La Creída de la Roca Picuda


Advertencia

Cualquier parecido con sucesos o personas con existencia presente o pasada sería fruto de una coincidencia malograda o de infausta autosugestión del lector, porque en nuestra amable ciudad, corren los días sin tropiezos si no sin reproches. En esta historia, sólo los lugares son (más o menos) auténticos.

******

— Para escarmiento tuyo, ya no excitarás, lindísima mía, a los paseantes y aficionados al footing de cualquier tipo y edad. Como si quisieras que se te rindiesen todos, ¿eh? No podías con ello. Ni manera de impedírtelo. Pues, se acabó. Ahora no serás más que mía. Sí, ya lo sé, siempre terminabas dándoles calabazas, tras enseñarles tu espejuelo. Os  aceché y observé a menudo y vi cómo los rechazabas después de algunos besos y vagas caricias. ¿Por qué te portabas así, con los hombres, Emmanuelle? Lo sabes : algún día, uno de ellos te habría forzado, o peor todavía, o las dos cosas. Tal vez haya ocurrido algo ya para que estés así. Yo, nunca te toqué antes de hoy. No me hubiera atrevido a dirigirte la palabra. Pero descubriste mi escondite y mi secreto. Y lo habrías comunicado, te conozco. Incluso es posible que pasaras a mayores con los otros, para hacerme daño, sabiendo que yo os espiaba. No podía dejar que hicieras eso, Emmanuelle, lo comprendes, ¿verdad? Cuando te sorprendí, en mi escondite, con mis gemelos en mano, apuntando tu nido de amor, gritaste tan fuerte. Me entró miedo. Entonces apreté, Emmanuelle, y tenías el cuello tan fino. Abriste los ojos en grande, pero pronto su luz se nubló y contra mi pecho sentí tu corazón latir y luego pararse...

 

En la punta de Porzic, este municipio de la Costa de Goëlo al que se llega dejando la R. N. 12 poco después de la capital del departamento, en los años setenta, antes que la ley de protección litoral prohibiera las construcciones a menos de doscientos metros de la costa, se proyectó una carretera turística de circunvalación de la que sólo se llegó a construir un modesto tramo. Conduce, viniendo de La Ville Morel, de la Croix Guingard o de Barillet hasta un pequeño aparcamiento sin salida, que domina las playas de Tournemine y Les Rosaires. Los paseantes ahí aparcan para tomar el sendero de los aduaneros hasta Beg Lann, el cuerpo de guardia o Le Petit Havre y volver por calles y carreteras a recoger su vehículo. Los enamorados se sientan en un banco que ahí domina la costa. Sendas de cazadores y pescadores serpentean por entre los espinos y la landa rasa para bajar hasta la Roca Picuda, situada más abajo y que sólo se descubre en totalidad cuando las mareas  vivas.

 Allí era, sobre la derecha, en un vallecito suspendido que parecía de acceso imposible a los novatos, donde tenía Alejandro su escondite. Como revolcadero de jabalí bajo los espinos blancos y negros, alfombrado por las agujas de un pino solitario que lo dominaba. No era malo Alejandro, no. A prueba que la institución donde permaneció largos años, había estimado que ya era capaz de vivir en sociedad y así pues había vuelto a casa de sus padres, unas de esas casas baratas que promocionó un ministro hace tiempo, pero cuyo lugar de construcción levantó controversia y por eso quedó mucho tiempo sin agua corriente ni electricidad. A Alejandro le gustaba su casa. Sus padres habían muerto ya. Pero hahían guardado todos sus juguetes de antes con los de su hermanita Alicia y Alejandro los vigilaba como un tesoro. Dos veces a la semana, seguía su educador visitándole para ayudarlo a llevar el presupuesto y para comprobar que se tomaba correctamente las medicinas. En el pueblo, lo conocían. Iba a comprar montado en un Solex, un viejo Solex que había pintado de rosa. A Alejandro le gustaba mucho el color rosa, sin que supiera decir por qué. Tenía una dieta disciplinada ; por la noche, sopa, pan, queso y fruta, pero el plato fuerte del almuerzo lo tomaba en la charcutería del pueblo ; con el primer plato se las apañaba y para elegir lo demás le bastaba leer lo que venía escrito en el escaparate : hola, Rolando, ponme una porción de eso, y mañana, ¿qué va a haber? Hum, eso sí que es bueno. Y así sucesivamente cada día de Dios. Uno sólo de sus hábitos no se podía cambiar : los viernes, hojuelas de trigo sarraceno. Tres : una con mantequilla, una con queso rallado, jamón y huevo y para terminar otra con queso. Y a la chufa. Después de la tele, claro.

