Les Amantes del Parque Tomás Beckett

Prólogo

Muy Señor mío:

En su carta del 20 de Enero pasado, me solicitó Vd, para que le diera varias informaciones sobre uno de mis empleados - fallecido ya - así como mi opinión personal en cuanto a los hechosque le fueron reprochados. Le confieso que mi primer gesto fue echar su carta a la papelerapor dos motivos, siendo el primero que no entiendo muy bien el interés que otorga a ese caso, de lo más común finalmente, y el segundo que el evocarlo me resulta bastante incómodo, como comprenderá fácilmente. No obstante, tras pensarlo, para serle agradable y en memoria de su padre a quien bien conocí y que me honraba con su amistad, le he preparado el siguiente relato en el que pienso haber reunido cuanto conozco del personaje, en forma tan objetiva como posible. Sirva Vd disculpar mi demora, es que quise - deformación profesional dirá - aportar toda la precisión en mi poder, operando varias verificaciones en mi archivo personal como en el de mi antiguo lugar de trabajo.

Así pues, yo, el infrascrito Maturino del Vado, bibliotecario jefe de esta ciudad entre 1955 y 1972 encontré por primera vez a Jerónimo Bello el 23 de agosto de 1970, en mi despacho donde lo había hecho convocar. Cuando digo por primera vez, resulta inexacto, en la medida en que era parroquiano de sus padres y alguna que otra vez lo habría visto en la tienda, pero quiero decir con esta expresión que nunca antes le había prestado atención. Se trataba de cubrir una plaza de ayudante de biblioteca, cuya creación yo había solicitado de los ediles unos meses antes y que acababan de concederme. El joven, como otros, había contestado a un anuncio publicado en la prensa la semana anterior y he dado con el currículo adjunto a su solicitud. Es la fuente de los datos que siguen :

Apellido: BELLO

Nombres: Jerónimo, Martín, Cristiano (raro, ¿verdad?)

Fecha de nacimiento: el 7 de setiembre de 1950 en esta ciudad, plaza San Sulpicio, 6. Hijo único.

Oficio y domicilio de los padres: vendedores de tabaco, prensa y baratijas en la susodicha dirección.

Estudios: Escuela San Vicente de Paul, luego San José y por fin Instituto Madre de Jesús hasta el bachillerato, aprobado sin mención en 1968. Después, Diploma Universitario de Estudios Literarios (Letras Modernas) en la Facultad de Letras de Rennes.

Situación militar: Reforma definitiva n° 2.

Estado familiar: casado (30 de octubre de 1970), sin hijos.

Domicilio: Colonia de viviendas protegidas, calle del Paraíso, 6.

Oficio del cónyuge: ayudante de laboratorio en la Farmacia Principal

Empleos ocupados anteriormente: ninguno.

Su carta de petición carece de interés, aparte de que no tenía falta de ortografía, cosa infrecuente hoy en día, lo cual sin duda influyó mi decisión. El interesado, tras su selección, se había presentado, pues, ante mí, así commo otros tres candidatos, por la mañana del 23 de agosto de 1970, a las nueve. Terminé con él. El primero, pelambre roja y lengua trabucada, no me había dejado buenaq impresión. Los otros dos no le daban la talla.

Moreno, de estatura mediana, más bien tímido al principio porque vacilaba en alargar la mano, sentarse, dirigirme la palabra, cobró vida cuando empecé a hablar de literatura para saber, no sólo si le gustaba leer, sino si amaba los libros, condición esencial en nuestro oficio. Lo sabía asiduo lector de la biblioteca y con su ficha de libros sacados en préstamo a los ojos, también conocía sus lecturas. Muy pronto, con permiso paterno, había abordado los clásicos destinados a los adultos y parecía tener predilección por los novelistas del siglo 19, Balzac, Flaubert, Zola. Hablaba de ellos con tino y con la pasión necesaria. Compostura, buena ortografía, amor por los libros y sus autores, son los elementos que motivaron mi decisión. Se acordó que debutara el primero de setiembre, con el coeficiente salarial previsto en el escalafón. Encargué al bibliotecario principal que lo formara para las tareas que le atañerían, pero, por culpa de una fuerte gripe de este último, tuve que ponerlo al tanto yo mismo durante tres semanas.

Rápidamente demostró excelentes facultades, tanto en la acogida del público que llevaba muy cortésmente como en la delicada tarea del registro y clasificación de los nuevos volúmenes que constituye la base de nuestro trabajo. Por lo demás, doy cuenta de que en la ficha de evaluación personal que trasnmito a los servicios municipales para la atribución del plus de fin de año, inscribí a finales del 70 la siguiente valoración: "Muy buen elemento, puntual y asiduo, que cumple su servicio con la mayor conciencia".

Al cabo de un año, Jerónimo Bello, que se había matriculado, a instancia mía, a los cursos de Promoción Social, aprobó las oposiciones a ayudante de biblioteca y de precario pasó a meritorio durante un año, antes de ser nombrado titular con fecha del 1 de setiembre de 1972 en un puesto liberado por la jubilación anticipada (por motivos médicos) de una colega asmática.

Ese mismo año 1970, cuando la reanudación de la actividad judicial, su Señoría el Juez Lesueur fue trasladado de Coutances a A. y nombrado Presidente del Juzgado de Primera Instancia. En nuestra pequeña ciudad, no será ninguna novedad para Vd, constituyen las mujeres de la buena sociedad y los jóvenes lo esencial de nuestra clientela y así tuvo Jerónimo Bello numerosas ocasiones para encontrar a muchas de ellas. Poco tiempo después de su instalación en la casa solariega de la calle Quebranta corazones, la señora Lesueur vino a inscribir a la biblioteca a sus dos hijas y ella. Era de origen italiano y de una belleza que no puede pasar desapercibida: de unos treinta años, alta, delgada, con grandes ojos oscuros y risueños, largos rizos morenos y un cuerpo admirable; todas las miradas se volvían hacia ella. El señor Lesueur, cuarentón flaco y enjuto era tan austero como su esposa parecía golosa de la vida; sus dos chiquillas tenían la belleza de su madre, pero el natural reservado y la seriedad del padre. Rápidamente, la señora de Lesueur fue una abonada asidua de la biblioteca en la que cada semana tomaba prestados varios volúmenes para ella y sus hijas.

No me consta si la conoció cuando ella vino a sacar cartilla - la ficha manuscrita que completara él aquel día ha sido digitalizada desde entonces sin que se pueda identificar a su autor - pero sin duda fue en el marco de su servicio y pronto resultó innegable que se había enamorado de ella. Pero, de todos nosotros ¿quién no?

Unos meses más tarde, durante el verano del año 71, según las fichas de libros tomados prestados, la señora de Lesueur, diplomada de Historia, para ocupar el ocio que le dejaba el gobierno de su casa y seducida por nuestra pequeña ciudad, emprendió un estudio de su pasado; lo cual hizo que menudearan sus visitas así como su duración. Incluso pusimos a su disposición un pequeño gabinete de lectura próximo del departamento histórico y más tranquilo que la sala de lectura principal en la que se distraía a menudo la atención por el vaivén demasiado frecuente de escolares poco respetuosos del silencio de rigor en estos lugares.

Así fue cómo, creo yo, les relaciones de Jerónimo Bello con la señora de Lesueur pasaron del estatuto de cliente a empleado a aquél más íntimo ya, de investigadora a colaborador. En efecto, Jerónimo Bello, enterado de su proyecto, le había propuesto desmenuzar para ella, en sus horas muertas, un fondo legado unos meses antes, todavía por clasificar y que podía contener obras o elementos necesarios para sus investigaciones.

