Ella Lloq

parodia picaresca

                                                                                                                                   A Patty Diphusa y su creador

Capítulo 1

En el que hago recuento de mi niñez antes de pirármelas

Me llamo Ella Lloq, me dicen de armas tomar y parece que mi físico regala la vista. Algunos añadirán que no sólo en la mirada tengo fuego. No soy de mírame y no me toques. Pero eso, en Barcelona la mediterránea no es para sorprender, ¿O sí?

Todavía no me consideran del todo egeria del posmodernismo, pero por ese camino voy. Catalana, ya lo barrunta, aunque suene diferentemente mi apellido cuando se deletrea, pero ya habrá tiempo, no se preocupe, para desenredar ese aspecto secundario del caso. Con todo lo que he vivido desde hace cuatro años apenas, ha llegado el momento de poner un poco de orden en mi corta vida y doy el comienzo con este relato.

Sin miedo, pues, pero no sin reproches, lo debo confesar porque, desde que nací, sólo conocí líos, agravios y altercados con la autoridad familiar, escolar o religiosa.

Me dio a luz mi madre en el Barrio Chino, en la estrecha escalera de una casa de putas, al fondo de una callejuela de adoquines gastados. En cuanto a mi padre, sin el socorro de una prueba ADN, ¿cómo saber cuál de los millares de marineros de juerga por la ciudad me cedió la mitad de sus cromosomos?

Mi madre, Adela Muéstralo, se inclina por un bello marino chileno con el que se descuidó hasta el punto de correrse, en contra de todas las reglas del oficio. Pero es pura intuición, nada más.

Yo, Ella Lloq - me dio su sello patronímico el chulo de mi madre en uno de sus pocos días de bondad - crecí pues en casa de las señoritas del Carrer d'Avinyó, entre los olores mezclados del pachulí y del benjuí, del permanganato y de la lejía, que en vano intentaban ocultar aquéllos más esenciales del establecimiento.

Mi padre adoptivo - cuyo oficio se reducía a despilfarrar el dinero que mi madre se ganaba con su... - era hombre de principios. Para él, tres tipos de mujeres había: las que uno pone en la calle para ganarse la vida y que conviene llevar con mano dura, so peligro de que periclite el capital; las esposas e hijas, en casa y con la pierna quebrada mientras se pueda y su madre que era parangón de santidad. La mía, por lo que le atañe, gozaba - bueno, no resulta muy adecuado el término - de un estatuto intermediario que en una frase se podía resumir : "clientes, todos los que puedas, pero amantes ¡ni lo sueñes!"

Así pues, en virtud de lo que precede y con el asentimiento de mamá, demasiado buena en eso como en el resto, ese chulanga había puesto en pensión a la hija de su socia  desde la edad más tierna en un colegio de las Hermanas de la Visitación, en los lindes de la ciudad, allá por el Tibidabo, para sentar las bases de una educación que pretendía completar luego a su manera.

Fue el principio de mi vida aventurera.

Mi primera hazaña consistió en organizar una noche con mis compañeras de dormitorio una razzia en las cocinas del colegio. Tras robarle las llaves a la hermana intendente, que roncaba como un tronco en su celda, saqueamos armarios y frigoríficos, sin contar con la reserva de botellas para los días de recepción del Excmo y Rvdmo Sr. Obispo. Al amanecer, nos encontraron borrachas perdidas, embardurnadas de confitura, chocolate, sardinas en aceite y otras conservas deleitables.

Mediante un donativo sustancial - que tuvo que reembolsar mi madre a su chuleta redoblando de actividad - consintieron las hermanas en conservar a la cabecilla de aquel jaleo nocturno, pero a pesar de todo, estuve privada de salidas por todo un trimestre.

En mi boletín escolar, al final de ese primer año de pensión, venía escrito, con tinta violeta y aquella letra de trazos gruesos y finos que después cayó en las mazmorras de la pedagogia : "Dotada para cuanto queda fuera del reglamento y con graves lagunas para todo lo estipulado". Con cuatro o cinco signos de admiración.

Finalmente, habría de pasar ocho años entre esos altos muros, ocho largos años entrecortados por tiempos de expulsión e innumerables castigos.

De ellos he conservado un barniz de religión para los días oscuros, cierto gusto por la literatura y bastante ortografía y síntaxis para redactar esto despreocupada.

Iba a cumplir quince cuando me echaron definitivamente y sin contemplaciones.