Cuidaba sus gatos y completaba el herbario y la observación de los pájaros. Dos pasiones que habían sabido darle en la institución. Hasta tal punto que se había convertido en algo como un especialista de la fauna litoral de la zona y del canto de los pájaros que imitaba de maravilla. Le venían a consultar a veces para intercambios o identificaciones y de cuando en cuando participaba en concursos. Incluso le entrevistó una vez la tele regional. Y a nadie inquietaba verle por los senderos, por cualquier tiempo, con su mochila, sus gemelos y su bastón. Así era Alejandro, nuestro bienaventurado... (1)

De Emmanuelle, ¿qué le diré? No había tenido suerte en la vida. Pero ¡ojalá viera la moza que era! Pelo rubio, claro. Facciones regulares sin ser perfectas, cuya combinación desprendía un atractivo enorme : una mirada ligeramente asimétrica, una sonrisa con dejo carnívoro, alta la frente, bien diseñada la boca y curvas en las que se posa la mirada y descansa la mano. No hubo hombre que no la rondara desde el jardín de infancia, pero nunca se le conoció uno en serio.

Basculó su vida en la noche de sus doce años. Su madre, enfermera,  estaba de turno, y sorprendió al padre mientras... en fin, me entiende. Se apagó el caso. En aquella época, no se denunciaban esas cosas como ahora ; pero el padre se fue a trabajar en plataformas petroleras y nunca se le vio más.

Tras eso, Emmanuelle creció a lo salvaje. Con el trabajo de su madre, no era fácil. Luego, un día le cayó un padastro y entonces abandonó la casa.  Rondaría los diecisiete por entonces. Se fue a vivir con una tía de las suyas, ua viuda que moraba a la salida de la aldea de la Ville Morel en una casa que todos nombraban "la casa rosa" por el color del enjalbegado, que antaño dio para hablar, cuando era requisito imprescindible que todas las casas bretonas fuesen blancas.

Parece que a partir de aquel momento fue cuando enpezó a ligar con hombres de todas edades y condiciones, con tal que estuviesen casados, en el sendero de los aduaneros que estaba cerquita. Nunca daba ella los primeros pasos ; paseaba sola con porte altanero y esperaba a que la abordaran, lo cual jamás tardaba mucho. De haberla visto, me comprendería. Además de su natural belleza, ¡no por nada se había hecho esteticista, Emmauelle!

Ella conocía la zona como la palma de su mano y había descubierto, en el valle suspendido de Alejandro, a unos doscientos metros del suyo, otro escondite, debajo de un ciprés cincuentón. Allí atraía a los galanes, acabados unos preliminarios que con ella siempre eran bastante expeditivos, tras ser abordada por la futura víctima.

Pero en cuanto pretendía su presa franquear su frontera de lencería, la dulce ovejita se ponía hecha un basilisco y apuntaba u n revóver, escandido entre las agujas de pino, en la sien del Don Juan de barrera, que tomaba las de Villadiego, a veces con las nalgas al aire, sin pedir más explicaciones.

Demasiado contentos con salirse del lance tan bien parados, nunca presentaban denuncia, pero sin embargo, al cabo de cierto tiempo, empezaron los chismes. Corrió la voz de que los que practicaban el footing en solitario tomaban algún riesgo, sin que se supiera cuól todavía.

Una sola vez había disparado Emmanuelle, en fin, se disparó su arma, sin hacer víctima, afortunadamente. Era durante el periodo de caza y nadie le llamó la  atención un disparo más, aunque retumbó fuera de las horas de apertura. ¡Siempre existieron cazadores furtivos, por aquí!