Fuese lo que fuese, cuatro meses más tarde, el rumor público hacía de Jerónimo Bello el amante de la señora de Lesueur; con la confirmación que le voy a contar ahora y de la que yo había sido muy involuntario testigo unas semanas antes.

Era un lunes, día en que la biblioteca queda cerrada al público hasta las dos de la tarde porque aprovechamos la mañana para recibir a las editoriales, registrar las entregas y hacer los pedidos. La semana anterior, la señora de Lesueur nos había encargado un libro sobre los Abrincates, fundadores de nuestra villa, el cual figuraba en nuestro fichero, pero quedaba imposible de encontrar. Durante el fin de semana, por suerte recordé que seguiría en los cartones de la última mudanza de la sección histórica, motivada por el ensanchamiento de esta casa, hacía un poco más de un año. En efecto, subestimamos nuestra necesidad de estantería y unos mil volúmenes se quedaron en cajas, en espera de los anaqueles suplementarios, prometidos por cierto, pero nunca entregados por los servivios municipales. Había encargado, pues, a Jerónimo Bello que llamara a la señora de Lesueur para avisarla de que por la tarde podía pasar a recoger la obra, pero vino la misma mañana, cuando Jerónimo se preparaba para bajar a la reserva y ella bajó con él. No era muy reglamentario, pero ya la considerábamos un poco como parte de la casa.

Un rato después, por tener yo algún quehacer en el sector, bajé al sótano. Y oí a la señora de Lesueur susurrando con voz ronca desconocida de mí: "¡No, Jerónimo, por favor!". Me intrigó, me acerqué a la reserva y por la puerta entornada, descubrí a la señora de Lesueur, reclinada en las cajas de libros amontonadas en el suelo, con la falda medio arremangada y a Jerónimo Bello, sobre ella, besándola con pasión. Retrocedé precipitadamente y me esfumé. No pasaría nada más aquella mañana, porque volvieron a subir muy poco tiempo después que yo. Para mí, quedaba probada la veracidad del rumor. Unos días más tarde, aprendí de la misma boca de Jerónimo que la señora de Lesueur lo había contratado como vigilante para sus hijas: ¡la oveja se había encomendado al lobo!

No sé nada más, fuera de lo que dijo la prensa después, pero puedo sin embargo añadir que, aparte del incidente de aquel día, nunca tuve nada que reprochar a Jerónimo Bello en el plano profesional. A veces, me ocurre pensar que de haber intervenido yo entonces, tal vez hubiera sido cambiado el curso de los acontecimientos y este remordimiento en un primer momento, fue lo que me disuadió de contestarle. Esperando haberle sido útil en su investigación, se despide con toda simpatía

Maturino Del Vado.

Redactado en Cherburgo, el 5 de setiembre de 1975.

I

Biblioteca Émile Littré

La Biblioteca Émile Littré (filósofo y lexicógrafo 1801-1881) ocupaba un ala entera del antiguo obispado - edificio entre gótico y renacimiento - y aquel día en el mostrador de la planta baja donde se depositaban las obras que entraban o salían, columbraba Jerónimo a través del vidrio casi transparente de los vitrales los diferentes tonos de verde suave de las frondosidades del parque. El sol que las infiltraba, difractado por el prisma de un cristal de superficie irregular, se descomponía en un moviente arco iris sobre el roble encerado del mostrador. Esta visión lo trajo de repente varios años atrás: de nuevo se vio en la Basílica San Sulpicio, con la garganta apretada por la emoción ante el espectáculo de una cara de chica dentro de un nimbo de luz. Y en el preciso momento en que el nombre sepultado en su memoria le volvía a los labios: "María...", oyó una voz cantarina que le contestaba con tono colérico:

— No le permito, señor. Y ante todo ¿cómo conoce ni nombre?

Enfrente de él estaba una mujer joven, alta y delgada, con cara de madona y físico de pasarela, como escapada de una película de Antonioni o Rossellini (en color), enfundada en un vestidito rojo de tirantes que la desvestía más de lo que la cubría. Llevaba de la mano a dos chiquitas de unos siete y diez años, vestidas de vichy, con coletas atadas con un lacito de la misma tela.

— Quisiéramos hacernos miembros de la biblioteca. ¿Cuáles son los requisitos, por favor?

La impresión primera de Jerónimo se confirmaba. Italiana, sin duda alguna. Él seguía de pie, con las manos puestas en el mostrador, llenos los ojos con esta aparición paradísiaca, incapaz de articular la menor palabra de disculpa, seca la garganta y tambaleantes las piernas.

— Aquí tiene mi documento de identidad. Lo necesita para rellenar la ficha, ¿verdad?

Sus dedos vacilantes rozaron una mano de uñas lacadas con el mismo rojo que la boca carnosa y bien dibujada que acababa de pronunciar estas palabras. Tomando la tarjeta que le tendía, leyó para sí solo: Alessandrini María, señora de Lesueur, nacida en Nápoles el 8 de mayo de 1941. Signo particular: ninguno. Una súbita indignación se apoderó de él. ¿Cómo podía tan deslumbrante belleza no tener ningún signo particular si todo en ella se revelaba peculiar? Esto le confirmó una vez más la insondable idiotez de la administración.

Desde que pronunciara el nombre sésamo de María, había quedado el tiempo como suspendido, abolido para Jerónimo y sólo al contacto de los dedos de la señora de Lesueur volvió a tomar pie sobre tierra y oyó que decía con tono tan profesional como pudo:

— Sí, por cierto, señora. Hága el favor de pasar al despacho contiguo. Voy a tramitar de inmediato su inscripción a las tres.

Y acompañó esta última frase con su mejor sonrisa de oficio a intención de la madre y luego de las dos chiquillas quietamente inmóviles al lado de su madre. Recordó muy a propósito que tenía en en cajón del escritorio unos caramelos ácidos para tales circunstancias: sacó dos que tendió a las chicas: "Tomen, señoritas, un regalito de acogida". Pronunciaron al unísono un amable agradecimiento mientras se iluminaba con ancha sonrisa la seriedad de su cara.

Se produjo el efecto esperado. La madre también recobró la sonrisa. Prosiguió Jerónimo:

— Le ruego me perdone lo de hace un momento. Soñaba despierto en voz alta y el nombre que oyó era un recuerdo, pero a esta coincidencia la considero como un signo.

Se frunció la frente lisa de María de Lesueur por un instante y temió Jerónimo haberse pasado. Continuó con voz más firme:

— Mediante una cuota familiar de sesenta francos al año, Vd y sus hijas pueden tomar prestados tres libros cada una para tres semanas, con una limitación a una obra semanal en lo que atañe a los tebeos. Haga el favor de firmar aquí.

Le presentaba un bolígrafo, pero ella sacó del bolso una pluma Parker (reconoció Jerónimo el capuchón) y notó que firmaba con su apellido de soltera, con letra alta y fuertemente inclinada hacia adelante.

— Muchas gracias, señora. Si me lo permite, le voy a indicar donde quedan las principales secciones y enseñarle las salas de lectura para los adultos y para los niños. Haga el favor de seguirme.

Como ya sabemos, la señora de Lesueur se hizo lectora asidua de la Biblioteca y a través de investigaciones históricas que emprendió ella poco tiempo después, llegó Jerónimo a frecuentarla más de cerca, a verla en privado, para decirlo así, en el pequeño gabinete de lectura que se puso a su disposición para este efecto.

