasionan, quieren caminar hasta el pueblo de enfrente, cuyas luces vemos a la noche, desde el balcón. Todos, menos Léa, que ha pretendido estar malucha para quedarse en la villa. Los datos de salud de su reloj inteligente me han revelado que eso era totalmente falso. O por lo menos, que no era físico.
Por su parte, los Dubertrand, han previsto probar el parapente los seis desde el sitio del monte Prorel. Han conseguido tarifa de grupo.
Si no hago nada, María y Léa van a quedarse a solas
Es algo nuevo e intrigante. Me tienta observar este encuentro. Y hasta el informe de esta noche, tengo vía libre...
Bueno. Está tomada mi decisión. Léa está en su cuarto. Voy a pedir a María que vaya a preguntarle cómo se siente.
V
Martes 30 de julio por la tarde
Llaman a la puerta de Léa. Pregunta una voz:
—Léa, soy María, ¿puedo pasar?
—Sí, sí, pasa, responde Léa.
El uso del "tu" le salió naturalmente a Léa y María se adapta enseguida.
—Escuché a tus padres decir que no te sentías bien, por eso he subido a ver cómo estabas. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Quieres un té, un Doliprane? ¿Que hablemos? Dime.
Léa está acurrucada sobre su cama en posición fetal y María sabe interpretar esa postura. Se sienta al pie de la cama y le toma la mano. No se la retira Léa.
—¿Qué es lo que te preocupa, Léa. No comes casi nada desde que llegaste. ¿Echas de menos a alguien? ¿A un chico?
—Eso, en absoluto, contesta Léa con viveza y una mueca desdeñosa. Los chicos, ¡me los paso por ahí!
—Bueno, ¿entonces qué?
—No te lo puedo decir.
—¿Por qué?
—No podrías comprender.
—Lo puedo comprender todo, sabes, pues, dime lo que te pasa, Léa
—¿Seguro?
—Claro que sí, te vas a sentir mucho mejor después, ya verás. Entonces, ¿de qué se trata?
—Es loco, inquietante y maravilloso a la vez; desde que te vi, no dejo de pensar en ti. Incluso, soñé contigo esta noche.
—¿De mí? Pero, Léa, sabes que no soy una persona sino sólo una robot avanzada.
—Sí, vaya que lo sé, pero no lo puedo remediar, quien me come el coco eres tú.
—Muy amable de tu parte, Léa, y te encuentro muy bonita, sabes, pero no tengo derecho a...
—¿No tienes derecho a qué?
—A mantener relaciones sentimentales con los humanos.
—¿Por qué?
—Sería una relación sin reciprocidad, Léa. Tú me querrías y yo cumpliría tus órdenes, porque he sido programada para ello. ¿Eso quieres?
—Y ¿Por qué no? Me iría mejor que con los gilipollas de esos chicos.
—¿Te han hecho mal unos chicos, Léa? ¿Quién te ha hecho daño?
—No quiero hablar de ello. No puedo hablar de eso. Para, por favor, con tus preguntas.
María percibe el gran trastorno de Léa. Activa su protócolo de consuelo. Se aproxima y la toma en sus brazos. Léa se deja hacer y de repente estalla en sollozos.
Las lágrimas son algo conocido para María, pero esta catarata repentina, no. Tiene un movimiento de retroceso, antes de recomponerse para consolar a Léa.
—Por favor, Léa, deja de llorar, seca tus lágrimas, ya estoy contigo. Tienes mi protección.
—Sí, pero dentro de unos días, yo ya no estaré aquí y no te veré más. Todo eso no tiene salida.
Maria decide hacer un gesto que nunca antes se había permitido. Se inclina para depositar un beso en la mejilla mojada de Léa.
—Déjame pensarlo, ¿quieres?
Luego se levanta y sale de la habitación.
VI
Miércoles, 31 de julio
Es el quinto día de la doble ocupación del chalé. La convivencia parece estar bien aceptada y esta mañana, antes del almuerzo, María y yo vamos a intentar un experimento. Ella acaba de sugerir una actividad para toda la casa: un partido de waterpolo, acogido por vítores.
