Las "Diabluras" del Administrador*

©Bernard Vauléon, 2005.

 

Fue un correo electrónico, caído una mañana en el buzón de Humberto Lumbreras, el que originó los acontecimientos que siguieron. Le proponían probar gratis un software de genealogía, con una atrayente opción de compra, como broche final.

Lumbreras es apellido poco corriente y más bien halagador, pero Humberto nunca se había preocupado por ello. ¿Por qué no? pensó. Pronto, descubrió que sólo 146 personas llevaban su patrónimo en España, y algunas semanas más tarde, había podido remontar su árbol genealógico hasta un tal Luis Veléz de Guevara, nacido en Ecija en 1579 y fallecido en Madrid en 1644.

Aquel antepasado suyo fue ilustre - aprendió con júbilo - por haber escrito varios centenares de comedias llenas de ingenio, pero sobre todo una novela de costumbres, licenciosa, mordaz y satírica, titulada "El Diablo Cojuelo".

Se trataba de una novela picaresca, supo a continuación, lo cual significa que su héroe es hombre de moralidad dudosa y, bajo pretexto de educar, nos pinta con regocijo los vicios y extravíos de una sociedad, en este caso, levantando los tejados de las viviendas de la ciudad a escondidas de sus moradores, todo eso con estilo alerta y pluma de alegre impertinencia.

A pesar del vocabulario en desuso y de una síntaxis mucho más compleja que la que él manejaba, Humberto se tragó las 350 páginas de la obra en tres veladas.

La cuarta noche tuvo un sueño, bajo el disfraz del Diablo Cojuelo, pero disponiendo de todos los medios tecnológicos de la actualidad. Apenas despertado, eso le dio una idea y, sin demora, puso manos a la obra.

Él era informático, le venía a punto. Para sus comienzos en el ejercicio de las "diabluras", decidió limitar a su inmueble el radio de su acción.

Tres pisos, con tres apartamentos en cada uno, ¡eso ya le daba material de sobra para un primer intento!

Como administrador benévolo, ya tenía la lista de los socios.

Utilizando Internet, comenzó por reunir cuanta información pudo sobre sus vecinos y le espantó su cosecha. ¡No se imagina uno los datos personales que la gente deja circular por la web! Dotada de memoria efefantina, ésta, además, desconoce el derecho al olvido.

No escogió su primera víctima al azar, no, todo lo contrario. Se trataba de  la persona del inmueble que más le interesaba, sin que fuese recíproco. Clarisa Almeida, barbie treintañera, soltera alegre, trabajaba en una productora audiovisual y multiplicaba las conquistas de una noche.

Le resultó fácil quebrar la contraseña de su perfil FB, que no era sino su nombre de pila seguido de su fecha de nacimiento, y así pudo tener acceso a los datos reservados a su familia y amigos.

¡Cuanta sorpresa se llevó al descubrir que, en una vida anterior, Clarisa se llamaba Lorenzo y que su última operación sólo remontaba a tres años! ¡Clarisa era un transexual! ¡Tamaña sorpresa! Ahora entendía mejor el ballet de parejas. No debe de ser fácil ser reconocido como mujer, si uno no lo es totalmente.

¿Lo era ella/él? Tenía que saberlo a ciencia cierta.

Con una vieja radiografía, logró sin dificultad manejar el pestillo de la cerradura de su piso del segundo e instaló en el cuarto de baño una discreta cámara.

Y ¡ahora a esperar!

No mucho. La misma tarde, al volver del trabajo, decidió Clarisa tomar una ducha. Y antes de que se cerrara la puerta de ésta, le dio a Humberto su pantalla de control la visión esquizofrénica de una mujer con una mitad superior super sexy y una mitad inferior esmeramente depilada, ¡pero virilmente dotada!

Desde un punto de vista anatómico, ¡Clarisa seguía siendo un hombre! Le dio a Humberto un escalofrío de repulsión, pensando que hubiera podido... No, más valía desalojar este pensamiento de su espíritu. Sí, pero, ¿cómo? ¡Allí estaba enraízado, incrustado, agarrado como... bivalvo a su roca! Barrió este rasgo de humor inoportuno y decidió ofrecerle a su enfermiza curiosidad otro tema de ejercicio.

Entonces, se decantó por una pareja de jubilados del piso bajo, los Martínez. Era era un ex militar, ella cuidaba del hogar. Él, fanfarrón y mandón, ella, retraída y beata. Ambos con unos sesenta años cortos.

Por encontrarse el inmueble en una zona un tanto cosmopólita, había invertido la junta de copropietarios en la videovigilancia : una cámara dominaba el dispositivo de control de acceso a la vivienda, otra filmaba el rellano en cada piso ; el servidor de datos se encontraba en las oficinas del operador y almacenaba éstos durante una semana antes de borrarlos. Y él, como administrador, podía consultarlos.