Jerónimo, pues, como cuantos hombres se acercaban a ella, cayó bajo el hechizo embriagador de María de Lesueur desde su primer encuentro, pero con el paso de las semanas y gracias a la colaboración que se estableció entre ellos, el impulso de todo su ser que había experimentado pronto se tornó en un sentimiento obsesivo, una pasión que cada día tenía más dificultades para dominar. Hasta el momento, María nada había hecho para alentarla, pero su penetrante perfume, su voz profunda de italiana, su largo pelo ondulado, sus ojos risueños, su boca carnosa, su silueta de diosa, todo eso lo movía a lágrimas sólo con pensarlo y cuando ella estaba delante de él, quedaba como paralizado, tartamudeaba, farfullaba como un colegial. En fin, le daba la impresión de hacer el ridículo y sufría mil muertes en su presencia, pero infinatemente más todavía cuando no la veía.

Acostumbrada a las asiduos homenajes del género masculino, María de Lesueur los consideraba con naturalidad e indiferencia, pero sabía poner en su sitio a los don juanes de provincia y otros seductores de oficio con una réplica hiriente e incluso con un rodillazo bien aplicado en los casos más serios. Pero no entraba Jerónimo en estas categorías. Primero, si su turbación era más que visible, todavía no se había arriesgado a la menor insinuación ni a declaración alguna, y tampoco había esbozado el mínimo gesto hacia ella. Y esta deferencia, de la que no tenía de veras hábito, la conmovía más de lo que pudiera decir. Su juventud también la emocionaba. Ella, con sus treinta años, su casamiento precoz y sus dos chicas, su vida arreglada de esposa de una notabilidad, se sentía más vieja de lo que era y en su fuero interno había apodado a Jerónimo "il cherubino": era muy exagerado, por cierto, pero tratar con él le daba la impresión de recobrar una parcela de esta juventud que se le había fugado con demasiada rapidez.

Así pues, mientras con mucha facilidad hubiera podido poner fin a sus encuentros con Jerónimo, denunciando su adhesión a la biblioteca - no sin que se supiera y diera pie a chismorreos - o más sencillamente, interrumpiendo sus investigaciones históricas - pero había llegado a un punto en que le costaba renunciar - o mejor todavía solicitando el fin de la colaboración de Jerónimo bajo cualquier pretexto - aunque eso a él le hubiera podido merecer algún que otro desagrado y no lo quería, en vez, decía, de poner fin a sus encuentros bisemanales con él, se dejó llevar en un primer tiempo por el sentimiento de omnipotencia que le daba su ascendente sobre Jerónimo. Jovial hoy, severa mañana, se divertía observando la turbación que provocaba en él su falta de ecuanimidad, jugaba con sus sentimientos y sus deseos dejando que le rozara la mano o destilando confidencias sobre su pasado. Y Jerónimo no sólo caía en la trampa sino que se lo tragaba y creía todo a machamartillo. Una sonrisa de María y veía la vida de color rosa, un ceño fruncido, una mirada negra y caía a pique en la melancolía.

Aquel juego duró varias semanas. María esperaba de Jerónimo una iniciativa que no se producía, sin haber decidido todavía cuál sería su respuesta. Pero, prisionero por voluntad propia, cual mariposa incapaz de dejar el halo de luz de una pantalla, soportaba Jerónimo todos los agravios que le deparaba María, sin abandonar su aparente calma. No obstante, ya era evidente, a ojos de muchos, que algo había empezado a cocerse y presentían algunos que pronto iba a hervir. El mundillo de la biblioteca aguantaba la respiración.

Ese día había decidido María ayudar a la Providencia y durante la mañana, pidió a Jerónimo que la acompañara al departamento de archivos, al que no podía acceder sola. Tenía puesto adrede el mismo vestidito rojo con tirantes que el día de su encuentro, el mismo perfume también. Tras encender la luz de la escalera, empezó a bajar, con Jerónimo en los talones. Abajo, después de franquear la cámara de entrada, frente a las alineaciones paralelas de estanterías llenas de cajas de archivo, quedaba un espacio libre ocupado de momento por varias cajas de libros procedentes de un legado por clasificar.

Y allí, en la penumbra cómplice del sótano, no pudo Jerónimo con ello. El mar de fondo de todos sus deseos y sueños contenidos tanto tiempo lo sumergió de súbito sin dejarle la menor oportunidad de escapar: sin haber soltado palabra alguna, sin que supiera muy bien cómo y mientras la reclinaba en las cajas de cartón puestas en el suelo, su boca se encontró en los labios de María que se había dado la vuelta para hacerle frente. Y María, sorprendida por la rapidez del acto, al oír que murmuraba: "No, por favor, Jerónimo..., aquí no", mientras respondían sus labios como a pesar suyo al beso de Jerónimo, comprendió que estaba dispuesta... a mucho más. ¿Cuánto tiempo pasó antes que un ruido de pasos en la escalera los hiciera incorporarse, ordenar sus vestidos y mirarse despavoridos? No hubieran sido capaces de decirlo. Fue Jerónimo quien volvió a subir primero, sin decir palabra. Pronto lo siguió María, cargados los brazos con una pila de revistas del siglo pasado.

Aquella noche, con los sentidos encendidos, la mente trastornada y el corazón en júbilo, se demoró Jerónimo por la ciudad y estaba muy preocupada su esposa cuando por fin se presentó en casa, sobre las diez, apestando a alcohol y tabaco. Recitó sin convicción el cuento del amigo de infancia encontrado por casualidad, cuento que escuchó Alejandra sin pestañear y que aparentó creer. En realidad, desde hacía varias semanas, en su sueño dejaba escapar Jerónimo el mismo nombre y Alejandra ya no estaba en la etapa de las sospechas, sino en la de las confirmaciones. No le hizo una escena en el acto por no detectar huella de perfume femenino alguno - por eso también había rondado Jerónimo por los bares - y porque sabía que su primer amor se nombraba María; así benefició la duda al acusado, quien esa noche se contentó con poder dormir al otro lado de la cama. Pero fue una esposa llena de una creciente inquietud quien logró conciliar el sueño de madrugada, tras pasar revista una y otra vez a cada una de las jornadas y semanas precedentes, en busca de un indicio que confirmara sus sospechas. En vano. Aparte del nombre ese y del retraso de esta noche, nada. Pero en adelante, el amor celoso de Alejandra más que nunca estaría a la defensiva.

II

Calle Quebrantacorazones

Lo cual hace más increíble todavía el que, a poco tiempo de eso, su esposa haya aceptado que Jérónimo vigile los deberes de Julia y Melissa Lesueur. También cabe decir para descargo suyo que fue el mismo fiscal Lesueur quien pulsó el timbre una tarde, para presentarles la oferta. María no quiso personarse en el domicilio de su rival ni hacer su propuesta a Jerónimo en el lugar de trabajo de éste. En el primer caso, pensaba, no hubiera dejado de plantearse preguntas una mujer perspicaz y en el segundo, desde el incidente de los pasos en la escalera del sótano, ella temía las indiscreciones. ¿Cómo persuadió a su esposo de la necesidad de contratar a Jerónimo, mientras que ella no trabajaba fuera de casa, y cómo lo convenció de gestionar él mismo el trámite ? Es éste un punto por esclarecer pero que sólo asombrará a los que no la conocen (ella lo obtiene todo de quienquiera). Como Alejandra no dejaba su puesto antes de las siete y media (imposiciones del comercio) y como la vivienda de los señores de Lesueur quedaba en el camino de Jerónimo, ella no vio inconveniente alguno en que su marido, cuatro veces a la semana, de seis a siete, vigilara los deberes e hiciera recitar sus lecciones a las chicas Lesueur. Tanto más cuanto que en el plano económico era tentadora la oferta. Para un trabajo fácil, finalmente, ya que Julia Lesueur, la mayor, entraba en 6° de EGB, con un año de antelación y Melissa, su hermana, estaba en 3°.

