El señor Faber y yo

 

Hace diez minutos que ando buscando una peluquería.

El mes pasado, me olvidé del vencimiento de la fecha. Ya no se me ve la punta de las orejas y tengo rizos en la nuca : debo remediarlo con prisas. Tiene puerta cerrada un fígaro de la calle Legendre cuya tarjeta recogí en casa de mis hijos. Por eso voy callejeando, narices al viento, metidas las manos en los bolsillos.

Son las once y media en este jueves dos de noviembre y las calles comerciales del distrito 17 están casi desiertas en la fresca mañana parisina. Durante este período de vacaciones escolares, buen número de dueños, gerentes y encargados se ha ido a pasar algunos días al sol o en su familia para la fiesta de Todos los Santos.

En la boca de la calle Lemercier, por fin diviso una tiendecita, calzada entre una asesoría en arquitectura y un portal abierto a todos los vientos. Con mano agradecida, bajo el picaporte de una puerta parda y deslavada :

—Buenos días, ¿me puede cortar el pelo y la barba antes del almuerzo?

Dicho esto sin demasiada convicción. Las peluquerías que admiten clientes sin cita previa cada día escasean más. Por lo menos en provincia.

Unas tijeras y un peine paran su baile alrededor del despoblado cráneo de un setentón. Unos ojos cansados tras pequeñas gafas redondas escudriñan un momento mi jeta de forastero :

—Buenos. Antes de las doce y media va a ser difícil. Después de este señor, me quedan otros dos parroquianos. 

Reflexiona un momentito y luego dice :

—A no ser que antes del próximo...

—Bueno, ¿puedo esperar, pues?

—Sí, vale, siéntese.

—Muchas gracias.

Cuelgo el abrigo del perchero antes de coger una revista de deporte automovilístico, más hojeada que la guía telefónica.

Acabo de dar un salto de cincuenta años atrás al franquear el umbral de esta minúscula barbería. Mide menos de tres metros de ancho por cinco o seis de largo, todo lo más. Tres sillones antiguos cubiertos de molesquín verde hacen frente a unos espejos algo oxidados con, justo detrás, una banqueta de cuatro plazas y un revistero. Al fondo, el guardarropa - cinco colgadores y un paragüero - disimula con toda probabilidad, una trastienda tan exigua como el local donde estamos.

Éste es el universo del señor Gad Faber, capilicultor, como lo pregona un diploma colgado encima de los espejos.

Al señor Faber lo encuentro un poco alejado de sus bases en esta calle del barrio de Batignolles.

Pantalón gris, discreta camisa con rayas, zapatos de nubuck, pelo gris algo despoblado, levantados los brazos e inclinada la pelvis hacia atrás, un hombre endeble y no muy alto, sin afeitar desde hace varios días, se atarea en torno al sillón central donde está sentado el cliente del momento, un parroquiano, a juzgar por la conversación que fluye :

—Bueno, señor Silberman, ¿así va bien o le quito otro poco?

—No, no, así está muy bien .

—Vale, en cuanto termine el otro lado, no le vengan a decir : "Hombre, ¿que le pasó, señor Silberman, Vd abandonó al señor Faber antes del final o qué?"

Sonrisas. El hombre está a lo suyo. Es capilicultor, claro, pero confidente y bromista también. Y sin embargo, tengo una impresión mitigada. Después de cada fase de la tarea, limpia la formica de la tapa cerrada del lavabo, ordena peines, cepillos y tijeras. Los gestos parecen mecánicos, como si pensara en otra cosa. Vuelve a la cabeza de su cliente, con el bote de laca en la mano y se dispone a vaporizar, cuando lo para éste :

—No, no gracias, me horripila.

—Perdone, se me olvidó preguntarle.

—Que no, si le sobran motivos para ello.

—Muy amable, gracias.

Estas dos últimas frases despiertan mi curiosidad. Desde mi llegada, barrunto algo que pasa de lo ordinario, pero ¿qué? Alzo la vista desde mi revista para prestar más atención a las propósitos intercambiados.

Demasiado tarde : se terminó el corte del cliente. El señor Faber le enseña la nuca en el espejo de mano, le quita la bata y la sacude, da un cepillazo en los hombros y el cuello de la camisa. Le tiende el abrigo. Cobra.

—Hasta luego, señor Silberman, un saludo a su señora.

—No faltaré. Gracias. Adiós.

Tintinea la puerta de entrada. Ya se ha ido. Se da la vuelta el peluquero :

—Ya estamos, señor. Acomódese.