A estas alturas, la pequeña descarada que yo era se había hecho una jovencita, totalmente formada, y el estricto uniforme del establecimiento ya no lograba ocultar la evidencia : yo despertaba concupiscencia como otros mueven a piedad o caridad. No se escapaba nadie del imperio de mi peculiar belleza: ni mis compañeras, ni las hermanas, ni especialmente el capellán que me confesaba cada viernes.

Sucedió lo que tenía que suceder : se extravió la mano del capellán y a mí me resultó más bien agradable. Pronto descubrí que no todos los cirios eran de cera y que numerosas maneras había de subir al cielo. En fin, perdida quedé para la religión y así provoqué mi entrada en el mundo.

Mi padrastro que pensaba haberme proporcionado todos los viáticos necesarios a una vida de pecadora, en seguida quiso ponerme a pie de obra, pero a mí no me interesaba haber abandonado una institución rigorista para entrar en un burdel, aunque fuese de familia. Por eso lié los bártulos desde la segunda noche, sin esperar que el chulo de mi madre  me pusiera el trato en mano y me pasara por la piedra.

En el intervalo, yo me había dado una pinta intermediaria entre las de Alaska y Catherine Ringer, mis ídolos de entonces en materia de rebeldía musical. No podía quedar desapercibida. Rumbo a la autopista y la movida madrileña. Éramos en 1986.

Apenas tenía levantado el dedo y arqueado el trasero en la cuneta de la A2, se paraba un treinta y ocho toneladas que acababa de salir de Mercabarna y se proponía llevarme a destino.

Capítulo 2

Donde cuento mis primeros pasos madrileños y mi encuentro con una joven florista

La radio del pesado camión deshilvanaba el estribillo de "No es pecado " a medio volumen. Me sonó como un signo.

Más allá del bien y el mal no espero salvarme

   Entre el vicio y la virtud no puedo escaparme

fue mi perdición 

 y perdida estoy sin remisión*

 

Esta mezcla de culpabilidad, autoirrisión y la sensación de haber alcanzado un punto sin retorno, con exactitud correspondían a mi estado mental.

Seis horas más tarde, después de pagar con el cuerpo a un chófer que no pedía tanto, me apeaba en Mercamadrid a la hora del lechero, un poco dolorida, pero más que nunca decidida a abrirme camino en la capital de la Movida.

En Madrid, como en Barcelona, el mundo de los abastos todavía era esencialmente masculino y machista en sumo grado. Bajo un diluvio de piropos claramente obscenos, erguida la cabeza y desafiante la mirada, crucé por el mercado de frutas y verduras con mi modesto equipaje de mimbre en la mano. Cabe decir que mi minifalda de skaï negro, mi top escotado fucsia, mis zapatos de tacón compensado y mi ardiente pelo de corte recto no eran para aplacar pasiones.

Me disponía a seguir por el mercado de carnes, cuando una venderora de flores, que terminaba de arreglar la mercancía en su puesto, me tiró de la manga :

— Ahí no vayas. Los carniceros, son los peores. Hala, ven, te invito a un café.

Con sus mechones variopintos, peinados con un petardo, encima de un careto salpicado de pecas, la joven florista honraba a su profesión. Gastaba un peto que parecía tomado prestado de la Cruz Roja, sobre el ya famoso niqui blanco de Mango con Doc Martens de un verde manzana. Su estilo en seguida me gustó.

— Hola. Muy guay. Gracias.

— Hala, ven.

Aquel encuentro iba a ser decisivo para mí, pero todavía lo ignoraba.

Maitena me llevó hacia la trasera de su puesto. Una cafetera eléctrica terminaba de colar seis tazones de un café cuyo aroma cubría casi totalmente las fragancias florales de la tienda.

 — Me vendría mejor no hacer café aquí porque me estropea el comercio, pero no puedo con ello, y el de la máquina, no te digo.

Nos sentamos en dos sillas de tijera. Maitena me miró fijamente a la cara unos instantes, mientras yo me desenfriaba las manos al calor del tazón.

— No me atañe, pero ¿sabes adónde ir? ¿Dónde vas a dormir esta noche?

Yo le devolví la mirada escrutadora y finalmente le dije :

— Vive un primo mío por aquí, pero no sé si...

— No merece que me cuentes trolas, sabes. Yo también me largué de casa, hace dos años.

Se me alumbró la mirada un instante, pero mi corta experiencia ya me había enseñado que la vida por lo general es de toma y dacá y le contesté duramente :

— ¿Qué quieres de mí? Te aviso que no voy por bollos.

— Y de eso ¿qué sabes? ¿Ya probaste?  Nunca hay que decir de esta agua no beberé, entérate.

— No es asunto tuyo.