En estas condiciones fue cómo hizo su entrada Jerónimo Bello, a principios de octubre de 1971, en la casa solariega de la calle Quebrantacorazones que Su Señoría el Juez Lesueur había alquilado a unos dueños desadinerados, tomando a su cargo algunas reformas urgentes. Era una mansión un poco antigua, de unas quince habitaciones en dos pisos, sin demasiado estilo pero con mucho encanto. La fachada cubierta de cepa virgen, llegado el otoño adquiría tonos llameantes y dos olorosas buganvillas se enredaban en las verjas que la separaban de la calle. En el patio adoquinado, rodeado por las dependencias, acogían flores un lagar desafectado y su muela de granito. Una escalinata doble llevaba a la puerta de entrada.

Por aquella primera tarde de su nuevo servicio, al subir los escalones de piedra gastados en su centro por dos siglos de uso, a Jérónimo se le salía el corazón del pecho. No tanto porque debiera hacer de vigilante para dos chiquillas apenas entrevistas - después de todo, no resultaría mucho más arduo que cuidar de niños como lo solía hacer para llegar a final de mes cuando era estudiante - sino sobre todo porque fuera a encontrarse cara a cara con María, sin saber qué postura adoptar. En efecto, no habían vuelto a verse desde el episodio del beso (casi hacía quince días) y Jerónimo no sabía muy bien qué pensar. Por un lado, las palabras que ese día a María se le escaparon (no, por favor, Jeránimo, aquí no...) eran lo bastante explícitas para permitir todas las esperanzas ; por otro, esta tapadera que le acababa de proporcionar para introducirlo en el hogar conyugal tal vez no fuese más que un cortafuegos levantado con toda prisa para cohibirlo más y evitar cualquier otra entrevista a solas... Intentando recobrar la calma, tomó varias hondas inspiraciones, buscó en vano un timbre y acabó por levantar la aldaba de bronce con cabeza de gorgona que dejó caer tres veces.

Al contrario de lo que esperaba, no le abrió la puerta María sino una criada joven, con falda negra y delantal blanco. Con la sorpresa, a Jerónimo le costó articular el porqué de su visita :

— Buenas. Soy... pues... los señores de Lesueur me han pedido que venga a vigilar los deberes y haga recitar sus lecciones a sus hijas.

— ¡Ah! Es Vd el nuevo vigilante... Me avisó la señora, sí. Le espera en el salón. Por aquí es.

El vestíbulo, revestido con tableros de roble barnizado, hasta la cintura de alto, tapizado más arriba con una tela de un beis un poco desteñido, decorado con varios cuadros y grabados, conducía al fondo a una ancha escalera de caracol con balaustrada labrada ; a mano derecha una puerta doble de alma llena abría a lo que sería la sala de recepción principal y a mano izquierda daba a lo que resultó ser un pequeño salón, amueblado de manera más bien heteróclita.

Desde las sonoras baldosas de gres del vestíbulo, tomó pie Jerónimo en un parqué a la inglesa unas tablas del cual crujieron bajo su paso. Lo estaba esperando María, recostada en un diván de estilo Directorio. Esperó a que la criada cerrara la puerta para incorporarse. Pero no se repitió el milagro del Archivo. Jerónimo, en esta atmósfera tan extraña para él, quedó cuajado en el centro de la habitación, con su cartapacio en la mano, cual viajante esperando para sacar su muestrario. La primera en hablar fue María:

— Buenas noches, Jerónimo. Me hace feliz que mi marido le haya elegido para ayudar a las chicas. Le he dicho mucho bien de Vd y del señor Del Vado también. Espero que sea de su agrado estar con nosotros...

¿Qué lenguaje es éste? pensó Jerónimo. Pero cuando la vio poner un índice sobre su boca y apuntar con el otro la puerta que se acababa de cerrar, comprendió que estas protocolarias palabras no se dirigían especialmente a él o no sólo a él. Pero no le dio tiempo para pensarlo más. Viniendo hacia él, lo adelantó y fue hasta la puerta que entornó para comprobar que nadie acechaba por el ojo de la cerradura, luego cerró sin ruido antes de abrirle los brazos, susurrando con aquel inimitable acento italiano : "Jerónimo..."

¿En qué lío te has metido? murmuró la razón de Jerónimo, desgraciadamente cubierta por el tumulto de su corazón que decía: "¡No importa! ¡Es tuya! ¿No es lo que buscabas?". Y, un instante después, ya no existía nada sino la dulzura de los labios de María, la pasión de sus besos, el calor de su cuerpo contra el suyo, el perfume de su piel, el olor de su pelo. Y aquel deseo que lo abrasaba... Y esos vestidos que los estorbaban... No, no hacía falta... Aquí, no.... Ahora, no...

Se contuvo Jerónimo y tomando la cabeza de María entre sus manos, la apartó de su boca diciendo: "María... ¿Por qué me hizo eso? Hacerme venir aquí, bajo su propio techo. Nos pueden sorprender en cada momento. Y queda más feo tadavía.

María soltó una risita de garganta: "Aprenda, cariño, que lo que cuenta es la intención. Aquí o fuera, los engañados siempre serán mi marido y su mujer. Pero más me temo el qué dirán de este pueblo que las sospechas de mi marido. Y del personal de esta casa puedo responder. Además Julia y Melissa realmente necesitan a uno para vigilar su trabajo. Yo no puedo con ello. Saben manejarme y cedo ante cada capricho. Tiene que terminar. Venga conmigo, se las voy a presentar.

Sin darse cuenta, habían conservado el tratamiento de Vd que rigió sus primeros encuentros en la Biblioteca. Pero lo más curioso es que, por prudencia dirán unos, por un resto de timidez dirán otros, iban a seguir usándolo hasta la última hora de su corta relación, por anacrónico que fuese para dos amantes.

No ocurrió nada más aquella tarde. Y en la sala de estudio y música del primer piso, dejó María a un Jerónimo muy perplejo en compañía de las dos señoritas de casa, quienes acogieron con mucha cortesía "al señor que les había dado un caramelo", tanto más cuanto que Jerónimo había traído otros más que supo darles cuando hubieron aprendido y recitado las lecciones como convenía. Inglés y latín para Julia, un corto poema y un poco de conjugación para Melissa. Cuando hubo terminado su tarea, Julia le indicó a Jerónimo, ignorante de cómo despedirse, que debía usar el tirador. La sirvienta que lo había introducido apareció otra vez y lo acompañó hasta la puerta de entrada sin que volviera a ver al ama de casa.

Al día siguiente, tampoco vio a ésta. La señora había ido a una subasta en Saint-Lô y no estaba de vuelta todavía. Era viernes. Se perfilaba que ya tuviese que esperar el lunes, a las seis de la tarde, para verla de nuevo... Eso superaba las posibilidades de su corazón. Era demasiado. Tenía que encontrar un medio. La misa dominical... ¿Cómo no se le ocurrió antes? Bueno, pero ¿a qué misa acudiría ella, a la Misa Mayor en San Sulpicio o a una misa rezada en San Martín del Campo? Reflexionó en que las dos chiquillas sin duda cursaban catecismo y que se les aconsejaba asistir al oficio de las nueve, adaptado a su particular intención. De acuerdo, pero ¿las acompañaría su madre o no? Estaban en edad de ir solas. Y la señora de Lesueur tal vez oiría la última misa, la de las once y media, con su marido, quien por entonces ya habría vuelto de su entrenamiento matutino. Por otro lado, él y Alejandra acostumbraban asistir a la Misa Mayor.

