Mal tiempo en Rivabella

I

Elisa está sentada en su salón,  recogido el pelo en un moño según acostumbra, pero sin maquillar todavía. Sigue vistiendo la bata que se puso al salir de la ducha. Desde la butaca, divisa la parte trasera del letrero puesto en la cerca. Sabe que el hombre de la inmobiliaria atornilló en él la inscripción: "Se vendió". Su marido y ella firmaron hace tres meses un compromiso de venta. Y esta mañana se da cuenta de que, el lunes, va a tener que abandonar para siempre "El Manzanar".

Ayer, le hizo visitar Sergio la obra de la futura casa. Ciento cincuenta metros cuadrados, en un solo nivel, sobre sótano, con grandes ventanales abiertos a una ancha terraza. Y calefacción por aire pulsado. Una casa a base de módulos prefabricados, ensamblados en pocas semanas. Canadiense el concepto. Al borde de una pequeña carretera con mucho menos tráfico que ésta. Las obras progresan deprisa, demasiado para ella. Dentro de unos días, estará listo todo.

Queda a cien kilómetros de aquí, no más, cerca de la planta nueva, pero tan lejos para ella de sus hermanas, de su bocaje, de la finca de sus padres, aunque con los años se vuelven de una tacañería cada día más insoportable y a veces le entran ganas de alejarse de ellos.

No más cristales pequeños que limpiar, le dice Sergio. No más olores a gasóleo con la vieja caldera. No más escalones estrechos para subir a las habitaciones abuhardilladas de su casa normanda.

Ella piensa: "Perdidos el jardín y las rosas que eran mi orgullo. Y ¿cómo van a quedar mis muebles de estilo en esa contrucción moderna? ¿Para qué haber ahorrado moneda a moneda, haber comprado algo bello y  ponerlo ahora dentro de algo feo? Tantos años para que me acepte la buena sociedad, recibir y ser recibida... No tengo fuerzas para volver a emprenderlo en otra parte..."

Esta mañana, va rumiando Elisa negros pensamientos.

Todo es obra de los dos aquí. Más de quince años de enmiendas, rehabilitaciones, ensanchamientos para transformar una casita con entramados, un establo y un cobertizo en una propiedad que todos miran al pasar.

Y ya tocan a retirada.

Dictó su ley el trabajo. La planta antigua queda obsoleta. Las máquinas son demasiado viejas y fuera de la normativa. Sergio ha tomado socio en un negocio mayor, allende los llanos. Ya no pueden vivir aquí.

Hoy, salió muy de mañana con el Jeep. Hace tres meses ya que sólo vuelve los fines de semana. Se desmanteló la vieja fábrica. Ella pasa toda la semana a solas con Juanito.

No ha dicho nada. Todo eso queda hundido en ella, por encima de los dramas pasados, desde las muertes de la Guerra a las traiciones de la Ocupación hasta la catástrofe de la desvalidez de Juanito.

Estaban de veraneo en Suiza por una semana. Al principio de su preñez. ¡Un hijo, por fin, tras diez años de casamiento, cuando ya se esfumaban sus esperanzas!

Un médico que ella fue a consultar allá le recetó Softenón, a petición suya, para prevenir las arcadas. ¡No era sino uno de los cincuenta nombres bajo los cuales se escondía el veneno de la Talidomida! Sólo lo había tomado durante ocho días. Pero ya era demasiado tarde.

Cada minuto que pasa enfrente de Juanito le recuerda su falta.

Ya no soporta eso.

Es noviembre. El tiempo es gris y frío.

No se ha desayunado. Juanito todavía duerme. Dentro de media hora llega la asistenta.

De súbito se levanta, va al vestíbulo, se quita la bata para ponerse el impermeable y calzar los escarpines alineados al pie del ropero. En la consola del teléfono, recoge las llaves del coche y sale sin ruido al patio.

El Citroen Tiburón gris perla luce bajo el cobertizo.

Lo arranca y toma la carretera a las playas del Desembarque.

En Rivabella fue dónde empezó todo. En el júbilo de los bailes de la Liberación. Allí es dónde tiene que terminar todo.

II 

Juanito se prepara el desayuno escuchando la radio. De costumbre, lo hace Mamá, pero esta mañana el primero en bajar, solito, fue él. Conoce la marcha: hace tiempo que memorizó todos sus gestos.

Primero, abrir la nevera y tomar la botella de leche. Del armario de las cacerolas, sacar la más chica. Verter la leche, pero no hasta arriba, porque si no, después el tazón queda hasta el tope y no puede beber sin que se derrame algo y mamá lo regaña.