— Vale, de acuerdo, retiro lo dicho. ¿Quieres más café, Fulana de Tal?.

— Ella. Me llamo Ella Lloq.

— Yo soy Maitena Bous.

Nos miramos antes de echar un brindis entrechocando los tazones.

— Te doy la bienvenida a Madrid, Ella Lloq.

— Te lo agradezco, Maitena Bous.

Luego rompimos en una carcajada.

— ¿A qué te quieres dedicar aquí, en Madrid?

— No sé, al baile, la música, la publicidad, el cine, la marcha, a pasármelo en grande, ya ves.

— ¡Vaya un programa! Y ¿qué sabes hacer de todo eso?

— Que no sea la marcha, nada.

— ¡Esto promete! A ver, primero, ¿cuántos años tienes?

— Esto, tía, es secreto bajo llave.

— Ya, me imagino, bastantes para cometer majaderías, pero no para asumirlas, ¿eh?

Maitena me miraba con los ojos entornados.

— Mira que con el físico que tienes, cualquier cosa es posible, queda claro, porque eres pero que muy bella. Oye, tal vez tenga un plan. Por la noche, me veo con un grupo de estudiantes y artistas en ciernes. Dos de ellos son pintores y buscan modelos. Bueno, claro, es un poco atrevido, pero hace falta lo que hace falta, ¿no? Si quieres, te los hago encontrar esta noche.

Yo asentí con vigor, mientras tragaba el resto de mi tazón de café. La vida de artista y de bohemia, era mi sueño. La pintura, para mí, eran cuadros oscuros y polvorientos de santos y vírgenes en el colegio de las monjas, pero si me podía alimentar, por lo menos en los primeros tiempos... Así, con ademán espontáneo, espeté dos besos sonoros en las mejillas salpicadas de pecas de Maitena.

— Bueno, ya ves, cuando quieres, me dijo ésta, con lucecitas en los ojos.

Capítulo 3

En el que descubro el mundillo de la movida y encuentro mi primer empleo

La ciudad, despertada por Tierno Galván, zumbaba como nunca.

Cuando Maitena y yo salimos del Metro en la estación Tribunal de Malasaña, todavía no eran las diez de la noche e iban los madrileños sacrificando con ardor al copeo, antes o después del consabido paseíto. Se desbordaban los bares en las aceras, las sirenas de las ambulancias horadaban un fondo sonoro de claxones, publicidades agresivas y ritmos atronadores, salidos de vehículos con las ventanillas bajas o de bares con música, abiertos de par en par. Los telones métalicos bajados de las tiendas de ropa de la zona venían constelados de pintadas, obscenas lo más a menudo, políticas muchas veces y poéticas de vez en cuando. Las ropas más estrafalarias ahí pasaban desapercibidas de tan numerosas como eran. Así no se volvió nadie hacia nosotras, cogidas del brazo como dos amigas de toda la vida.

Nos fuimos hacia la calle Velarde. En el número 18, el letrero luminoso de la Vía Láctea parpadeaba en el anochecer. Ahí era donde se reunía la pandilla que frecuentaba Maitena, ignorante de que buena porción de futuras celebridades también. Tras unos vinitos y tapas al uso, tal vez iríamos al Penta que ocultaba su fachada azul noche, calle de la Palma, o al Sol, calle Jardines, en derredor al semicírculo de su asombroso escenario, antes de terminar la noche en el Rock-Ola, la distoteca más cotizada del momento, distante de unas cuadras.

Sin decirlo esperaba entrever ahí a mi ídolo, Olvido Gara, a la que de momento sólo conocía por su nombre de escena, Alaska. Había descubierto a la cantante de Kaka de Luxe mediante su personaje de bruja-presentadora del programa juvenil "La Bola de Cristal", que se lanzara dos años antes. Desde que se había puesto una cresta a la manera de los indios Chochones, toda la juventud rebelde de España le imitaba la pinta, acechando cada una de sus apariciones como el "nec plus ulta" para seguir, imitar, superar, a ser posible. Dentro de poco, ¿cuántas chicas adoptarían la ardiente pelambrera que pondría de moda? Temblorosa, me impacientaba por verla, tocarla, encontrarla.

Desafortunadamente, en el Rock-Ola, no figuraban Alaska y Dinarama, su nuevo grupo, en la programación del día. Pero, venido de la casa de al lado, Costus ocupaba una mesa con Fabio MacNamara y Blanca Sánchez, salida de su vecina galería para reunirse con sus protegidos.

Aquella noche, Fabio, cultivando su pinta andrógina, venía maquillado como un coche robado y lucía pantalones superajustados, estilo calzas, bueno, sin la ranita, y magníficos escarpines rojos con tacón de aguja de diez centímetros por lo menos.