En estas consideraciones estaba cuando sonó el timbre una y otra vez. Como Alejandra había ido al mercado, fue a abrir. Era el cartero (lo hubiera podido adivinar), que había llamado para entregar un catálogo de venta por correo, el cual, claro, no entraba en el buzón. Pero también le entregó un sobre blanco de lo más común en el que reconoció con tanto estupor como júbilo la letra alta, inclinada hacia adelante, de María. Atónito, cerró la puerta en las narices del cartero, sin despedirse siquiera.

De espaldas contra la puerta, como si quisiera proteger mejor el precioso envío, Jerónimo lo manipulaba sin atreverse a abrirlo. Vaya suerte que se haya encontrado en casa. ¡Qué imprudencia la de escribirle así, sin precauciones! Pero qué felicidad también. De repente, pensó que tal vez era una carta de ruptura. De súbito le quemó los dedos. Haciendo alarde de valor, rompió el sobre con fiebre. Sólo contenía una hoja con algunos renglones que lo deleitaron:

Jerónimo,

Perdóneme la imprudencia de este mensaje.

No he podido reisistir las ganas que tenía de decirle

antes del lunes las sencillas palabras que adivina

y que ya no puede contener mi corazón : le amo.

                                           Maria.

Jerónimo dobló la hoja que puso en el bolsillo de la camisa, sobre su corazón. Luego, fue hasta el conducto de basuras donde comenzó a desmenuzar el sobre que había contenido el precioso mensaje en trozos del tamaño de un sello. Entonces fue cuando notó que éste no llevaba ni obliteración tampoco. Seguía investigando este misterio cuando un breve timbrazo le anunció que había vuelto Alejandra del mercado.

— ¿Sabes a quién he visto en la compra? A la señora de Lesueur con la criada. No me dijiste que tenían una. Y guapa, además. Pero no tanto como su dueña, queda claro.

Entonces comprendió Jerónimo que María había venido a depositar (o había mandado hacerlo), el mensaje que le había entregado el cartero, sabiendo que su mujer estaba en la plaza de abastos por un momento todavía. Pero, ¡por Dios, qué inconciencia!

Tranquilizado en cuanto a los sentimientos de María para con él, decidió prudentemente Jerónimo que le valdría más no despertar las sospechas de su esposa trastornando de improviso las costumbres dominicales de su pareja. Ahora, su problema inmediato era encontrar un sitio seguro para conservar la carta de María, que no podía destruir, de eso ni hablar. Descartó su billetero del que Alejandra acostumbraba sacar el dinero para la compra. Ningún lugar en el piso le pareció al abrigo de un ataque imprevisto de limpieza u ordenamiento. En cambio, pensó finalmente que nadie inspeccionaría antes de mucho tiempo las cajas de archivo en el sótano de la Biblioteca, adónde lo llevaban a menudo sus quehaceres ; ni tampoco el fondo del cajón de su escritorio que apenas lograba abrir en grande. Pero, por eso mismo, renunció a este escondite: hubiera podido parecer sospechoso que, de repente, le diera por abrirlo con tanta frecuencia.

Así fue cómo, durante la mañana del lunes, bajó al archivo donde armó una nueva caja de cartón en la que inscribió con la misma letra que en las otras: "Correspondencia" y en la segunda línea: "Varios", ya que decentemente no podía precisar más. En ella depositó su carta antes de guardar la caja en lo alto de una estantería, al lado de las dedicadas a Emilio Littré y al general Valhubert. Allí se descubrirían, algunos meses más tarde, todas las cartas de María, cuidadosamente ordenadas y curiosamente marcadas con el sello de la Biblioteca Municipal, como si hubiese querido Jerónimo legarlas a la institución.

Aquel lunes, las tareas rutinarias que solían dar pretexto a las ensoñaciones de Jerónimo, no pudieron impedir que se angustiase hasta la noche. María sólo venía a la Biblioteca dos veces a la semana, los martes y viernes, generalmente por la tarde. En efecto, el lunes era el día libre de su marido, el miércoles lo dedicaba a sus hijas y el sábado a la compra. Fue para él, pues, un lunes interminable. A las cinco de la tarde, ya se había quitado la bata para colgarla en el guardarropa y ponerse la chaqueta ; a las cinco y cuarto, con aire consternado, vio entrar a una lectora ; no pudo dejarla elegir sus libros sola y pronto la despachó con los dos primeros volúmenes que le cayeron entre manos y que ésta no había leído: "¡Oh, Muerte!, ¿dónde está tu victoria?" de Daniel-Rops y "Los Verdes años" de Cronin. A las cinco y media en punto, pasaba la puerta de entrada, dejando el cierre, normalmente de incumbencia suya, al cuidado de un subalterno. Con paso cerrado, recorrió, por el casco antiguo, los centenares de metros que lo separaban del caro domicilio. Antes de darse cuenta que estaba un cuarto de hora adelantado y desandar lo andado hasta los jardines del Obispado, que cruzó una y otra vez, desocupadamente.

Por fin, en el mismo minuto en que el campanario de San Sulpicio desgranaba los tañidos de las seis de la tarde, con aprensión levantaba Jerónimo la aldaba de la calle Quebrantacorazones.

Mientras se esperaba al mismo delantal blanco y falda negra que la vez anterior, casi tuvo un movimiento hacia atrás al descubrir la tornasolada bata de la dueña, quien lo hizo pasar; los criados también libraban el lunes y acababa María de tomar su baño. Su marido, que estaba leyendo en el salón, la seguía de cerca y le reprochó con medias palabras haber abierto así vestida: "Buenas tardes, señor Bello, dispense a mi esposa, no me dejó tiempo a abrirle, lo cual hubiera sido más conveniente, pero sabe cuán impulsivas son las Italianas...

Estaban los tres en el vestíbulo, como en la peor comedia vaudevillesca y buscaba Jerónimo su entrada, mientras María ya subía la escalera, levantando los faldones del vestido: "Señor Bello, eso suena muy ceremonioso para un joven, ¿me permite llarmarle Jerónimo?... Jerónimo, le ruego me disculpe, me voy a vestir para complacer a mi marido. Vd conoce el camino, las chicas están en el salón de estudio, puede subir, lo están esperando".

Pensó Jerónimo que una mirada exterior no hubiera dejado de juzgar indecente que un joven le siguiera los pasos en la escalera de su casa a una mujer casada a medio vestir y esto a los ojos del marido. Pero éste no parecía ofuscarse demasiado de la situación. Aunque un resto de prudencia le hizo subir él también los escalones para acompañar a Jerónimo hasta la sala de estudio donde lo esperaban Julia y Melissa.

Pero, tras dar a sus dos hijas los consejos que dan todos los padres en tales circunstancias, dio por eclipsarse con el pretexto de una cita en la ciudad.

