Pito chiquitín

 

— ¡Eh! majos, ¿habéis visto el pito chiquitín que tiene?

Bajo los chorros de la ducha colectiva, los muchachos del equipo infantil de la Unión Deportiva Abrincata, se sacuden salpicándose. Es que les sobran motivos. Acaban de llevarse por un 3-0 el primer partido de la temporada contra el club de Mortain, un enemigo jurado suyo. Soy yo, Chiquito, el guardameta, quien acaba de hablar. Un coro de voces, sin mudar todavía para algunas, repite a continuación mía : "¡Tiene el pito chiquitín! ¡Tiene el pito chiquitín!" y un corro de alegres sátiros se forma alrededor de Julián, mientras éste intenta ocultar con la toalla su desnudez y el objeto de la pulla.

— ¿Váis a dejar eso, sí o no? gruñe de pronto el vozarrón del apoderado del equipo. Dejarlo tranquilo y vestiros de prisa.  ¡Que nos está esperando el coche!

Se suspende el corro como por magia y cada uno vuelve sin rechistar a su sitio en el banco del vestuario a por su ropa. El señor H. no se anda con chiquitas con la disciplina.

Julián está rojo por el fuego del partido, el calor de la ducha y sobre todo el bochorno que acaba de pasar, incapaz de desenredar exactamente las tres cosas. Se viste de prisa, como en la playa, con la toalla ceñida a la cintura, bajando los ojos, molesto. Luego va saliendo la pequeña tropa, con la bolsa al hombro, indiferente ya al incidente. Sin embargo, la advertencia burlona que acaba de recibir Julián Nuevo va a dejar huella en él por años y años.

Aquella noche, en la cama, bajándose el pijama, contempla por primera vez con alguna aprensión lo que hasta ahora y desde hacía algunos meses lo venía más bien maravillando por sus capacidades de extensión. ¿No será verdad que tenga el pirulí por debajo de la norma? Y ¿Cómo saberlo? No se pregunta eso a cualquiera  como si nada. De toda forma, tiene que encontrar un quite antes del próximo partido.

Bueno, es verdad que ni es el más alto ni el más fornido del équipo y que tiene la cosa en relación con el resto, pero se le va a estirar más el cuerpo. Si sólo tiene trece años. A buen seguro que el pito también crece como el resto, los brazos, las piernas, los pies, ¿no?

Aquella misma noche, por primera vez, tiene un sueño que volverá a tener muchas veces y que lo tranquiliza un poco, porque, a la  mañana lo recuerda y en el pantalón del pijama, se le ha secado una mancha equívoca. Y en aquel sueño, no sólo cobró su pito proporciones respetables en el momento oportuno sino que, antes y después ya, era objeto de admiración de la chica con quien... Pero no era más que un sueño y ¡ ni manera de acordarse de la cara de la chica !

A Julián Nuevo nunca le han entrado tantas ganas de crecer como este año. Y se aplica con método en favorecer su crecimiento tanto como puede, repitiendo de asado, de queso y, sobre todo, de sopa (sabido es que la sopa no engorda pero hace crecer), una y otra vez si se tercia, hasta tal punto que su madre, por un momento, cree que padece bulimia.

¡Ay de él! nada surte efecto. Desde luego, cobra los pocos centímetros que lo llevan a su estatura definitiva así como varios kilos, pero su apéndice viril no parece aprovechar, por lo menos no de manera apreciable a ojos vistas.

De toda manera, ya no es éste su problema sino más bien el hecho de que, con la pubertad, el objeto de marras tienda a volverse incontrolable y a inflarse sobremanera como vea falda alguna o asomo cualquiera de teta y haya que aliviarlo dos o tres veces al día para que se quede quieto y no se ponga más tieso que un ajo. 

De momento, esta tiranía naciente a Julián le aparece como la más bella de las revanchas y cuando, aquel año, pasa del equipo infantil de los 13-15 años al de los 15-17, "pito chiquitín" ha venido a ser "picha de palo", lo cual, por ser más vulgar no deja de ser más halagüeño a los oídos masculinos.

No obstante, el incidente del año pasado ha dejado señales y aunque su sexo se encuentre en perfecto orden de marcha y se empine en un dos por tres, sigue preguntándose Julián si tiene éste un tamaño normal y suficiente.

La Enciclopedia sexual de bolsillo en dos volúmenes de la Editorial Marabú que se atrevió a comprar a escondidas de sus padres menciona que, entre los individuos de raza blanca, la longitud media del pene en erección es de unos 17,5 cm, un poco menos para los asiáticos y un poco más para los negros. Se le antoja que tendrá sangre asiática en las venas porque, por más que se mida una y otra vez el trabuco, no alcanza la cifra fatídica. ¡Está por debajo de la media, jolín!

Afortunadamente, el párrafo siguiente precisa que el placer de la mujer es independiente del tamaño del pene, siendo capaz la vágina femenina de adaptarse lo mejor posible a la dimensión de éste.

Va pasando el tiempo y Julián se enamora, pero el verdor de su sexo no aboga por él. En efecto, se alza éste en cuanto toca a una chica y eso viene a reforzar con un sentimiento de lubricidad el complejo de inferioridad que se ha forjado. Durante una noche de guateque, mientras está bailando agarrado con una linda morenita de ojos color de avellana, no se puede controlar y ante la erección que siente ella contra su pelvis, lo larga en plena pista con una mirada escandalizada.