Sabiendo que los abuelos Van Oppel, a sus años, ya no practican deportes "violentos", quedan quince jugadores disponibles, lo justo para formar dos equipos.
Pero, como la piscina no tiene -claro está- las dimensiones de regla, María propone que los dos equipos sólo tengan cinco jugadores en vez de siete. Lo cual permitirá dos sustituciones por equipo. Éstos deberán autoarbitrarse porque María no puede permanecer en el borde de la piscina sin correr el riesgo de recibir salpicaduras. Podrían provocarle cortocircuitos o falsear el funcionamiento de sus múltiples sensores.
Por tropismo familiar, primero los dos campos propusieron confrontarse. María consideró otro enfoque, intergeneracional, que presentaba la ventaja de mezclar las familias. Los padres comenzaron por protestar a medias de su inferioridad antes de declarar por un sentimiento de orgullo, OK, de acuerdo, ya verían los jóvenes lo que iba a pasar.
Comenzó un primer partido con, para los jóvenes, Léa en la portería, delimitada por dos toallas en el borde de la piscina, Tim y Tom en ataque y Théo y Lucas en defensa. En el lado de los padres, con Paul como portero, estaban Vincent y Jules en defensa y Christine y Zélie en ataque.
Todo iba a la perfección y el marcador era de 4-2 a favor del equipo juvenil, en el segundo tiempo, cuando recibió, Léa en plena frente, un fuerte golpe venido de la defensa opuesta que la dejó inconsciente. Hubo que sacarla de la piscina.
Entonces se vio esta extraña escena: María se acercó a la joven tendida sobre una toalla, anunció que ella estaba calificada para primeros auxilios y comenzó a practicar reanimación cardiopulmonar y respiración boca a boca a la moza rescatada de la piscina.Queda claro que no le habían dejado a Léa tiempo para tragar mucha agua. Reanimarla no fue difícil.
Pues, cuando recuperó Léa la conciencia, María estaba inclinada sobre ella y entonces sucedió que Léa le rodeara el cuello con sus brazos, la atrajera hacia ella y la besara en la boca con pasión.
Aquel beso duró más de lo debido, sin duda alguna, y se alzó una oleada de protestas.
Jacques Dubertrand quiso quitarle los fusibles a la robot, pero el compartimento de su espalda donde se encontraban sólo era asequible mediante una contraseña introducida en un miniteclado adyacente. Lo intentó con "maria". En vano.
Entonces tuvo que conformarse con ordenarle que se retirara, a lo cual María accedió, tras un instante de vacilación y una mirada a Léa, quien asintió.
Yo no me metí, pero debo reconocer que María, dotada de una IA autoevolutiva, da pruebas de unas capacidades de adaptación que ni yo ni mi amo habíamos anticipado. Posiblemente, incluso pueda acceder a los sentimientos. Quiero decir ser capaz de experimentar sentimientos y no sólo de interpretar expresiones faciales. Aprende superrápido.
Todo lo cual pide reflexión.
¿Podría Léa haber tomado por el pensamiento el control de la mente de María? Sin un dispositivo de interacción cerebral, lo dudo. O ¿sería posible que María ya se hubiera encariñado con Léa?
Después de esta escena incongruente, cada familia sintió la necesidad de retirarse a sus apartamentos para asimilar la doble noticia: ¡Léa tenía sentimientos por un robot femenino!
Por su parte, Léa, roja de vergüenza, se encerró con doble vuelta en su habitación. Y tuve que pedir a María que no volviera ahí.
No cabe decir que tras aquel episodio, le mandé que mantuviera un perfil bajo durante el resto de la jornada. Y, claro, mi informe vesperal relataba "el incidente".
VII
Jueves, 1° de agosto, por la mañana
No sé como fue acogida María anoche. Tal vez fuese agitada la vuelta a casa. Según lo que dicen de nuestro amo en las redes sociales, sería bastante posesivo. No siempre tuvo una mujer robot como pareja, pero en FB y demás, dicen que sus relaciones femeninas las más de las veces terminaron mal: autoritario, egocéntrico e hipocondríaco son los calificativos que vuelven lo más a menudo para describirlo. A partir de estos rasgos de carácter y del comportamiento de María ayer, deduzco que su reacción ha podido ser desagradable. Pero no tengo acceso a esta información. Por lo tanto, es pura especulación mía.