Blanca, por su parte, vestía una falda recta de cuero negro con mallas color ladrillo, un jersey con listas horizontales negrimalvas y para rematar el conjunto una chaqueta de cuadros blanquinegros.

Juan y Enrique, los dos pintores que firmaban Costus, pelambrera morena y cara demacrada el uno, cara de ángel y cabello peroxidado el otro, llevaban más sobria indumentaria, vaqueros, boots y camisetas de los Sex Pistols.

En su mesa, sendos vasos, una botella de ginebra, otra de coñac, paquetes de cigarrillos, un cenicero a tope y en las miradas que se dirigieron hacia nosotras cuando entramos, pupilas bastante dilatadas.

Maitena, por excelente motivo, conocía a todo el grupo. En los camiones que cada noche llegaban a Mercamadrid, transitaban mercancías que, por ser consumibles, no dejaban de ser prohibidas : marijuana, cannabis, heroína, LSD.  Yerba, resina, polvo y pastillas viajaban con las cajas de carne, fruta y verduras.

Y la muy reciente democracia española todavía dudaba de la política a adoptar frente a un fenómeno que cada día cobraba más amplitud : en Madrid uno encontraba droga en cualquier parte, casi en vente libre.

Así se ganaba Maitena sin escrúpulo alguno un dinero extra con ese comercio accesorio cuya red venía estructurada exactamente como el mercado de abastos : mayoristas, mayoristas intermediarios, minoristas. Ella vendía al por menor, pero no dejaba de sacar de ello varios millares de pesetas mensuales.

En el mundillo de la "movida", todo el mundo tocaba a todo o casi todo : días y noches se sucedían en un delirio de creación, de saraos orgiásticos improvisados o hábilmente montados, de conciertos, exposiciones, happenings de todo tipo... Madrid había superado a Londres.

Yo estaba en la gloria, suspendida a los labios de Maitena : ahí era dónde quería estar y ya estaba. Juégatela, mujer, me dije, al tomar sitio con mi nueva amiga en la mesa a la que nos estaban invitando a sentarnos.

Maitena fue la primera en tomar la palabra, poniendo las nalgas en una extremidad libre de banqueta:

— Buenas, os presento a Ella, una amiga.

Todos los hombres del grupo me miraron a la cara, pero de una manera tan diferente de lo que acostumbraba que, de inmediato, supe que eran gays. Bi, tal vez para uno de ellos, a pesar de todo. En cuanto a la chica, hubiera podido ser mi madre..., sin embargo me pareció impresionada.

— Y ¿de dónde nos llega, Ella? lanzó Enrique con mirada aprobadora.

— De Barcelona y me gustaría trabajar en el espectáculo, la publicidad o cosas así.

— Sólo eso. No te arredras por nada, ya veo. Bueno, pues, siéntate y toma un vaso para esperar, espetó Fabio, soltando un bonito aro de humo con la boca carmesí.

— Gracias. Con gusto.

Dos horas y algunos tragos más tarde, mientras apenas se iba vaciando el local lleno de humo y acababa de decir Fabio por lo bajinis que se iba al servicio, yo había visto a Maitena seguirle sin demora. La joven florista volvió a subir unos minutos más tarde, pero el travestí mucho después, con mirada metálica y gesto lento. Enrique había aprovechado el intérvalo para acercarse a mí y proponerme que posara para él y Juan. Sin pensarlo, había aceptado, con el entusiasmo de la juventud y todo el frescor de mis ilusiones.

Capítulo 4

Donde, por un tiempo, me voy a la acera de enfrente

Durante las semanas siguientes, había de pasar largas horas posando en actitudes extenuantes, de Eva triunfante, vestida de modelitos sugestivos o ataviada con disfraces improbables, apenas nacidos del desmadre imaginativo de los dos pintores. La casa de Costus era unos de los templos creativos de la Movida. En ella se cruzaban Pedro Almodóvar, sus musas, su pequeña corte de genio naciente y otros artistas en ciernes. Así fue cómo vi salir a Carmen Maura, Antonio Banderas, Rossy de Palma... y muchos otros de las pantallas de tele o cine en que yo los creía confinados. ¡Antonio Banderas! Ay de mí, ya estaba entre manos. Una bombaza que lo vigilaba como leche en el fuego. Pero mi descubierta mayor fue que eran de carne y hueso como yo, escondían sus angustias bajo apariencias provocadoras y quemaban su vida por miedo a perderla.