En cambio, en un autobús atiborrado, la grupa rolliza de una atractiva madre de familia parece acoger con gusto aquel duro contacto. Se apretujan tanto uno contra otra que eyacula en menos de tres minutos. Casi podría ser su madre. No se atreve a seguirla con su pantalón manchado.

Lo turba todavía más todo eso. Está en su apogeo la oleada del cine porno. Existe uno hasta en los pueblos, pero él no se atreve a ir, por miedo a que lo reconozca un parroquiano de sus padres o a encontrarse con el viejo como le sucedió a uno de sus compañeros. Luego, se hace estudiante. Siempre virgen, por desgracia. En el anonimato de la capital de su comunidad, se arriesga a entrar alguna tarde en una sala donde reina el olor dulzón del sexo. En la pantalla, están trincando parejas, por delante y por detrás, con diálogos reducidos a onomatopeyas y gemidos tan fingidos como exagerados. Aparte de dos chicas algunas filas detrás de él y alguna que otra pareja aislada adrede, no hay en la sala más que hombres, claro está. Aquel día, descubre la felación, el cunnilingus, varias posiciones inéditas y queda empalmado toda la tarde, pero lo que más lo asombra y se transforma en un recuerdo casi obsesivo, es el espectáculo de un negro, de sexo largo y encorvado, que lograba chupársela solito, por ser más flexible que una liana y tenerla como un burro.

Cuando lo convoca la mili, en el centro de selección, bajo la ducha colectiva,  no sólo puede apreciar subrepticiamente la diversidad de los aparatos genitales masculinos sino también verse confortado en la idea de que su cipote desarmado puede ser ridículo, por muy poco que el frío o la aprensión intervenga.

Sus amores han venido a ser epistolares porque, tres veces ya le han dado calabazas chicas que querían ser cortejadas, besadas, magreadas quizás, pero no más generalmente y, por miedo a no poder atenerse a eso, Julián se contenta con meneársela en solitario.

Mayo del 68. En un cine, durante la sesión de tarde, contesta a sus primeros pasos y se corre una chica gracias a su mano que ha guiado a buen lugar. Ella se quiere escapar, él la sigue, la aborda, la invita y se ve recompensado porque, aquella noche, lo hace por primera vez, en un trigal, a las puertas de la ciudad, bajo un cielo estrellado Es una lid sin gloria, rápida y torpe, que no pueden repetir, porque los desahucia el rocío y no tienen adónde ir. Se separan, pues, como se conocieron, en una penumbra cómplice, al llegar la madrugada. Todavía recuerda el olor picante de su sexo que conservó en los dedos hasta dos días después. Ahora sabe Julián que puede hacer el amor a las chicas, que tiene lo que hace falta, pero todavía no sabe darles placer sino sólo tomar el suyo, de manera egoísta y demasiado rápida.

Por lo menos no hizo comentario alguno su iniciadora en cuanto al tamaño de su aparato y es el punto más positivo de la experiencia, aparte de que haya podido experimentar dos o tres posiciones básicas.

Aprenderá un poco más durante un viaje a París y una visita a las calles de mala vida de Montmartre. Una rubia espigada en la que ha puesto los ojos en seguida, lo ha notado y lo interpela con guasa :

— ¡Hola, majete! ¿vienes a hacerme un favor?

Pero, espantado por su visible inexperiencia sólo sabe contestar no, que no. En una calle adyacente, sin embargo, se atreve a abordar a una morenita, de estatura más acorde con la suya. Después de pagar el cuarto - una cama turca de lo más ordinario - tiene que dejarse lavar el canario con permanganato, antes de descubrir el 69 que aceptó contra un extra. Pero ese sexo, lavado en demasía, no tiene ni olor ni sabor y la señorita, presurosa, no lo deja dar prueba de sus aptitudes más de lo acordado, protegiendo su boca de los besos y sus asentaderas de las embestidas que quisiera darles.

Ahora bien, ella tampoco comentó de forma alguna su pequeño material. Pues, no diferirá tanto del de los demás, ¿no? Pero quizás no sea más que silencio interesado por parte de una vendedora de placeres con tarifa, muy decepcionantes, por lo demás.

Poco tiempo después, se enamora Julián, por cuarta vez, de una chica que se deja besar y acariciar y lo acaricia también de vez en cuando, pero lo rechaza tan pronto como quiere pasar a mayores. Pero se quieren y, al cabo de unos meses, deciden casarse.

Me topé con ellos el otro día ; ella, cogiendo de la mano a una hijita de dos años y él empujando un coche de niño en el que balbuceaba un bebé de seis meses. Nos reconocimos y me saludó con un :

— ¡Hombre! ¡Chiquito! ¿Qué tal estás? ¿Cómo te va?

Tampoco me había olvidado yo de su apodo de doceañero. Pero, esta vez, por fortuna, no se me fue la lengua. Finalmente, no le ha ido tan mal a "Pito chiquitín", por lo visto. ¡Qué gilipollas somos los jóvenes! ¿eh?

©Pierre-Alain GASSE, julio de 2002. Derechos reservados. Traducido por Bernard Vauléon, agosto de 2003.

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