El asiento del tercer sillón me hace frente : es el de los champús.

Da unos escobazos rápidos mientras me siento.

La puerta otra vez. Tengo el cráneo enjabonado. Acaba de llegar el cliente cuyo turno he tomado.

—Le atiendo dentro de un momento, señor Robert.

Un parroquiano de hace mucho, no cabe duda. A no ser que... Me viene a la memoria que Robert es uno de los patrónimos más frecuentes en Francia. Es un parroquiano, de toda forma.

—No se disculpe, a lo mejor llegué con antelación. ¿Qué tal le va, señor Faber, bien?

—Bien, bueno... según.

—Sí, ya me lo imagino... ¿Cómo fue eso?

Toma. Parece que se va confirmando mi barrunto.

—No sé. No acabo de comprenderlo. No hace une semana ella estaba ahí, en su mismo sitio, íbamos gastando bromas mientras yo le cortaba el pelo al cuñado, y ahora... ¡cómo puede ser! Una ruptura de aneurisma. Ella, a quien nunca le pasó nada, se viene acá a pasar ocho días de vacaciones, vuelve a casa y el pasado domingo me suena el móvil y ¡ya está...! No lo puedo aguantar.

—¿Qué edad tenía?

—Cincuenta y ocho. Hace veinticinco años, se fue de Israel con su maletita, nada más. Una mujer con cojones ¿eh?

—Así que Vd fue allá para los funerales ?

—Sí, claro. La barba,  por eso es. Nosotros, la llevamos en signo de luto. Seis horas en Roissy pasé antes de encontrar pasaje y figúrese que yo tuve la suerte de encontrar un vuelo directo ; mis demás hermanas tuvieron que transitar por Turquia, con no sé cuántas horas de espera. Una barbaridad, le digo.

—Y ¿cuándo volvió?

—El martes. Ayer trabajé para recuperar una parte de mi retraso. Por ser fiesta, algunos clientes míos tenían un poquitín más de tiempo. Todavía no estoy a flote sin embargo.

A ese luto debo, pues, el haber encontrado puerta abierta en este día de los difuntos para los cristianos. Y ¿por qué no iba a trabajar, él, tal día? No es "Yom ha zikarone". Y, de toda forma ¿quién sabe si es practicante?

—Pero, dígame señor Robert, se fue Vd de vacaciones o qué, porque hace tiempo que no le vi pasar por aquí.

—Sí, estuve en mi tierra, en el Berry. Tenía mi madre una casa allí. Voy durante el verano, en invierno me gusta más quedarme en París.

—¿Una casa con campo ?

—Sí, con un vergel, manzanos, perales, cerezos... Pero ya queda todo eso demasiado para mí...

—¿Sabe que los frutales son una de las pocas imágenes e incluso uno de los pocos olores que me quedan de Argelia? Cuando nos fuimos, en el 62, apenas tenía ocho años, no recuerdo gran cosa, pero eso, sí. Los naranjales y el perfume embriagador del azahar, todavía los tengo dentro de mí. Lo demás es agua pasada. A los chicos les gustaría que volviéramos de veraneo. No sé si es buena idea. Cuantos hicieron el viaje han vuelto defraudados. Cuando ve uno lo que ha venido a ser el país desde la independencia...

—De Argelia no sé nada, no le podría decir, pero de Marruecos y Tunisia, sí, allí hice la mili. Bueno, era en los primeros tiempos de Burguiba. Claro que habrá cambiado desde entonces. ¿Tenía hijos su hermana? 

—Sí, dos. Chico y chica. Sentimos algo de miedo por David, mi sobrino, cuando los últimos acontecimientos, porque estaba haciendo la mili en una unidad que mandaron a la frontera libanesa. Pero, normalmente, viven en el norte de Tel Aviv, en una ciudad pequeña y allí no se corre tanto peligro.

—¿Cree Vd que algún día van a mejorar los cosas con los Palestinos?

—¿Y cómo? De cada lado van unos echando leña al fuego. También tienen que parar su juego los árabes de Palestina : son cuatro millones y nosotros dieciséis en total por el mundo, así es ridículo pensar que nos van a exterminar.

¡Rayos! De ordinario, los peluqueros son como veletas que cualquier brisa mueve y toman gran cuidado en no expresar tan claramente sus convicciones. ¿Le está trastornando la pena, señor Faber?