Luego, tomar el encendedor que cuelga al lado de la cocina de gas, girar hacia... la ventana el botón de abajo hacia el lado que... en fin él se entiende, y al mismo tiempo, hacer aparecer la lucecita al cabo del tubo apoyando en el mango.

Las llamas azules dibujan un círculo en el que hay que poner la cacerola bien en el medio, porque si no se quema un poquito el mango y huele muy mal. A baquelita, dice Mamá.

Entonces, tiene que poner deprisa en la mesa el tazón, la cuchara y el cuchillo, el chocolate, el pan, la mantequilla y la mermelada, sacar el servilletero del cajón de la mesa y volver a vigilar la leche porque, si no, cuando empieza a arrugarse la nata, quiere salirse solita de la cacerola, puede apagarse el gas y huele a quemado y Mamá tiene que fregar con el estropajo.

Pero ha puesto Juanito toda su atención en ello y esta mañana apagó el gas justo cuando empezaba a subir la leche.

Ahora está tratando, mal que bien, de untar mantequilla en una rebanada que cortó en la tabla con el cuchillo de sierra. Está redura la mantequilla. Dice siempre Mamá: "Ponle bien la tapa a la mantequera", pero él siempre se olvida.

Otra vez, hace tiempo ya, cuando preguntó por qué no tenía tantos dedos como los otros niños, Mamá, con los ojos enrojecidos, por fin había contestado: "Es porque, cuando estabas en mi vientre, tomé unas pastillas malas". Juanito la miró sin entender bien; a él, cuando le dolía algo, ¡le daba Mamá una y después estaba curado! Luego, preguntó si existían pastillas para hacer crecer los dedos cuando faltaban, pero Mamá le dijo que no. Entonces, entendió Juanito que le haría falta aprender a usar bien lo poco de mano derecha que tenía.

Por encima de la mantequilla, Juanito extiende buena capa de mermelada de albaricoque. Todavía no sabe si va a mojar o no la rebanada en el tazón de chocolate. Dice Mamá: "¡Es repugnante!", pero a Juanito le gusta la mezcla de sabores entre el chocolate y el albaricoque.

Está contento Juanito: solito logró prepararse el desayuno. Con su sola mano izquierda. Bueno, no es verdad del todo, porque ya sabe usar bien el muñón y el pulgarcito derecho para empujar y mantener las cosas.

Ha terminado el desayuno. Pone el tazón, la cuchara y el cuchillo en el fregadero. Para mostrar a Mamá que ahora la puede ayudar, decide fregarlos. No es difícil cuando está encendida la llamita azul del calentador: basta con girar el grifo con puntito azul hacia el lado de su mano buena, y luego el grifo con puntito rojo, y sobre todo respetar bien este orden, porque si no podría quemarse. Se oye: "¡Pum!" y pronto corre el agua tibia. Puso el tapón de caucho en el fondo del fregadero y ha vertido Mistol en el agua. Nacen burbujas. Flota el tazón y Juanito se divierte un poco en hacerlo navegar por la espuma.

No puede secar. Con una sola mano, le resulta demasiado difícil. Por eso, pone el tazón cabeza abajo en el escurridor y al lado la cuchara y el cuchillo. Quita el tapón, oye un gluglú y luego un ruido curioso al final. Juanito mira su trabajo. Mamá va a quedar contenta, seguro.

Juanito sube las escaleras. Entorna la puerta de la habitación y ve la cama hecha ya. También está vacío el cuarto de baño. Escaleras abajo, otra vez. El coche de los domingos no está debajo del cobertizo. Y Papá se fue a la fábrica con el Jeep, hace tiempo ya.

Pero, ¿por qué no está Mamá en casa, esta mañana?

III

Las casetas abandonadas se apretujan unas contra otras. Por esta fría mañana de noviembre está desierta Rivabella. Tras una mirada al asiento pasajero vacío, baja Elisa del DS y se quita los zapatos de tacón para pisar la arena húmeda. Es marea creciente. Bajo el cielo encapotado, cabrillean las olas por mor del viento del Este. Con el impermeable beige claro por único vestido, se adelanta hacia la línea de pleamar. Cuando entran sus pies en contacto con la primera ola, un largo escalofrío sacude su cuerpo; deshace las horquillas del moño,  máquinalmente las pone en el bolsillo, desata el cinturón y se adelanta hacia la alta mar con los ojos cerrados. Por un tiempo que se le antoja eterno flota su cuerpo cuando pierde pie; lucha su voluntad contra el instinto de conservación para que el agua se meta en sus pulmones, es doloroso ahogarse, se debate a pesar suyo, se hunde y vuelve a la superficie varias veces antes de desaparecer por fin bajo las aguas de Ouistreham.

Ya no volverá la desgracia.

©Pierre-Alain GASSE, julio de 2008.

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