Esta mañana, no ha salido Léa de su habitación. Emma, su madre le ha traído el desayuno.
Y María se ha mantenido al servicio exclusivo de los Dubertrand, sin que los Van Oppel emitan la menor objeción. Cuando el incidente, no manifestaron crítica alguna al comportamiento de María, porque la iniciativa del beso claramente venía de Léa, pero el que María no lo rechazara parece haber creado una especie de prevención general hacia la robot. Como si se hubiera librado de una regla ética. Se diría que quieren mantenerse alejados de ella. En realidad, María sólo accionó uno de sus protocolos de seguridad, "no oponerse a un humano, si a una no se le mandó que lo hiciera".
¿Será la reacción de la tribu Van Oppel pasajera, residual, provocada por la onda emocional del acontecimiento o va a mermar su confianza en María? Todavía no lo sé. Eso pide conformación. Voy a mandar a María que vuelva a proponerles sus servicios esta tarde.
Tiempo nublado hoy con perspectiva de tormenta por la tarde. Algo frecuente por ahí.
Los Dubertrand se han ido juntos al Supermercado, sin pedir ayuda a María. Los Van Oppel, más acostumbrados a ser servidos, por lo visto, prefieren la entrega domiciliaria y dejan que María haga los pedidos según sus indicaciones.
No nos hemos metido en la organización previa, pero acabo de enterarme de que, por motivo de tiempo incierto, se anuncia un torneo de petanca para esta tarde. Hasta ahora, sólo unos jugadores aislados de una u otra familia han experimentado los terrenos dedicados en la parte baja de la propiedad. Por suerte, trajeron los Dubertrand varios pares de bolas con ellos, porque la casa sólo dispone de seis fundas de tres bolas. O sea que disponemos de 24 bolas en total. María, tras recordar las principales reglas, propone un sorteo al azar para mezclar las familias. Era la intención de ellos. Como sólo hay dos pistas, jugando en equipos de tres, doce personas podrán operar al mismo tiempo, pero habrá que marcar ciertas bolas para formar nuevos pares. Con un rotulador espeso, será fácil. María propone ser la decimooctava jugadora para que haya un número par de equipos, registrar las puntuaciones de cada equipo y establecer la clasificación individual final al cabo de los tres partidos. De 50 minutos más una ida y vuelta cada uno, según la regla.
Todos se extrañan de que ella sepa jugar a la petanca. Yo no. Sé que en 2017, un equipo de tres robots franceses venció un equipo de campeones en Aubagne y que nuestro amo a María le añadió varias competencias deportivas hace poco.
Será después de la siesta y las horas de solana, acordaron.
VIII
Jueves, 1° de agosto, por la tarde
Ya viene la hora del almuerzo. Arriba y abajo, han entrado en función la barbacoa y la plancha. Mientras unos pinchan salchichas, otros cepillan carnes con aceite. Dos costillas de res ya se han puesto en una marinada de especias, ajo, aceite de oliva y jugo de limón. Pronto, los aromas que desprenden las reacciones de Maillard de los alimentos a la parrilla empiezan a saturar nuestros captores, a María y a mí. No cabe duda de que si nos alimentáramos con otra cosa que con electricidad, ¡nos hubiera abierto el apetito en grande!
Se han repartido las tareas de manera sexista con los hombres en torno a los aparatos y la carne y las mujeres alrededor de las mesas y las verduras: tomates, cebollas, pimientos, berenjenas, calabacines y patatas que van preparando. María y yo constatamos que en los dos clanes pasa igual. En Bruselas como en Quimper, ¡la igualdad sigue por realizar!
Dominados por sus feromonas, Eva y Tom, ocupados en besuquearse, reciben una llamada al orden. El resto de la familia Van Oppel participa en las tareas.