Y luego, sin transición, dirigiéndose a mí :

—El pelo y la barba, me dijo, pero ¿cómo?

—El pelo, no muy corto, pero la barba, cortita, cuatro milímetros, más o menos.

—Ah, bueno, bien corto es, en efecto. Vale, pero el pelo, ¿me deja que lo entresaque?

—Sí, sí, claro.

De nuevo entre las péritas manos del señor Faber, el peine y las tijeras bailan alrededor de mi cabeza. Se trata de degradar la nuca antes de pasar a un lado y luego al otro.

Es momento para trabar mayor conversación conmigo :

—¿Vd no pertenece al barrio?

—Tiene razón, pero lo conozco un poco : una hija mía vivió dos años en su calle, número 15 y la otra actualmente reside a dos manzanas de aquí, calle Dautancourt. Vengo de vez en cuando.

—Y ¿de dónde viene, si se puede saber?

—De Bretaña, cerca de Saint-Brieuc.

—¡Qué bella es Bretaña! Un hermano mío vive en la Costa de Granito Rosa. Es espléndido.

—Sí, siempre que le guste a uno el rosa.

—Se diría que no es su caso. Son escasos los bretones que no defienden su tierra.

—Dio en el blanco : sólo soy bretón a medias y de la zona de habla francés ; en cuanto a mi madre era normanda.

Mientras va platicando, el señor Faber comienza a rectificar la longitud de mi pelo en la coronilla : con las tijeras en la mano izquierda y el peine entre el pulgar y el índice derecho, va cogiendo entre éste y el dedo mayor alargados un flequillo de cabellos húmedos de los que recorta el centimétro que sobrepasa la altura de tres o cuatro dedos. Repite el gesto tantas veces como son necesarias con una dexteridad asombrosa.

No soy muy hablador. Me gusta más observar. La conversación vuelve hacia el señor Robert :

—Y su hijo, señor Robert, ¿siempre va llevando el restaurante? Antes  le veíamos por el barrio a veces.

—Sí, sí, lo que pasa es que ahora le falta tiempo. Cuando viene a verme, siempre es en volandas. Y yo no quiero presentarme ahí demasiado a menudo : a negocio transmitido, visita discreta, ¿no?

Tijeras de entresacar para quitar espesura. Una masa inquietante de pelo queda en las cuchillas dentadas. Longitud del flequillo : un tijeretazo de sesgo, con la punta de la cuchilla inferior tomando apoyo en la frente. El señor Faber hace ir y venir la navaja de afeitar por el suavizador con mano hábil. Afeita el contorno de las orejas. Y luego la nuca. Precisión y elegancia del gesto ; manteniendo la flexibilidad de las piernas, me quita lo superfluo, incluso un poco más, sin vacilar.

—¿También le corto el pelo de las orejas?

—Sí, por favor.

¡Qué curioso eso de que, al envejecer, a uno le crece pelo por todas partes donde no lo necesita cuando va cayendo de donde quisiera que quedase.

Siento el cosquilleo de la maquinilla en la entrada de la oreja y luego en los rebordes del lóbulo.

—¿Las cejas también?

—No gracias, que después endurecen y se vuelven crines.

—Es verdad.

Cambio de herramientas. Cepillo para peinar y secador de mano. Es más para cubrir las apariencias que para otra cosa porque con lo que me dejó en la cocorota, no hay mucho para secar. Un toque de fijador, por inicitativa propia, para que nada se levante.

El señor Faber me enseña la nuca en el espejo. Me recuerda la mili que no cumplí.

Opino que me ha dado el corte corto, que el escaparate anunciaba por 22 euros. Una ancha aureola entrecana rodea el pie redondo del sillón del que me acabo de levantar. Esta vez, ¡creo que me valdrá para dos meses! Hasta que vuelva a París, tal vez.

—¿Cuánto le debo?

—Veintidós el corte y cinco la barba son veintisiete euros, señor.

—Aquí tiene treinta, cóbrese...

El frescor me entra en el cráneo al salir. Recuerdos viejos de cincuenta y cinco años me suben a la mente. De tiempos en los que Mauricio Hergault, el peluquero vecino de la tienda de mis padres, ponía una tabla en los brazos de su sillón antes de izarme en ella para uno de mis primeros cortes de pelo.

Queda la nostalgia lo que siempre ha sido : una fábrica de emociones.

©Pierre-Alain GASSE, enero de 2007.

Eres el ° lector de este cuento desde el 1 de setiembre de 2007. Gracias.

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