Mi juventud, mi brillo, el estatuto de ingenua perversa del que gozaba, - no sabía Maitena mantener la boca cerrada y pronto todos compartieron mis pequeños secretos - no tardaron en convertirme en centro de atracción de todas las miradas y objeto de muchas codicias. 

La gran belleza intimida a muchos hombres, según dicen. Y hube de conocer el asombro de ser "abordada" primero por una mujer, una noche de inauguración en la que no faltaron ni el cava ni las volutas embriagadoras.

Era delante de los espejos de los servicios. Cerca de mí estaba una morena de pelo corto, de más años que yo - veintiocho, treinta, tal vez - cuya pinta recordaba la de Ana Torroja, la cantante de Mecano. Bien había notado yo sus guiños insistentes varias veces durante la velada, pero, acostumbrada a las miradas envidiosas de las mujeres como a las de deseo de los hombres, no me fijé demasiado. Pero, ahora...

La tía, con los brazos apoyados en el lavabo, brillantes los ojos y erguida la punta de los senos bajo la transparente blusa, de pronto volvió la cabeza hacia mí, mientras me iba peinando y, avanzando los labios, me espetó :

— Bésame, porfa.

No me dio tiempo a balbucear una negativa, la tía me había empujado contra los azulejos de loza y me tomaba la boca. Primero intenté repelerla, pero la otra se sabía el oficio ; pronto sentí que se debilitaban mis defensas y me entraba el deseo a las entrañas. Mis labios se hicieron dulces bajo las embestidas que ella daba. Poco tiempo tardé en rendir las armas y nos fuimos a encerrar en uno de los retretes.

Se llamaba Lola, era celosa como una tigresa y yo iba a pasarlas moradas.

Ella hubiera querido que llevara en la muñeca una pulsera claveteada, con cadenita que, en público, me maniatase a ella para significar mi pertenencia y sumisión. Si, en el microcosmo variopinto de la movida, sin duda no se hubiera comentado eso mucho tiempo, en las calles comerciales de Madrid, todavía pasaba diferente. Claro, contra la engrilletada se desencadenaba el machismo ibérico. Tras oír un par de veces los peores insultos de mi vida, le declaré a mi amante:

—  ¡Nunca más eso o me voy!

Pero, ay de mí, los celos de Lola eran enfermizos: cualquier mirada, el menor gesto creaban problema y se volvían fuente de agobiantes riñas. Transcurrieron varias semanas así. Luego, convencida de que yo no era realmente homosexual, a pesar de nuestras pasionales reconciliaciones bajo las sábanas, decidí abandonar aquellos brazos oprimentes por los de un hombre, sin saber todavía cuál. Pensaba que, con la decepción de no haber dado con una lesbiana pura y dura, Lola volvería la vista hacia una Sapho más convincente y me dejaría tranquila.

Como la mayoría de los hombres, Maitena, por su parte, consideraba que yo era inaccesible y parecía haber renunciado a ser más que mi amiga. Sin embargo, por ciertos celos nacientes y dobles, no le había gustado nada que yo cediera a las proposiciones de Lola, que era totalmente de su gusto y más a su alcance, pensaba. Hubo pues cierto distanciamiento entre nosotras durante ese periodo.

Yo me había mudado de la casa de Maitena para ir a ovillarme en los brazos de Lola y así pues, me encontré en la calle, con mi poco equipaje, el día en que di el portazo tras una última y melodramática riña que al mismo maestro del kitsch no le hubiera disgustado.

Chapitre 5

En el que encuentro a la vez piso y manera de ganar algún dinero extra

Posando para Costus, había ganado bastante dinero para alquilar un cuarto en el barrio, porque con su creciente notoriedad, Enrique Naya y Juan Carrero ya se ganaban bien la vida. Buscar un poco más allá me hubiera salido más barato, pero no me convenía alejarme de mi lugar de trabajo ni de mis nuevas amistades, aunque casi me diera carne de gallina la perspectiva de cruzarme con Lola.

Falseé mi edad, claro está, silencié la exacta naturaleza de mi trabajo, destaqué mis estudios con las hermanas, sin más detalles por miedo a que las cuestionasen sobre mi fama, me estiré la falda con ostentación en las rodillas y conservé la mirada baja durante toda la entrevista, en cuanto supe a qué atenerme con mis futuros propietarios.

El marido, de pronunciada calvicie y bigote esmerado, escondía un evidente interés por mis formas detrás de gafas ahumadas. La mujer, bella en otros tiempos, se torturaba las manos como presa de una sorda inquietud.

— Serán quinientas pesetas mensuales, a pagar con antelación, por favor.