Empezó Jerónimo a dar su clase con la esperanza y el temor mezclados de ver a María entrar en cualquier momento sin saber cómo reaccionar; luego logró concentrarse en su tarea: cinco renglones de Tacito que tenía que traducir Julia mientras Melissa realizaba sumas y restas. El manual de latín de 6° de EGB era el mismo que en el Instituto diez años antes: las hermanas de la Providencia faltaban muy poco a las tradiciones. Cabeza morena, cabeza rubia, inclinadas en los cuadernos, las dos chiquillas estaban muy aplicadas en sus deberes cuando entró sin ruido su madre en la habitación, pero Jerónimo entre mil hubiera reconocido su estela perfumada. Suelto el pelo, ahora vestía una faldita negra acampanada y una blusa de satén carmesí: rojo y negro; El Rojo y El Negro. Quedó Jerónimo desconcertado: había tantas semejanzas entre su situación aquí y la de Julián Sorel en casa de la Señora de Rénal que no pudo hacerse a la idea de que sólo era una coincidencia. ¿Quería María aludir así a los deseos calculadores del héroe de Stendhal y poner a prueba sus propios sentimientos para con ella?

No estaba terminada la clase todavía, pero después de dar una rápida ojeada al trabajo de las dos chiquillas, su madre, con aquella voz profunda que casi movía Jerónimo a lágrimas desde el primer sonido, les dio el visto bueno para salir:

— Muy buen trabajo, queridas. Id a jugar a vuestra habitación ahora, tengo que hablar con vuestro profesor. Os llamaré cuando sea hora de cenar.

Se retiraron con alegría, esbozando una rápida reverencia antes de salir del cuarto, mientras Jerónimo iba recogiendo libros y cuadernos sin poder esconder su creciente turbación. A él le correspondía tomar una iniciativa ahora y no sabía cuál: el cuerpo y el corazón le dictaban una pero su entendimiento le decía: "No, Jerónimo.... aquí, no". Y con el recuerdo de esta frase se acordaba de que una vez ya por poco los pillaban...

Pero la naturaleza pudo más que la razón. Depositando la pila de libros y cuadernos en la esquina del escritorio, cogió la mano de María, que ya estaba a su lado, y se la llevó a los labios en un ademán irreflexivo, cuya espontaneidad superó cualquier parrafada lírica que pudiera imaginar: atraídos el uno hacia el otro, los amantes se enlazaron, sus bocas se encontraron, sus alientos se mezclaron y los dedos de Jerónimo prontito descubrieron que María no llevaba nada sino las dos prendas aludidas, endebles baluartes por cierto que franqueó en menos que canta un gallo. Tampoco se había quedado inactiva María y ya no había marcha atrás para ninguno de los dos. Se tomaron, pues, con furia sobre el escritorio de roble encerado en un coito deseado, imaginado y reprimido tanto tiempo que los llevó al éxtasis a la par, dejándolos en una semiinconciencia de varios minutos...

"Post coïtum, omne animal triste" decían los latinos. Y no escapó Jerónimo a la regla. Vestido con prisas, conducido en silencio a la puerta de servicio, no pudo decidirse a volver a casa antes de ordenar un poco sus pensamientos y erró, pues, durante un buen trecho de tiempo por las calles del casco antiguo sin encontrar a ningún conocido, por suerte. Llovía y no tenía paraguas. Este chirimiri penetrante le dio la impresión de lavar un poco su falta, y al cabo de un cuarto de hora, pudieron llevarlo sus pasos hasta el hogar, donde su aspecto de perro mojado le ahorró cualquier otra pregunta incómoda.

III

Parque Tomás Beckett

Duraron tres meses largos los amores seudoliterarios de María y Jerónimo, tiempo necesario al marido para convencerse, primero, de la realidad de sus recientes atributos frontales y, segundo, de la magnitud creciente del escándalo en la ciudad. El procurador fiscal Lesueur era tan clarividente en el análisis de los casos que le tocaba tratar, tan incisivo en sus intervenciones y tan temible en sus requerimientos como cegado, débil e inofensivo en cuanto, pasada la puerta del hogar, se encontraba con su esposa. Ella lo manejaba a su antojo, él le consentía todo. Con lo cual parecía la pareja llevarse de maravilla. Pero corrió el rumor - sin verificar, que conste - de que este salto por encima de las estipulaciones del matrimonio no era el primero y algunas lenguas viperinas hasta dijeron que el contrato se había reducido a poco desde hacía mucho tiempo.

El lector prudente recordará que dinero llama dinero y con un servidor se librará de cualquier conclusión precipitada.

Sin embargo, en el caso que nos ocupa, el rumor, apoyado por lo visto en concordantes indicios, en tan poco tiempo dio la vuelta a la ciudad que uno se pregunta si el señor Bibliotecario Jefe fue tan discreto como pudo o debió ser. Porque, déjemonos de rodeos, aquella "noticia" bien tuvo que salir de una boca informada y a Jerónimo y María sólo los pillaron juntos en vísperas del desenlace...

Pero vayamos por partes y volvamos a nuestras consideraciones primeras.

En el transcurso de la primavera -lo anterior ocurrió a la salida del invierno - se instaló pues entre nuestros cuatro protagonistas, no me atrevo a decir un "modus vivendi", pero más bien un "modus amandi" bastante clásico. María y Jerónimo "se veían" cuatro veces a la semana en casa de ésta, dos veces más en la Biblioteca y cada sábado María le escribía a Jerónimo una carta de amor que él recuperaba en su buzón el domingo por la mañana al ir por sus croissanes, pero sus momentos de serena intimidad eran mucho más escasos y pronto fue necesario encontrar un nido para aquel amor: en una ciudad de tan poca población, pensar en un cuarto de hotel, aunque fuese bajo nombres prestados, casi era hacer pública su relación y alquilar un estudio presentaba poco más o menos los mismos inconvenientes. Pero amarse a hurtadillas entre dos puertas a sus ojos tenía más todavía. La señora de Lesueur alquiló, pues, a un dueño parisino que confiaba el negocio a una gestoría local, un pisito amueblado del casco urbano en la travesía Tomás Beckett. Las razones de esta elección fueron primero que el acceso era un corredor privativo que daba a un pórtico con doble entrada: por un lado a la cercana Biblioteca y por el otro al Parque Tomás Beckett, que domina todo el valle. También porque era uno de los pocos en tener una cama de matrimonio - esos estudios son equipados más bien para solteros. Y por fin porque el lugar había sido renovado hacía dos años apenas.

Era un piso amueblado común - lo visité - al que, con mínimos cambios, intentó dar un poco del calor de su Italia natal; aun cuando no se pasasen el tiempo contemplando la decoración, a los amantes les importaba sin embargo que el marco de sus amores estimulara su sueño de una vida a dos, bajo el sol, liberados de sus respectivos vínculos...

A un póster gigante de la bahía de Nápoles con el que se cubrió una de las paredes de la habitación le tocó este papel. Varias pertenencias con las que no quiso María abarrotar el entorno matrimonial y que fue a recuperar al fondo de sus báules completaron la evocación: un frasco de chianti transformado en lámpara de cabecera, un bloque de puzolana pompeyana, una litografía del Ponte Vecchio de Florencia, otra de la Piazza San Marco... Objetos irrisorios de una Italia de pacotilla a ojos ajenos, objetos cargados de historia y recuerdos para la bella napolitana, objetos que a Jerónimo le gustaron porque a ella la quería .