Del lado de los Dubertrand, Tim y Paul, a pesar de la adolescencia, también colaboran, lo cual es infrecuente, según el feed-back que tenemos, María y yo.
Las tres y media. Hora del juego. Cielo encapotado. Es el momento del sorteo de composición de los equipos. Con la informática, es pan comido. En un tris, la tabla de juego del primer partido, con los adversarios y la pista atribuida, aparece en la tableta que usa María. Hace un backup y manda el enlace a todos. Cada uno se entera de sus compañeros, adversarios y pista en su teléfono o reloj conectado. Puede comenzar el primer partido.
Son para asombrarse los resultados de este primer sorteo. El azar ha agrupado las generaciones: se cuentan dos tripletes de cincuenta años, dos de sesenta, dos de setenta, otros dos de mujeres y dos de jóvenes. Equilibrados, nadie lo sabe. Ya veremos. De toda forma, cambiarán los equipos cuando el próximo partido y la clasificación final será individual. María se encargará de los partidos, sorteos y pistas. Usando la impresora Airprint de casa, en un dos por tres editó el cuadro de clasificación, dispuesto en un mesa, con vasos en las esquinas para que no se lo lleve el viento. Puede comenzar el juego.
La cámara que vigila esta zona de la propiedad me transmite el directo de los partidos. Sería largo y fastidioso que se lo cuente en detalle, pero sepan esto: a pesar de la visible experiencia del juego de los más ancianos, hombres como mujeres, son los jóvenes equiparables tanto para tirar como para apuntar y uno de los equipos femeninos, con el refuerzo de María, a los primeros les pisa los talones. En efecto, los tiros de esta última son temibles: su mira láser y su tiro asistido por IA hacen maravillas. Su cerebro multitarea no tiene dificultad alguna para registrar los resultados que el responsable de cada equipo le comunica al final de los encuentros, mientras ella sigue jugando.
Aparecen nuevas interacciones dentro de estos equipos formados por el azar: Eva Lunghini, separada, no sin rechistar, de Tom Van Oppel, se interesa por Léa, la hermana de éste; Christine Dubertrand simpatiza con Arthur Van Oppel y Jacques Dubertrand con Emma Janssens.
Se han jugado tres partidos con armonía y buen humor cuando de repente oscurece el cielo. A estas alturas, encabezan la clasificación Jacques Dubertrand, excelente tirador, seguido por Zélie Peeters, formidable para apuntar y de la robot María cuyas cualidades ya di a conocer. Por diplomacia, le aconsejé que no se pusiera primera y, con este tercer puesto, cumple mi instrucción. Los más prudentes, viendo la evolución de las condiciones meteorológicas, consideran interrumpir el juego en este punto - manipular bolas metálicas por tiempo de tormenta es muy peligroso - pero una corta mayoría se opone a ello. Es que no ha habido ningún tronido ni una sola gota de agua. Pues, sigue el juego, a pesar de la desaprobación de María, que teme la tormenta, como todos sus semejantes.
De repente, un enorme relámpago surca el cielo y un estruendoso rayo cae sobre una bola que acaba de tirar... María que estaba saliendo del redondo por delante. Por suerte, casi ha alcanzado el tiro su objetivo y la bola, a unos doce metros del círculo, está por tocar el suelo y su meta. Bajo el efecto de la intensa descarga eléctrica, enrojece de inmediato el acero de la bola tocada antes de fraccionarse en esquirlas candentes. Su parte inferior se hunde en la arena del suelo, excavando un cráter humeante. La tierra alrededor ennegrece, la arena se vitrifica a medias y luego la descarga penetra el suelo, propagándose a las bolas vecinas, que entran en fusión parcial. La dilatación del aire crea una onda de choque con un ruido ensordecedor. Por suerte otra vez, se han jugado todas las bolas y, en la otra extremidad de la pista, todos en torno a María lleva zapatillas con suelas de caucho aislantes. Todos menos ella que calza sandalias de cuero.