Pero lo que había de suceder, sucedió. Un buen día, mientras, desde su amparo, observaba Alejandro con sus gemelos un petirrojo que daba de comer a sus críos, sorprendíó en sus lentes los destellos luminosos de un vestido claro que se levantaba, allá, delante de él, debajo del enorme ciprés inclinado. Ya no podía destacar la mirada de la masa de pelo rubio que ondulaba bajo las caricias de un cuerpo apretujado contra Ella. Ocurrió tan de pronto que no entendió nada : de repente, un objeto negro y reluciente apareció en la mano de Ella y el hombre, despavorido, huyó.

No la conocía entonces, pero más tarde la siguió y aprendió su nombre y parte de su historia. Entonces, acechó sus salidas y espió, desde su escondite, a todos esos hombres a los que Emmanuelle atraía allí. Era un poco como si intentara por procuración lo que sabía que ya no tenía derecho a hacer desde ese día en que él y su hermanita... Era muy mal lo que había cometido, y le habían prohibido que reincidiera, y por eso, siempre se tomaba las pastillas.

Pero, siempre pasaba igual, en cuanto el hombre intentaba lo que él con Alicia, entonces la mirada de Emmanuelle se endurecía, ella alargaba el brazo y él entonces sabía... sabía que Emmanuelle los iba a castigar, el hombre y él, por esa fuerza brutal que moraba en ellos, que existía en él siempre que la miraba a ella. Era tan fuerte que lo superaba todo, no podía con ello. Alejandro pensaba que a través de todos esos desconocidos, él seguía expiando lo que cometió con Alicia, lo que no quería que sufriera Emmanuelle. Y que era justo.

Nunca se había atrevido a visitar el escondite debajo del ciprés gordo. Era el secreto de Emmanuelle. Pero ella, una tarde en que no había encontrado presa durante el paseo, más atenta de lo habitual al paisaje probablemente, descubrió la senda que Alejandro cerraba entrelazando las ramas de dos setos y llegó hasta su observatorio. Alejandro estaba viniendo allí precisamente y le siguió los pasos, a poca distancia, con la cabeza encendida y el corazón saliéndole del pecho.

Ella estaba tendida bocabajo, como él hacía, y tenía en mano los gemelos que dejaba colgados en su estuche del garrón de una de las ramas pequeñas que cortó con la podadera para crearse una brecha de luz. Miraba delante suyo y había entendido. Pero las agujas secos de pino chascaron bajo las alpargatas de Alejandro. Emmanuelle dejó caer los gemelos y dio un grito agudo al tratar de incorporarse.

Aquel grito sonó a los oídos de  Alejandro como otro que no podía olvidar. Le entró miedo. Sus manos como garras llegaron al cuello de Emmanuelle y apretó, apretó cerrando los ojos.

Luego, se acabó todo. Y él se fue corriendo con su trofeo.

El cuerpo sin vida de Emmanuelle lo descubrió  el perro de un cazador al día siguiente. No había sido violada, pero estaba con el torso desnudo. La camiseta rosa que llevaba ese día había desaparecido. Los gendarmes algunos días después, la encontraron en el baúl de los juguetes de Alejandro.

Y yo pregunto ¿por qué no se pudieron encontrar y conocer normalmente esos dos niños perdidos? Tal vez hubieran podido curarse mutuamente las heridas. Alejandro, nuestro bienvaenturado no era más que un desdichado ensuciado por una pulsión infantil y Emmanuelle, la creída de la Roca Picuda, una chica con los nervios de punta, víctima de su belleza y de un padre desequilibrado.

(1) alusión a la famosa película de Yves Robert, "Alexandre, le bienheureux", elogio campesino de la pereza, en el mítico 68.

©Pierre-Alain GASSE, junio 2000, versión francesa.

©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2009, versión española.

Eres el ° lector de este cuento desde el 08/08/2009. Gracias.

Índice

 

Mandar un e-mail al autor

Recomendar a un amigo

Subir un comentario al Libro de Oro