Cuando abandonaba la Biblioteca por fuerza tomaba Jerónimo la travesía Tomás Beckett. Le bastó pues lograr que se modificara su horario de trabajo para disponer dos veces a la semana de un lapso dedicado a sus amores extraconyugales. María, con más tiempo libre en las horas laborables, siempre llegaba antes que él. Así es como un observador atento pudiera ver cada martes y viernes por la tarde, el bueno de nuestro Jerónimo dejar la Biblioteca a las cuatro y media, coger la travesía Tomás Beckett y salir de ella sólo hora y media más tarde, para ir... a casa de su amante cuyas hijas - que la joven criada había recogido en la escuela - lo esperaban para su lección. María, por su parte, volvía a casa algún tiempo después, cargados los brazos con las compras que hiciera antes o después de su cita retrasada.

Por muy bien pensado que fuese, el estratagema no carecía de los riesgos inherentes a este tipo de empresa: el sueño de los sosegados amantes que dejan pasar el momento de la separación, el grano de arena imprevisto que viene a perturbar toda la mecánica, la delación con o sin voluntad que arruina el secreto. Sin contar con los celos y la lasitud que vencen los sentimientos más firmes.

El primer mes sin embargo transcurrió sin incidentes. La euforia de los encuentros en su confortable nido hasta tuvo felices repercusiones sobre el ambiente de sus respectivos hogares : Jerónimo volvió a ser más tierno con Alejandra, lo mismo que María estuvo más atenta con su marido, para compensar, sin duda, el sentimiento de culpabilidad.

Aquel viernes, habían pasado dos meses desde que cambiaron en el salón de la calle Quebrantacorazones el beso que inició su relación y para celebrar este aniversario había traído María al piso de la travesía Tomás Beckett siete rosas rojas y una botella de champán Rœderer. A menudo ella esperaba a Jerónimo en bata - la misma que la que.. - aunque a él no le gustaba nada como quitarle la ropa a su bella amante entre la puerta y la cama... cuando les permitía la pasión alcanzar ésta, porque también hacían el amor de pie contra la puerta de entrada, sobre la moqueta de lana alta o en la ducha que siempre tomaban juntos antes de separarse. Eran como dos imanes invenciblemente atraídos uno hacia otro tan pronto como estaban frente a frente y con tanta más fuerza cuanto que debían dominar y controlar aquel impulso a los ojos de los demás cuando coincidían en sociedad fuera de este contexto.

María terminaba de disponer las rosas en un florero de vidrio soplado sobre la mesa baja del saloncito cuando oyó los cinco aldabazos - dos largos, tres cortos - que les servían de contraseña ; y la llave hizo girar el cerrojo que había echado con dos vueltas tras entrar.

— Corazón, llega Vd con antelación, esto merece recompensa. Entre prontito que le bese. Y luego beberemos este champán para celebrar los dos meses de nuestro primer beso.

Pero Jerónimo ponía mala cara. Lo supo María en cuanto se volvió para hacerle frente y antes que soltara cualquier palabra. Ese ceño fruncido, esa mandíbula contraída revelaban una inhabitual tensión interior.

—¿Qué ocurre, Jerónimo, le pasa algo?

Jerónimo, después de cerrar, se estaba quitando el abrigo que dejó en el colgador de la puerta de entrada.

— ¿Qué pasa, corazón ?

Él se dejó caer en uno de los sillones bajos.

— Pasa que mucho me temo que lo nuestro sea un secreto pillado. Hoy me hizo Dugué una reflexión curiosa : "Bello, me dijo, cuando tenga un momento, estaría bien que controlara la clasificación de las correspondencias que tenemos abajo y me hiciera proposiciones sobre lo que podemos proponer al público en general y lo que se debe reservar a gente autorizada". ¿No te parece extraño?

María vino a sentarse a los pies de Jerónimo y ladeó la cabeza en sus rodillas.

— ¿No era sino eso? ¿Por qué inquietarse tanto? Es probable que no sea más que una coincidencia. Pero sería mejor que desde mañana trajera mis cartas aquí. Nunca se sabe. Ya le enteré de la sospecha que tengo de que ese puerco le haya visto a Vd besarme en el sótano. Se muere de ganas, ya lo sé, pero ¡puede esperar sentado, el viejo babuino!

Así fue como supo Jerónimo que su superior también se había extralimitado con María, quien lo había puesto en su sitio sin reparos.

Pero ¿quién podía resistir la formidable y animal femineidad de María? Cómo estar resentido con quienes se quemaron las alas, como le ocurrió a él? Por suerte, había sido elegido y por nada del mundo hubiera cedido el sitio. Se inclinó para depositar dos besitos en los párpados azulados levantados hacia él.

María se incorporó y vino a sentarse en sus rodillas. Ya nada contó para los amantes fuera de sus alientos al unísono, sus manos aprisionadas, sus cuerpos de nuevo abrasados...

Sobre la mesita del salón, en un cubo para champán, se derretían cubitos en torno a una botella quedada sin abrir. Fuera, las hojas verde tierno de la incipiente primavera acababan de cubrir los garrones de la olmeda mutilada del parque. "El cielo, por encima del tejado, tan azul, tan calmo..."

La primera alarma en serio llegó quince días más tarde. Esa tarde - era un martes - sobre las cinco de la tarde le dio a Alejandra un patatús en la bótica y la dueña le aconsejó irse a casa antes de la hora y tomar descanso. Llamaron pues a su marido en la Biblioteca para que viniera a buscarla con el coche. Pero no estaba. El señor Del Vado explicó por teléfono que había sido modificado el horario de Jerónimo a petición suya y que los martes y viernes por la tarde salía a las cuatro y media. La señora de Turgot, mujer de experiencia, se contentó con significar a Alejandra que a su marido lo habían mandado de compras - lo que acaecía pocas veces - y finalmente ésta volvió a casa por sí sola.

Esa tarde, como cuatro veces a la semana, hizo Jerónimo de vigilante para Julia y Melissa y fue, pues, un poco antes de las siete y media cuando volvió al hogar donde lo esperaba una Alejandra que había tenido tiempo para imaginar mil hipótesis, algunas de las cuales lindaban de cerca con la realidad.

— ¿Dónde estabas esta tarde?

— ¿Cómo que dónde estaba? En el trabajo, ¡claro!

— Pues, me hiciste falta, te llamamos y no estabas. Dijeron que habías salido.

— ¿Quién dijo eso?

— El señor Del Vado a mi dueña. Tuve un desmayo y queríamos decirte que vinieras a buscarme.

— Te dio un desmayo...

— Sí, pero al final no era nada. Dime ¿dónde estabas?

Jerónimo pensaba a toda velocidad. No hubo contacto directo entre Del Vado y Alejandra y por lo visto a éste no se le había ido la lengua. Pero reveleba que sabía algo de ellos, porque de lo contrario, por ignorancia, hubiera dicho la verdad. Y ¿Por qué no la había dicho? ¿O la había dicho y la señora de Turgot no pensó oportuno inquietar a Alejandra con eso? De cualquier manera, urgía restablecer la situación.

— Había... salido, en efecto. Yo soy quien se encarga de las compras al exterior; tengo un crédito semanal de tres horas y los martes y viernes por la tarde, dejo la biblioteca a las cuatro y media.

— Nunca te vi traer a casa compra cualquiera para la Biblioteca.

— Si es nuevo, del mes pasado, y cuando me da tiempo, las dejo allá antes de volver.

¡Huy! Por esta vez se alejaba el peligro. Alejandra en efecto fingió aceptar la explicación. Pero definitivamente tendría que desconfiar sin tregua de Del Vado.