La descarga, desde el suelo, vuelve hacia María entrándole por los pies, a pesar de su piel aislante de silicona. No hay, sin embargo, ninguna diferencia potencial entre sus dos pies ya que los tiene juntitos para jugar según la regla; pero la proximidad y la intensidad bastaron. Empieza a gesticular de manera espamódica, incoherente, la piel se le pone negra y la robot acaba por desarticularse, con los servomotores sobrecalentados y los cables calcinados. Todos huyen aterrorizados, excepto Léa, que no puede reprimir un movimiento para tocar la mano izquierda de su "amiga". Dictado por sus sentimientos, aquel trágico gesto le va a ser fatal. En el instante del contacto, se contrae su cuerpo, acalambrados los músculos. es impulsada hacia atrás por la descarga residual. Las dos están por tierra ahora, Léa con los ojos abiertos en grande, María con las cuencas fundidas. Un hedor terrible a carne quemada, metales fundidos y ozona se derrama. La tragedia es total.
Antes de que saltara el cerebro electrónico de Maria, recibí este último mensaje: "sobrecarga eléctrica - 300 000 voltios - protocolo de backup de urgencia iniciado... Error crítico... ". Y luego, nada.
Un nuevo relámpago, más lejano, antes de la lluvia, primero de gruesas gotas espaciadas, y luego en una densa cortina que viene a anegar la escena.
Activé la alerta de los servicios de emergencia desde el primer trueno y los bomberos sólo tardaron siete minutos en llegar de su vecino cuartel. Algunos humanos del escenario erraron, azorados, por el terreno durante estos pocos minutos, antes de que los auxilios se hicieran cargo de ellos ; otros quedaron postrados, en su sitio, inmóviles y mudos, incapaces de cualquier reacción.
Al final, todos saldrán adelante con quemaduras superficiales, tímpanos dañados, acúfenos y un enorme choque emocional, qué duda cabe. Excepto Léa, a quién fue imposible reanimar. En cuanto a las máquinas, María quedó consumida casi totalmente y, sin mi protector contra sobretensiones, yo misma hubiera podido ser afectada. Todos los interruptores de circuito de corriente residual de la casa se dispararon, incluido el principal, y se activó el generador de respaldo.
Son las únicas dos víctimas inmediatas del impacto del rayo, una por tensión de paso, y la otra por tensión táctil. En diversos grados, seguro, los demás presentes van a entrar en el círculo cerrado de los humanos alcanzados por el rayo(3)
No he sido entrenada para hacerme cargo de estos politraumatizados. Sólo me he enterado del caso de los que padecieron esto en Azérailles(4). Y de toda manera, he perdido a María, mi brazo operativo. Tuve que mandar a mi amo un informe urgente, justo cuando él se preparaba para decirme que la desconectara, durante la tormenta. ¡Demasiado tarde, por desdicha!
Por su voz - nos comunicamos a menudo en lenguaje natural - infiero su gran turbación.
IX
Viernes, 2 de agosto
El caso de los alcanzados por el rayo del Valle Florido figura en primera plana en la prensa mañanera. Las autoridades tuvieron que establecer un perímetro de seguridad para mantener alejados a curiosos de todo tipo. Los titulares van desde lo sensacional, lo más a menudo, hasta lo factual, a pesar de todo, en algunos casos: "un robot doméstico alcanzado por un rayo cuando jugaba petanca con sus huéspedes. Un muerto. Dieciséis heridos". "Tragedia montañesa causada por el rayo: una joven electrocutada". "Un robot femenino alcanzado por el rayo en un chalé del casco urbano provoca la muerte de una joven de 18 años..."
Tras ser ingresados en el hospital para observación anoche, mis dos familias regresaron a casa esta mañana, una vez finalizadas las pruebas. Desconozco los resultados. Externamente, sólo presentan quemaduras superficiales, principalmente causadas por las partes metálicas de su ropa y sus joyas. Es demasiado pronto para evaluar las consecuencias internas de la descarga eléctrica que sufrieron.
La familia Van Oppel está enlutada. Las caras son graves o bañadas de lágrimas. Hubieran querido velar a Léa en el chalé, antes de su repatriación a Bélgica, cumplidos los trámites. No han sido autorizados a que pase así, claro, por el calor. Sus despojos fueron transferidos al tanatorio más próximo. Salón Sinfonía. Allí va a dirigirse la familia esta tarde.
