En el Bar Paradero

©JeanFran 2002

¿Ellos dos?

Siempre los he conocido aquí.

Ella, detrás de la barra, todo el día, sirviendo cafés, cañas, vinitos. Él, por delante, acabada la jornada, con las botas embarradas, la gorra enfundada en la cabeza, barba de dos días y bigote en ristre. Intercambiando frases, una tras otra, sobre cualquier cosa, sobre nada.

— Hola, Paulina, ¿me pones un vinito del bueno, porfa?

— Buenas, Ludo. ¿Cómo te fue el día, pues?

— No es para quejarse. Entre chubasco y chubasco, acabé la siembra de los campos de abajo. Ah, y esta noche, la Negra nos hizo el ternero, ella solita, como mayorcita que es. Y tú, qué tal?

— Tirando, ¿cómo va a ser, eh?, Por suerte estoy para darle la mano a Gina, porque si no, no sé si se las apañaría sola : cada día viene  más gente a almorzar.

— No me extraña, pues, con tanta casa como van construyendo, son muchos obreros y ya no se estila llevarse la fiambrera, ¿eh? ¿No le vendría mal tomar a uno más, entonces?

— ¡Vete tú a encontrar un buen cocinero que no sea caro! Y además, ¿quién sabe lo que va a durar esta bonanza?

Así cada tarde de Dios, excepto Domingos y feriados.

¿Cómo me sé yo todo eso?

Se ve que no es usted de este pueblo.

Paco me llaman, para servirle.

Yo era marinero de comercio, por eso puede ver que todavía llevo la gorra y la chaqueta. Los galones e insignias los quité, claro, porque si no, no tendría derecho. Cerca de treinta años navegué en toda clase de cascarones, cargueros de transbordo rodado o de transporte de vino, pero cuando llegaron los superpetroleros, entonces dije : vale ya, saco en tierra, esos monstruos no son para mí. Así, ya no voy de puerto en puerto, sino sólo de bar en bar dicen las malas lenguas.

Lo cual tiene su punto de verdad y ésta es mi base de operaciones, si me comprende.

Bueno, no es que sea muy gordo el fajo de la pensión, pero me las arreglo con él y hago alguna que otra chapuza por ahí para no llegar a final de mes sin blanca.

Pero me salgo del tema - Gina, repite, por favor. ¿Aceptará otro vinito, verdad, mientras le cuento la historia de aquéllos dos? ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, ellos dos, Pues, ahí tiene.

El mismo día nacieron. No es tan frecuente en el pueblo. Hará, a ver, pues sí, sesenta y cinco años el día de mañana. La madre de Paulina, ya llevaba el bar. Su marido, el Marcelo, era marinero del Estado, así el comercio a ella le daba un quehacer y algún consuelo también, de vez en cuando. Pero bueno, Paulina, de pequeña, a la madre se parecía como dos gotas de agua, así que en eso no sirve ser demasiado largo de lengua. Los padres de Ludovico, -por aquí todos dicen Vico - eran aparceros en el Castillo. Buena gente, parece, yo no los conocí, era demasiado joven.

El caso fue que los dos padres se encontraron en la alcaldía juntos para declarar a los críos. Y que, al salir, vinieron a celebrarlo aquí. El Marcelo se fue de rondas generales hasta no poder, de tan contento como era de tener un hijo, chica además - así por lo menos, decía, no será marinero. Y los empinacodos por lo bajinis añadían : síí, asín hará de puta... como la madre...

Claro que, a la noche, tenían una cogorza de las buenas. Al padre de Vico, parece que lo llevaron en carretilla de manos a su casa, en la otra punta del pueblo y que durmió tendido en la mesa, con la cabeza reclinada en un pan de seis libras. El Marcelo tampoco pudo llegar a la cama. Después de quitar el picaporte de la puerta, se derrumbó en el primero de los escalones. Es que por aquel entonces cuando bebía uno, bebía de verdad!

Paulina - la puede ver ayudando a Gina, ahí en la extremidad de la barra - fue a la escuela con Vico hasta el título de estudios primarios, me parece. Luego, Vico se quedó en la finca para ayudar a los viejos y ella empezó a atender en el bar. Como era de muy buen ver, la rondaba un sinnúmero de tíos. Y Vico no daba la talla, frente a los señoritos trajeados que se alojaban aquí. Desde peques se conocían, ella ya no se fijaba en Vico, pero él no veía a ninguna sino ella. Con lo tímido que era, además...

Así, un día, se las piró Paulina con un lechuguino, un funcionario, sin decir gracias ni adiós. En la ciudad se casaron. Para separarse, no mucho después, dos, tres años, no más. Una mañana, reapareció aquí y volvió a tomar su sitio detrás de la barra, con una chiquitina pelirroja, siguiéndole las faldas.

Transcurrió el tiempo - no sabe hacer otra cosa -, el Marcelino estiró la pata tras una copa de más y el bar cambió de nombre. Antes se llamaba "Casa Paulina", pero Gina, cuando la madre le dio las riendas y le propusieron despachar los billetes de autobús, quiso que se lllamara "Bar Paradero". Quizá le recordara cuando ella vino a parar aquí también.

Pero, lo cierto es que desde que volvió ella, Paulina, hasta hoy, y menudo montón de años hace, no he visto a Vico faltar a la cita un solo día. Beber sus dos o tres tragos y darle algún palique antes de regresar a casa.

Cuando se había largado ella, él se dejó llevar al altar por otra de su edad, que le tiraba los tejos desde la primaria, pero no han tenido hijos. Como si se hubiera vuelto impotente, el Vico. Ella tornó tarumba, taciturna, no salía más, no quería hablar con nadie. Neurasténica, decía el doctor. Una noche, al volver Vico, no estaba en casa. La fuimos buscando que te busco, en plena noche, con antorchas. Pues, la halló el sacristán... ahorcada en el campanario. Aquí, en el campo, es frecuente tomar la delantera de este modo. Aun así, se armó la de Dios. Guardia civil, autopsia, periodistas y tutti quanti.

Por eso, desde entonces, no tiene prisa por volver a casa, Vico, se queda hasta el cierre y ahora es Gina quien lo pone fuera. A las diez y media de la noche en punto. Para ella, el horario no es cosa de broma.

Y a este propósito va a ser tiempo de que nos vayamos nosotros también, porque si no nos espera algún escobazo.

— Oye, Gina, ¿y ónde se fue tu madre, pues?

— Demasiado le dabas al palique, Paco. Te perdiste el acontecimiento del año. Paulina ha tenido que decidir por él, si no, creo que se hubieran quedado cada uno a su lado de la barra hasta el final de sus días, los muy bestias. En fin, qué contenta estoy. Después de tanto tiempo perdido. ¿No la viste salir con Vico?

— ¿Se fue con Vico? Joder, vaya noticia. ¡Eso se merece un trago, Gina!

— Y ¿qué más? ¿Has visto qué hora es? ¿Quieres que cargue con una multa o qué? Además, creo que bebiste bastante para hoy. Hala, ¡hasta mañana!

Muy buenas noches, señores.

©Pierre-Alain GASSE, juin 2004. Tous droits réservés.

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