— Naturalmente.

Los cinco billetes nuevos de quinientas pelas que coloqué en seguida en la mesita del salón fueron decisivos. Trato hecho, con un apretón de manos, sin más requisitos. Es que esta buena gente eran inquilinos sin derecho a realquilados. Por suerte, el dueño vivía en las Américas y se contentaba su apoderado con cobrar el alquiler a tocateja.

Así fue cómo me mudé a casa de esta pareja de ancianos - él, antiguo militar, ella, ama de casa - en un inmueble con señorío de la calle Fuencarral, sexto piso (con ascensor). Daba mi habitación al patio de luces, pero era espaciosa y bastante clara, amueblada con gusto, - aunque no fuese el mío - en un estilo que yo estimaba remontar a los años treinta.

Empecé por quitar el crucifijo que remataba la cama para esconderlo al fondo de uno de los cajones de la cómoda. Luego, probé los muelles del somier y del colchón antes de tenderme encima, espatarrada de brazos y piernas para mejor tomar posesión.

De repente, me incorporé para salir a reconocer el pasillo donde me habían indicado, sin más detalles, que se encontraban cuarto de baño y váter. Es que en la mayoría de las viviendas, el "baño", como decimos, cumple las dos funciones, lo cual no resulta muy cómodo, cuando conviven varias personas en un mismo piso. Afortunadamente, el WC  estaba al fondo del corredor y el cuarto de baño al lado de las dos habitaciones restantes. Yo tendría, pues, que compartir aquel espacio.

Ahí destacaba una bañera profunda, con patas de bronce y, con todo, ducha de téléfono, pero sin cortina. Lavabo a juego. El cromo de los grifos estaba gastado y se notaba el latón en varias partes. La puerta venía con un cristal de vidrio esmerilado.

Poco rato me hizo falta para imaginar todo el partido que yo podía sacar de semejante distribución de los lugares.

Tan pronto como me instalé en casa de los Suárez, supe que me sería fácil convertir al señor en mirón, tal vez en algo más. Lo importante era no despertar las sospechas de la señora, bajo pena de encontrarme de nuevo en la calle.

Empecé notando los horarios de las idas y venidas de la pareja. El señor madrugaba y aunque dormían en habitaciones separadas, cada mañana, como un metrónomo, le traía el desayuno a su esposa a las ocho. Ésta no dejaba su cuarto antes de las diez, se preparaba y sobre las once se iba al mercado. El señor, recién afeitado y perfumado con agua de Colonia o Vetiver, vestía un terno, tomaba bastón y sombrero y salía a comprar el diario en el quiosco, a darse una vuelta por el barrio, a pasear por el parque antes de terminar la mañana ante un vermú con aceitunas en el café Imperial, leyendo las noticias. A eso de la una, regresaba a casa donde pretendía que estuviese listo el almuerzo. Y lo era, de eso estaba yo segura, aunque había declinado la oferta de tomar mis comidas con mis caseros a cambio de una retribución que me pareció exagerada.

El señor pasaba al cuarto de baño mientras la señora se desayunaba. Pensé pues que yo tendría que proceder a mis abluciones hacia las ocho - era temprano, pero quien quiere los fines acepta los medios - para que el señor me viera tomando la ducha en el momento oportuno.

Los primeros días, cerré a conciencia con llave el cuarto de baño y me abstuve de mirar a la puerta bajo la ducha. Bien segura estaba de que el viejo puerco quedaba patidifuso ante el espectáculo de sombras chinescas que yo le daba gratis. No era necesaria otra intervención. Yo sabía que iba a girar con fiebre el picaporte para comprobar si estaba encerrada o no.

Así pasaron dos semanas.

Luego, considerando que lo había hecho esperar bastante tiempo y que debía de estar a punto, al día siguiente, omití girar la llave.

¿Qué pensaís que ocurrió?

Como cada mañana, el señor Suárez se presentó con bata y de puntillas delante del cuarto de baño mientras yo me lavaba y, como cada mañana, intentó abrir la puerta sin ruido. Y aquel día, ésta se abrió, dejándolo pasmado, delante de mí que le hice frente en seguida, cubriéndome la desnudez con las manos, un poco, pero no demasiado.

El señor Suárez se disculpó, le dije que la culpa era mía por olvidar cerrar, luego le pedí que tuviera la amabilidad de pasarme el albornoz que estaba en el colgador, antes de revelar mi intimidad un instante al ponérmelo delante de él.

A estas alturas, el señor Suárez tenía los ojos como platillos  y no podía destacar la mirada de mi... ni de mis... ; viendo lo cual decidí dar el remate.