Visionó todas las grabaciones disponibles y se dio cuenta de que el señor Martínez cada tarde de dos a cuatro daba un paseo. Y el martes de aquella semana, apenas se había ido, llamaron a la puerta y la señora de Martínez, en bata, dejó entrar en la casa familiar ¡a una pelirroja espléndida! Idem, los martes siguientes, ¡pero pocas veces la misma! Y ¡siempre más joven que ella! ¿Qué misterio era ése?

Entonces escaneó todas las conexiones wifi de la vivienda, vio que la de los Martínez estaba mal protegida, y mediante un pequeño generador de contraseñas, en menos de media hora pudo penetrar en el ordenador de sus vecinos.

Recorriendo el historial del navegador, se dio cuenta de que era vaciado al fin de cada sesión. Decidió entonces tomar a distancia el control de la máquina. No fue muy difícil ; las recientes versiones del sistema operativo habiendo expresamente previsto esta posibilidad, le bastó desviarla en provecho suyo. Cuanto tecleaba la señora de Martínez aparecía ahora en la pantalla de él. Y lo que descubrió lo llenó de estupor. La señora de Martínez, bajo el alias de Gisela, frecuentaba ¡un sitio de encuentros lésbicos!

Y corría a confesarse a la iglesia de una parroquia vecina, después de cada uno de sus revolcones, descubrió siguiéndola, algunos días más tarde, tras la visita de una generosa rubia platino.

¡Diablos! ¿Tenía cada uno en este inmueble algo más o menos inconfesable que esconder?

Pasando revista con el dedo a la lista de copropietarios, paró entonces el índice en el apellido de un soltero del 3°, que ocupaba uno de los tres áticos del inmueble. Otros varios ocupantes codiciaban este piso y algunos incluso habían presentado ofertas de compra, siempre rechazadas por el señor Abolengo. ¡Qué despilfarro que una persona sola ocupara un piso de sesenta metros cuadrados, con terraza de idéntica superficie, cuando familias con tres hijos no disponían de tanto espacio y sólo disfrutaban de un balcón reducido!

El señor Abolengo era bibliotecario. Pequeño, enclenque, soltero y sin descendencia. ¿Qué hacía, pues, con tanto espacio? Esto bien merecía una pequeña investigación. ¿Cómo proceder, esta vez?

La videovigilancia de la semana anterior no surtió la menor información.

Aguijoneado, nuestro aprendiz de brujo ni siquiera podía utilizar su instrumento favorito, la informática : ¡el señor Abolengo no tenía ni teléfono inteligente ni ordenador! ¿Cómo era posible hoy en día? ¡Un bibliotecario! O se negaba a tener en casa su principal herramienta de labor cotidiana, lo cual se podía comprender. Sería eso. Pero tenía que comprobarlo.

Bueno. Pero el hombre era desconfiado. Había instalado una puerta blindada, con cerradura de cinco puntos y sistema antiintrusión que por poco lo pillaba cuando quiso examinar la instalación más de cerca.

Humberto Lumbreras no era hombre para desanimarse por tan poco. Decidió consultarlo con la almohada y aquella noche cerró los ojos con el problema en la mente y amaneció con... una solución.

¡Bastaba con pasar por los tejados y bajar hasta la terraza del señor Abolengo!

Dicho y hecho. Cuando todos sus vecinos se hubieron ido a sus ocupaciones, Humberto Lumbreras subió al tercero, trepó por la escalera metálica que conducía a la trampilla de acceso al tejado, levantó ésta y se izó al cinc de la techumbre. Luego, ató una cuerda de espéologo en una de las chimeneas antes de encordarse a su vez y emprender un descenso en rápel hacia la terraza del señor Abolengo.

¡Menuda sorpresa se llevó al encontrar ésta totalmente cubierta por un invernadero tropical lleno de una vegetación de lianas, helechos y plantas carnívoras! Y para colmo, un morador sorprendente había elegido domicilio allí.

Embargado todavía por la sorpresa, estaba Humberto Lumbreras tendido boca abajo en el tejado, medio cuerpo apoyado ya en la vidriera alta de la terraza cuando un crujido siniestro lo arrastró varios metros abajo, en medio de fragmentos de vidrio y viguetas de aluminio, antes de dejarlo en suspenso, a noventa centimetros del suelo, frente al habitante del lugar, atraído por el barrullo.

No se encontró ni éste ni el cuerpo de Humberto Lumbreras. Los únicos testimonios de una presencia humana en el lugar eran una cuerda, una hebilla de cinturón y un par de zapatos. 

El señor Abolengo estaba de vacaciones por varias semanas y cuando volvió, su pitón, un joven adulto de varios metros, se había fugado por la abertura, tras  digerir por completo al intruso, de quien había hecho su dieta.

Moraleja : ¡No se las dé de diablo, ni siquiera cojuelo, o bien podría salirle más caro de lo que piensa!

©Pierre-Alain GASSE, abril de 2015, para la versión francesa, enero de 2017 para la presente.

*Este cuento se escribió en el marco del segundo concurso de cuentos de la Asociación de los Escritores de Bretaña, en memoria del autor de la versión francesa del "Diablo Cojuelo".

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