Dora

(Volver y Perder*)

Dijo el polizonte :

— Bueno, ¿vamos ya?

Les eché una última mirada a los hombros desnudos de Dora, a su busto delgado y a su vestidito negro.

Aspiré una última vez su perfume embriagador.

— ¿Dejas que...?

Besé una última vez sus labios de sangre.

Por cierto, ¡bien cambiada tenía la pinta, Dora! Ya no era de ningún modo la "Señorita Petit Bateau"*, la nueva dueña del Flash.

Luego, le cerré los ojos.

— OK. Vamos.

Desde medianoche, yo estaba acodado en el mostrador de la discoteca de la estación, bebiendo porto-flips a sorbitos para hacer tiempo esperándola. Tenía aspecto de gili con mi camisa hawaiana y mis gafas plateadas, tipo chulo caribeño. Pero no me había dado tiempo a cambiarme de ropa. Demasiadas prisas de venir tenía.

Es que son mucho cinco años.

Sobre todo cuando tienes a una chiquilla como Dora metida en la masa de la sangre. Me está volviendo a la memoria todo. Ella, en la espuma de las olas, surfeando como una diosa. Ella, con el pelo en los ojos y su risa afónica en el viento. Ella, con sus bragas Petit Bateau y sus pies diminutos, morenos por encima y blancos por debajo. Ella, una vez más. Ella siempre.

Con lo bien que había jurado no volver a ello.

Era en pleno mes de Julio. Mi mujer y yo estábamos de veraneo con los críos en Hossegor. Es de tipo familliar la estación. Una pequeña ciudad alargada, con su pinar como telón de fondo y bancos para los viejos a lo largo de la playa. "Las gaviotas blancas" era el nombre del chalé, lo recuerdo.

Dora, por su parte, estaba de vacaciones en el chalé vecino de sus dos tías, un par de viejas parisinas, medio chifladas y estiradas de pies a cabeza, que la iban vigilando como la niña de sus ojos. Lo cual, pensándolo bien, tenía su dosis de razón.

Nuestra hija, Julia, tenía catorce años. Dora iba para diecisiete. Las dos hacían surf. Yo también, un tanto. Simpatizaron ellas y me pareció bueno invitarla a casa, para librarla de las garras de esas viejas arpías. ¡Vaya idea!

No bien llegada, empezó sobre mí su peligroso juego de calientabraguetas. Yo la tuteaba y era normal ; ella me imitó y se lo toleré. Se apelotonaba contra mí, igual que mi hija, me besaba como a su padre, con los brazos puestos alrededor de mi cuello. No dije nada.

Una noche, se quedó para dormir, en el sofá del salón, y claro, yo bajé, de puntillas, dormida ya la casa, con el pretexto de tomarme un vaso de agua. ¡Qué tonto del haba el menda!

En fin, me bailó como quiso. Y probablemente no fui el primero.

Porque, a la madrugada, con chispas en los ojos, me espetó : "Lárgate, tío" y ¡se fue con el cuento a mi mujer, esa zorra!

Le paso por alto los detalles y las consecuencias.

Vuelvo de cinco años pasados en África como mercenario y acabo de montar una pequeña agencia de vigilancia y pesquisas de todo tipo, divorcios y compañía, me conozco el tema, gracias.

Y, aquí, con todas las medias naranjas que los maridos mandan de vacaciones con los críos, no falta curro. Los carteros, fontaneros y repartidores de toda calaña ya no saben donde mojar el...

Con perdón. Desvarío.

Bueno, esta noche, tenía una llamada en el contestador de la agencia. En seguida reconocí su voz. Pero se dirigía al dueño de "Et Lux Fuit". Es el nombre que se me ocurrió para la agencia. Suena raro, lo sé, pero "Fiat Lux" ya estaba utilizado. Muy buenas, me llamo Dora. Soy la dueña de la discoteca El Flash. ¿La conoce, tal vez? ¿Puede venir a verme en cuanto le sea posible? Tengo trabajo para Vd. Hasta luego.

Jolín.

Yo, la hacía perdida por ahí, Dora. Las dos carcas estaban en el cementerio y el chalé se había vendido.

Creía... creía cerrada la cicatriz también, pero en absoluto. Nada más oír su voz, me dio un vuelco. Tuve que echarme dos güisquis al coleto para reponerme. Así que verá en qué estado podía sentirme esperándola.

A las once, dijo.

A medianoche, nadie.

A la una, porto-flip tras porto-flip, bien cargado iba yo. El camarero ya no quería servirme.

A las dos, fueron los polizontes a quienes vi llegar, para esposarme.

Dicen que fui a su casa, en taxi, que se vio a un tío con camisa hawaiana y gafas plateadas pirarse de su chalé, al lado del club, a eso de las diez y media de la noche, que la agarroté con la toalla de baño mientras acababa de maquillarse.

No recuerdo ni pizca de eso.

También dicen que se camellea mucho en ese club. Que los bañeros andan hartos de socorrer a surfistas coloquetas y que cuatro de ellas se fueron por el fondo ya desde hace un año. La última fue anoche. Una jovencita, de pelo descolorado por el sol, con la cara amoratada. Así es como la han encontrado, a la madrugada. Pues, todas eran parroquianas del Flash.

Por lo menos, eso, no me lo pueden achacar. Si es la primera vez que vuelvo ahí desde hace cinco años.

Pero, lo demás, ay de mí, me cae como pintado. Encontrar huellas dactilares en una toalla, ¡ni pensarlo! No era medio tonto quien lo hizo. Y motivos no me hubieran faltado para hacerlo yo, qué duda cabe.

Dora, siempre fuiste mi estrella negra.

Esposado, con un policía de la brigada criminal a cada lado, salgo de la discoteca cuyas luces parpadean sin fin en la noche cálida.

Al subir a la furgoneta aparcada delante del club, cruzo una mirada con otros ojos, que gastan gafas Rayban también. El taxista, a la espera de los últimos trasnochadores para llevarlos al centro.

©Pierre-Alain GASSE, abril de 2004. Remix de La foi du meurtrier de Yann Queffélec. Traducido por Bernard Vauléon, marzo de 2005.

*La versión francesa de este texto figuraba con otros veinte y nueve en la lista de cuentos premiados del Concurso Remix#2, organizado por la Editorial Hachette y el suplemento dominical del diario Ouest-France en abril de 2004.

Eres el ° lector de este cuento desde el 1 de abril de 2005. Gracias.

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