Galería mercante*

 

II

— ¡Señor, señor!

 Estaba Juanito dormitando en su banco y echa una mirada despistada en derredor suyo, tras comprobar la presencia de su mochila entre sus piernas. Lo único que ve es una mujer de unos cuarenta años, inclinada hacia él, con una taza de café en la mano.

— Señor, le agradecería un café, acabo de hacerlo y...

Se tiende la mano de Juanito antes que su mente haya acordado decir sí o no. Un café caliente no se rechaza, dijo su cuerpo, te las apañas para las gracias, yo, sí que lo tomo.

— Pues... Sí, gracias, muy amable, logra articular por fin.

Juanito sopla en el café humeante, café de verdad, no el aguachirle de la máquina. Aspira un sorbito que lo quema un poco, pero qué bueno a pesar de todo.

— Da gusto. Gracias.

Sorbe otro trago con un pequeño chasquido de la lengua.

— Casi había perdido el gusto del buen café.

— ¿Me permite?

La mujer acaba de sentarse en el banco que está frente a su tienda, desierta por el momento, al lado de un Juanito pasmado.

— No le propuse azúcar, perdone, pero yo no tomo.

— Yo la guardo para quitar el hambre o amansar a los perros, pero me gusta más sin ella también.

— Suele escoger este banco para descansar  y con los colegas de la galería, hemos hablado de Vd, varias veces,  y nos preguntábamos si... si podíamos hacer algo.

— Muy amable, gracias, pero no creo, no.

— Pero, ¿por qué dice eso? No hay que bajar los brazos. Nunca. Mire. Yo también estuve en la calle. Me pegaba mi hombre. Me largué. Tuve que dejar el curro. En fin, bien sabe Vd cómo pasa. Fue hace diez años. Pues, ya ve, hoy soy gerente de esta tiendecita en la galería y no me va mal.

Juanito echa una mirada nueva hacia la persona que está a su lado. Ahora la mira de hito en hito y descubre a una mujer un poco entrada en carnes, quizás, pero guapa todavía, cuyo pelo castaño y corto enmarca una cara risueña. Pero la mirada es grave. Ella le tiende la mano.

— No me presenté : yo soy Paquita, la de la tienda de baratijas. ¿Y Vd?

A Juanito se le da un momento de vacilación, para qué todo esto, pero un resto de esperanza y cortesía lo hace contestar, estrechando la mano tendida :

— Me dicen Juanito, el de la galería mercante, como ya sabe.

— Y ¿hace mucho que...?

— Desde hace seis meses duermo fuera.

— Sabe Vd lo que les dije a las compañeras de la galería : "Yo, chicas, de no haberme echado una mano alguien, puede que estuviera en la calle todavía, así que no podemos quedarnos mano sobre mano". Al principio, torcían el morro : "Ni nos va ni nos viene, ¿contra eso qué podemos?" Pero, finalmente, han dicho : "Vale". Primero, café y palique, alternando, para conocernos. Y luego, ya veremos. Con una condición : "Tuviste la idea, pues empiezas tú".

Juanito aspira la última gota de su café y le devuelve la taza a Paquita. Con una pobre sonrisa. Hace mucho que no lo trataron por encima del hombro sino en un pie de igualdad.

Un café no es nada.

Pero éste acaba de devolverle una chispa de esperanza.

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©Pierre-Alain GASSE, febrero-abril de 2005.

*Este cuento se inspira de un suceso real ocurrido en 2005, por Bretaña (Francia).

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