Los "Hijos" de la Jorobada

Niños comiendo melón y uva - Bartolomé Estebán  Murillo (h. 1650)

 

Sevilla, hacia 1650, en las intrincadas calles entre la plaza de la Alfalfa, donde estaba un mercado de verduras, y la Puerta de Triana.

 

— ¡Esperadme, Celedonio! Me da una punzada en el costado.

— ¡Corred, corred, Miguelillo! o nos alcanza el alguacil ese.

— No puedo más y tengo sed.

— En  seguida llegamos a la casa en ruinas. ¡No paréis ahora!

— Es que pesa mucho este melón.

— Pues, ¡haber birlado unas uvas como yo, gilipollas!

— No voy a poder saltar la tapia.

— Escuchadme, yo voy por delante, me pongo a pie de obra con la espalda doblada, y pisándome, vos la saltáis a la primera, entonces, os lanzo las uvas, las cogéis, yo doy otro salto y ya estamos, adiós, si te he visto, no me acuerdo.

— ¡Celedonio! que estoy echando los bofes.

— ¡Ea, Miguelillo! ya llegamos...

— Y ése ya se acerca. Derribad aquel puesto al pasar, que lo estorbe un poco y nos dé tiempo a doblar la esquina.

—Tranquilo, yo me sé el oficio, vos, preparaos.

 

Detrás de la tapia

 

— ¡Santo Dios! un minuto más y nos pillaba el cabrón ese.

— ¡Uf!¡Uf! ¡Me muero!

— ¡Chico, basta ya de quejas! A ver, ¡ese melón!

— ¿Tenéis navaja?

— Pequeña, pero bien afilada. ¿Os corto una raja?

— Que sea grande, ¿eh? Me muero de sed.

— Si sólo nos traemos medio melón a casa, ¡menuda paliza nos arrea la jorobada!

— ¡No seáis palurdo! Diremos que era uno de cala y cata. Huy, madre mía, ¡qué rico!

— No mentéis a vuestra madre, que ni sabéis dónde queda.

— Pues, más me vale que la zorra de la vuestra, que entrega cuanto gana a la jorobada y os deja a vos en jirones.

— ¡Callad, o os rajo!

— Vale. No os pongáis así. Lo decía por hablar, nada más. ¿Me dáis unas uvas?

— Estas negras son de rechupete, ¡majete! Tomad.

— Oíd, ¿qué más tenemos aparte de eso? ¿Lograsteis dar tiento a alguna faltriquera en la plaza? A ver.

— Sí, la de un gil con calzas verdes, pero no la traía muy abultada. ¡Mirad!

— Dos cuartos... y tres maravedís. Bueno, menos da una piedra, ¿eh?

— ¿Creéis que con eso nos libraremos de la correa esta noche?

— Depende. Si los demás pandilleros traen algún que otro escudo de oro, tal vez nos deje tranquilos la vieja alcahueta, pero si todos traemos calderilla, mejor será ahuecar el ala.

— Todavía nos queda tiempo. ¿Vamos al río a darnos un chapuzón?

— Y ¿quién cuida del melón? No nos lo vayan a robar ¿eh?

— Pues, lo escondéis entre los juncos, o nos bañamos por turno.

— Mejor. Que todavía me duelen los moratones del otro día.

— ¡Y lo que a mí me cuecen los muslos con las ortigas esas que usó anoche!

— Donio ¿creéis que entre todos podríamos dar al traste con ella?

— No sé. Desconfía mucho, la muy zorra. Y ¿a quién acogernos después? No quiero dar con mi pellejo ni en chirona ni en el orfanato, encerrado de por vida.

— ¿No os gustaría comer caliente?

— ¿Agua chirle con garbanzos podridos? No, gracias.

 

En la orilla del río Guadalquivir, no muy lejos del puente de barcas que unía el casco viejo con el barrio de Triana.

 

— Idos a bañar vos primero, cuido de nuestras pertenencias.

— ¡Ojo! No os larguéis mientras tanto, porque el que me la hace, me la paga.

— Tranquilo, hermano. ¿No os fiáis de mí?

— De nadie. Eso he aprendido, a costa mía.

—  Estaré ojo avizor, por si vienen los malditos gitanos.

— ¡Eramos pocos y parió la burra! Si son varios, recordad lo que os enseñé : cogéis un canuto para respirar y os zambullís entre los juncos.

— ¡Tengo miedo a las sanguijuelas!

— ¡Medroso! En el río no hay, ésas viven en lagos y estanques. Y basta con mear encima para que se desprendan.

— Bueno, pero no os demoréis mucho, ¿eh?

—  ¿Por qué quisiera yo echarlo todo a perder? Formamos un buen equipo, Yiyo. Mañana será otro día y medraremos.

— ¡Ojalá sea así!, Donio, ¡ojalá!

 

©Pierre-Alain GASSE, marzo de 2011.

 

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