— Señor Suárez, no parece bien. Venga, siéntese un momento en esta banqueta, por favor.

Se sentó, revelando una erección de buen tamaño y yo, poniéndome de rodillas ante él, le dije :

—  Déjeme hacer, le voy a curar eso, señor Suárez, pero chitón, ¿eh?

Y, para mis adentros, le di las gracias al capellán del pensionado por haberme enseñado el camino a seguir.

Capítulo 6

Donde comienzan para mí los tiempos adversos

Toda buena acción se merece recompensa, ¿no? Así pronto recupéré, gracias al señor, el alquiler que cada mes le abonaba a su señora.

Él hubiera querido más. Meterme entre sus sábanas.

— Ni lo piense, señor Suárez. ¡Con los años que tiene! ¿Quiere que le dé un ataque? Además, no sería conveniente. Consiento en aliviarle los ardores de vez en cuando, pero nada más.

Se resignó al statu quo.

 Si parecían solucionados por un tiempo mis apuros económicos, sin embargo quedaba otro problema : ¿quién iba a ocuparse de mis propios ardores?

Los hombres con quienes me cruzaba me miraban con ojos de plato, pero no se atrevían a más, de puro paralizados; los con quienes trabajaba inclinaban más a la acera de enfrente que otra cosa; las mujeres, basta ya, pensaba; pasar al ataque se volvía urgente, vale cierto tiempo el masaje clitoridiano, pero mi naturaleza generosa no podía contentarse con ello.

El Rock-Ola me ofrecía terreno de caza lógico, pero el problema era separar el grano de la paja. Yo no quería quedarme al pie de la escala social, aun artística, por toda mi juventud. Y aspiraba, pues, a unir lo útil con lo agradable.  

El trato con los artistas de la Movida me había enseñado que si algunos cubrían correctamente sus necesidades, la mayor parte andaba en la cuerda floja. Los únicos en vivir holgadamente eran sus impresarios, agentes, productores, que usaban y abusaban del privilegio.

Así empecé a identificar entre esta fauna restringida a los aficionados al hábano, a los portadores de traje Armani, reloj Rolex y calzado italiano, a los titulares de tarjeta Visa Premier. Con dos exigencias primeras y minimales en mi opinión : ¡solteros  y que no tuviesen más de cuarenta y cinco! Por mi madre sabía que los hombres casados pocas veces dejan a su esposa por su amante ¡y no quería irme a la cama con quien pudiera ser mi abuelo!

Aquella gente, acostumbrada a toda clase de negocios, no tenía la menor aprensión a la belleza porque estaba convencida de que con su dinero podía comprárselo todo. Y yo pensaba : "Sí,  yo incluída, pero no a cualquier condición".

Varios, que habían pasado con éxito la primera selección, acabaron descartados no por ausencia de medios sino por falta de higiene, exceso de tripa, lenguaje indecente... ¡y me quedo corta!, a pesar de su abultada cartera y sus tentadoras ofertas.

Bueno. Pero empezó la gente a hablar. Y pronto en los saraos corrió la voz de que si nadie recibía mi aprobación, era que, por un motivo desconocido, yo no quería tener compromiso : ¿estaba afectada por ese nuevo y misterioso mal que en cinco años había pasado de un caso conocido a más de un centenar de muertos? Se decía que Enrique, por quien posaba... estaba tocado.

Así fui víctima de un segundo ostracismo, tan injustificado como el primero, pero de consecuencias más dramáticas.

En efecto, casí del día a la mañana, se apartó la gente de mí o corría mi interlocutor a lavarse las manos en cuanto volvía yo la espalda.

Lo único bueno del caso fue que a Maitena le caí bien de nuevo. Por haber acompañado hasta el final a uno de sus amigos drogadicto contaminado por una jeringuilla, ella se sabía de la enfermedad todo lo que se podía saber y conocía el injusto desierto que creaba el VIH alrededor de cada enfermo, real o supuesto. Rápidamente quedó la única en tratar conmigo.

No pasaba semana sin que la comunidad artística de la Movida se enterara de la enfermedad de tal o cual, abatido por una pulmonía oportunista o cubierto de bubones pustulosos o en trance de muerte en un servicio de hospital custodiado como un bunker. Los más afectados eran los homosexuales. Por un tiempo creí en una maldición ; los espíritus reaccionarios y biempensantes desmadradamente hablaron de castigo.

Maitena, sin sufrir en su carne, ya no follaba sino con chicas o bien con condón y cuando ya no podía más. Yo, por un tiempo me refugié en la abstinencia.