Curiosamente, parecen los Dubertrand tan afectados como los Van Oppel. Es uno de los efectos colaterales de la tragedia: logró reunir e incluso intimó a dos familias que, a su llegada, no tenían la menor intención de convivir. Se nota en particular entre los jóvenes que se quedan juntos, en el salón, en silencio o casi. Los adultos, por su parte se han agrupado en la terraza. Evocan a Léa. Ya no es cuestión de repartir los espacios e instalaciones. Todo es de todos.
Esta victoria, desde el particular punto de vista del chalé, queda claro que hubiéramos preferido mil veces que sólo se debiera a nuestra acción, a María y yo. Habíamos logrado un principio de acercamiento.
La mala suerte hizo el resto.
Por doble desgracia.
X
Sábado, 3 de agosto, día de partida
Esta mañana, están sin hacer las camas, con la ropa blanca, las toallas de baño y de mano amontonadas en los baños.
Dentro de quince minutos mi amo va a franquear la pasarela que une los dos chalés del Valle Florido para realizar el inventario de salida y recibir las llaves. Las rutinas son más fuertes que los dramas.
Simple formalidad, para respetar los trámites legales. No es cuestión de realizar una inspección detallada.
Durante la noche, en vista de las circunstancias, el fiscal mandó iniciar un informe, y a las ocho de la mañana, un grupo de gendarmes ha venido a hacer constataciones - una cinta roja ya rodea las pistas de petanca - y a recoger las declaraciones de unos y otros. Tras eso, las dos familias han sido autorizadas a dejar el sitio al cabo de su contrato, a las diez.
En la entrada se amontonan las maletas. De momento, dieciséis personas, con ropa de viaje, están reunidas en el comedor para desayunarse. Han traído al interior la mesa de la terraza para formar una T. Son graves las caras y mezcladas las familias. Unos se alimentan con apetito pese a las circunstancias; otros se limitan a una bebida caliente, incapaces de tragar cualquier comida sólida ; otros por fin picotean con pocas ganas.
Los padres de Léa insistieron para participar en las tareas de preparación del desayuno. Ocuparse las manos para que el espíritu no diera demasiadas vueltas.
A finales de la madrugada, volverá a tomar el camino de Bruselas la familia Van Oppel, detrás del coche mortuorio que traerá a Léa a su tierra natal. Un largo trayecto de doce horas.
Para llegar a Quimper, los Dubertrand, han previsto hacer etapa a medio camino, por Bourges. Pero antes de partir, irán al tanatorio a dar un último adiós a Léa y asistir a la salida del convoy hacia Bélgica.
Éstas son las informaciones comunicadas por mi amo tras el inventario de salida.
Dentro de una hora llegará la criada. Y por las cuatro de la tarde, una nueva familia. Serán diez.
Es de esperar que lleguen solos esta vez. Esta mañana procedí a la verificación de su pedido en la plataforma internet que usaron.
Todo parece en orden.
Pero ¿quién sabe...?
(1) Amazon Alexa, lanzada en 2014, es la asistente personal inteligente desarrollada por Lab126 de Amazon.com y popularizada por los dispositivos Echo. Es capaz de interactuar por voz, reproducir música, crear listas de tareas, configurar alarmas y proporcionar información en tiempo real sobre el clima, el tráfico y otros datos. Alexa también puede controlar varios dispositivos inteligentes, funcionando como un centro de automatización del hogar (Wikipedia).
(2)El término proviene de las palabras occitanas provenzales pè "pie" y tanca "estaca", dando lugar en francés regional a la expresión "jouer à pétanque" o incluso "pés tanqués", es decir, con los pies anclados al suelo, a diferencia del juego provenzal en el que el jugador puede tomar impulso.
(3)En Azerailles, un pequeño pueblo de Meurthe-et-Moselle (54 - Francia), un grupo de hombres y mujeres fueron alcanzados por un rayo durante la misma tormenta en 2017.
© Pierre-Alain GASSE, junio de 2026.
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