Esto no era una vida. El sexo, que para mí no se podía disociar de ella, se volvía tabú. Una tenía que desconfiar de todo y de cada uno. O dar con un chico virgen y guardárselo. Pero, ¿a qué atenerse?

No salgas de casa sin protección decían los anuncios. A los chicos les repugnaba y a mí también. Las tías del barrio que consentían en hacerlo sin condón vieron su clientela aumentada en un cincuenta por ciento.

Pero cuando empezaron a clarear las filas de esas inconscientes, bien hubo que rendirse a la evidencia: ya tocaba el mal a todos, heteros, homos, sin distinción de identidad o prácticas sexuales. Había llegado el momento de adoptar nuevas costumbres.

A partir de entonces, siempre tenía en el bolso, una caja de Durex para Él. Pero Él no se dejaba ver. Y así tuve que recurrir a unos suplentes. "Es preciso que le cuerpo exulte" como dice mi madre a quien le mola aquella canción de Brel, aunque no entiende la mitad de la letra. Pero con ese cangüelo que te muerde la tripa, de que en el fragor de la batalla se le olvide ponérselo o se rompa el condón, se te corta el rollo ¿no? Sin contar con todo lo que tienes que dejar de hacer. Es para volverse una frígida.

Por fin, la llegada del AZT con la puesta en venta del Retrovir volvió a dar un amago de esperanza a los seropos. Digo amago porque en realidad no cambiaba el problema, si declarabas la enfermedad, sabías que ibas a morir un poco más tarde, nada más. Y tragándote no sé cuántas pastillas al día.

  Por suerte, no me he vuelto seropositiva. Mis pruebas de VIH siempre resultaron negativas, toquemos madera.

Capítulo 7

En el que por fin se bosqueja mi porvenir

Con la mediación de Costus y Fabio Mac Namara, había logrado un papel de figurante en "La Ley del deseo", la última película de Almodóvar. Si miráis los créditos hasta el final, veréis mi apellido desfilar en la pantalla ; pero no me busquéis en las imágenes, ¡se cortó mi escena de la versión distribuida!

Estaba en una lista. A continuación, me llamaron para otras figuraciones. Hasta que Carmen Maura me notase entre la figuración durante el rodaje de "Mujeres al borde de un ataque de nervios" y pidiese a Pedro que me diera una oportunidad y un trocito de papel. Hicimos una prueba de cámara y fui contratada. Así debuté de veras en el cine, a menos de un año de llegar a Madrid.

¿Que qué papel me dio? Una secretita, no es para engolarse, lo sé. Con su fama y la mía, me temía como la peste que me diera un papel de p..., pues, bien contenta quedé con ese debut.

El extrordinario éxito de la película hizo el resto. Después, cuando dices "he trabajado con Pedro Almodóvar en el rodaje de Mujeres..." en seguida se abren las puertas con mayor facilidad. Porque todos saben que él tiene "feeling" para los personajes femeninos.

¿Cómo me fue después? Otra historia es. Tal vez la cuente algún día, esta noche, no. Ya os he dicho mucho, ¿no?

Ah, sí, os prometí, antes de dejaros, volver sobre esta historia de apellido que troncha de risa a los Franceses. Pues, ahí va : "Lloc" en catalán, es palabra muy ordinaria y común que significa "lugar"; por lo general, se escribe con "c", pero ocurre que venga con "q". Mi nombre de pila tampoco es extrordinario ; dice mi madre que le fue inspirado por la cantante de jazz Ella Fitzgerald.

Bueno, pero en francés, cuando pronuncias ni nombre y deletreas a continuación mi apellido, da "tiene dos alas en el culo" y ahí se destornillan todos. Al principio, me costó aguantarlo ; suerte que no vivo en Francia, ¿verdad?

Vale. Ciao tutti. Me está esperando mi fumador de hábanos (pues, sí, ¡al final cazé uno!). Hoy cumplo veinte. Copeo, cena de gala, casino. Jodienda, no sé; a veces se duerme a medio camino. Lo he tomado  demasiado viejo. Por los cincuenta tacos. Ya escarmentaré para el próximo.

En fin, se porta bien conmigo. Y no me falta nada. La semana que viene, doy comienzo al rodaje de "Átame", con Pedro. Las pelis que realiza, si parecen escritas para mí. Lástima que no tenga el primer papel. Pero, ya vendrá, veréis...

Acabo de releerme. Creo que cuestión estilo, no he dado la talla. Sin embargo, finalmente, todo eso, soy yo. Por ello no cambio nada.

©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2010. Derechos reservados.

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