Admitida la hipótesis según la que Maturino del Vado estaba al tanto del amorío de Jerónimo y codiciaba a María, no resulta muy difícil determinar el curso de los acontecimientos siguientes. Dos soluciones se le presentaban a nuestro hombre: la primera, el anónimo al marido, sin duda pondría el punto final a una relación que no podía sufrir más tiempo, pero no le reportaría ningún beneficio; la segunda, un intento de chantaje acerca de María, en cambio podía permitirle llegar a sus fines, por lo menos una vez. Según la violencia de sus apetitos, podía optar por una u otra. Y ¿por qué no descartar ninguna? El chantaje, primero, para saciar sus deseos, la denunciación luego para satisfacer su venganza.

La escena tuvo lugar tres semanas más tarde, en su despacho, mientras María venía a avisarle del fin de sus investigaciones históricas y dar las gracias por la ayuda que él y Jerónimo le habían prestado...

— De nada, señora Lesueur, si fue un placer para mí serle agradable y para el señor Bello también, estoy seguro, e incluso puedo decir que de ello tengo la prueba, si me comprende...

— No le entiendo, señor Del Vado...

— Me perdonará ser tan directo, pero creo que al señor Lesueur le sorprendería desagradablemente aprender dónde y con quién pasa Vd ciertas horas de las tardes desde hace varias semanas.

Así lo sabía todo. María palideció bajo el ataque. Le dio un ligero mareo que le impidió incorporarse como tuvo intención de hacerlo.

— Pero Vd me cae muy simpática, como sabe, señora Lesueur y me encantaría olvidar lo que sé y cederle las pruebas que ahí van...

Acababa de sacar de un cajón del escritorio un sobre pardo del que extrajo un fajo de fotos.

— ¿Y eso? ¿Chantaje?

— No es exactamente lo que Vd cree. Estos clichés son de un detective privado contratado hace poco por su marido. Lo sorprendí mientras obraba y contra remuneración aceptó modificar el informe a su esposo y cederme el carrete de película. Hasta ahora, gracias a mí, ha sido preservado su secreto y sólo depende de Vd que siga así.

Los ojos negros de María lo fulminaron:

—¿Cuánto?

— No quiero dinero.

— ¿Qué, si no?

— Lo mismo que Jerónimo Bello.

— ¡Eso, nunca!

— ¡Piénselo! Su secreto contra una noche con Vd.

— ¡Está completamente loco!

— ¡Ay de mí! Sí, María, de Vd, y sé que es mi única oportunidad...

María, por su parte, reflexionaba a toda prisa. Su marido tenía sospechas. Del Vado disponía de unas fotos no muy comprometedoras por el momento, pero suficientes para echarlo todo abajo, si las recibía su esposo, y echar a perder su carrera, si se publicaban. En los dos casos, tendrían que mudarse para huir del escándalo. Y ella era totalmente incapaz de imaginar un solo instante ser separada de Jerónimo. Había que transigir en seguida. Y transformar la vergonzosa victoria de Del Vado en una humillación personal. Inspiró hondo y sus ojos negros se clavaron en la cara ya enternecida que le hacía frente.

— Vale. Pero aquí y ahora. Contra las fotos y los negativos.

María se había puesto de pie para dirigirse hacia la puerta del despacho que cerró con llave. Luego, encarando a Maturino Del Vado, cogió el sobre pardo, comprobó su contenido, lo encerró en su bolso y, con rapidez, dejó caer a sus pies el vestido casulla, ofreciendo al pasmado bibliotecario lo que tantas veces había soñado con poder tomar...

— L’Italia farà da sé...

Así fue como Maturino Del Vado logró su hora de gloria, mejor dicho su cuarto de hora, porque quince minutos apenas habían transcurrido cuando las empleadas de la Biblioteca vieron salir a la señora de Lesueur, con porte erguido y paso firme, del despacho de su patrón, el cual en contra de su costumbre no acompañó a su visita.

Desdichadamente, el sacrificio de María resultaría inútil porque su provocación sólo confortó en Maturino Del Vado la intención de realizar la segunda parte de su plan. No vaciló sino unos días, los necesarios para persuadirse de que nunca más cedería María al chantaje ; entonces, puesto a perder, con los titulares de La Mancha Libre confeccionó un anónimo que el Procurador recibió en curía un lunes por la mañana:

SEÑOR PROCURADOR

¿QUÉ HACE SU MUJER TRAVESÍA BECKETT

LOS MARTES Y VIERNES

DE LAS 4:30 A LAS 6 DE LA TARDE?

En este mensaje de una gran claridad, la firma sola, "un admirador celoso", sorprendió al Procurador Lesueur, quien en su carrera se había curado de espantos. Además, lo que ignoraba el remitente era que, desde cierta enfermedad que lo dejó sexualmente impotente, el Procurador había devuelto a su esposa su libertad amorosa con las únicas condiciones de que preservara su honor y su matrimonio. Lo cual ella respetó las pocas veces en que su temperamento latino pudo más que la ternura hacia su marido. Pero, esta vez todo parecía diferente. Desde algún tiempo atrás, él sentía que ella se iba alejando; descuibaba el hogar, acudía con irregularidad a la escuela por Julia y Melissa; carecían de proyectos comunes: así seguían sin planear sus vacaciones de verano cuando ya se acercaba el primero de mayo. Esta vez, sí que era más serio, no cabía la menor duda y le faltaban fuerzas para luchar por ella. Secó dos lágrimas en el rabillo de los ojos y puso en la cartera el anónimo doblado en cuatro. En el escritorio delante suyo, una fotografía radiante de María con Julia y Melissa le recordaba la felicidad desaparecida...

El cerco se iba cerrando. Y crecía el rumor, mezclando hábilmente una onza de verdad, una pizca de verosimilitud y una carretada de invenciones. Repetido, deformado, agravado, multiplicado, adornado o magnificado según el talento y el humor de cada cual. Una mañana, despertó el Palacio de Justicia con una pintada amarilla fluorescente en el granito del muro oeste:"Lesueur, cornudo". Al día siguiente, un versificador vándalo, pero esteta había añadido : "su mujer, ¡qué culo!" Y se partía de risa la ciudad, mientras se esmeraban en borrar con cepillo de fregar las vengativas inscripciones.

Se acercaba el alalí. El Procurador apenas abandonaba el despacho, se esforzaba por pasar desapercibido y miraba sus zapatos cuando se tropezaba con otro en Palacio. A Jerónimo le notificó "que le agradecía el trabajo realizado para con Julia Y Melissa, pero que en el interés de todos, se veía en la obligación de ponerle coto". Alejandra cuyas sospechas quedaban confirmadas, se sumió en la melancolía y tuvo que pedir la baja. Jerónimo, secos los ojos de tanto llorar, trataba de afrontar las desmesuras de la ciudad ultrajada. María sola seguía haciendo la compra, impertérrita, desafiando abiertamente a los tenderos y clientes reprobadores. Pronto ya no pudo dar un paso por la ciudad sin que se cuchicheara a su lado. Se aproximaban las vacaciones de Semana Santa. Así, de acuerdo con su marido, acordó irse por un tiempo a casa de su familia con Julia y Melissa.

Antes de salir para Italia, quiso María ver a Jerónimo una última vez. Pero, desde su "entrevista" con Maturino Del Vado, no quería volver a la Biblioteca. Denunció su suscripción por correo y mandó devolver los libros a la criada. En la solapa de uno de ellos iba un sobre sellado con la siguiente mención:

Remítase en mano a Don Jerónimo Bello

Aquel día, por estar en recepción, nadie sino el mismo Jerónimo recibió el choque de esta solemne inscripción. No se ha encontrado esta útima carta de María a Jerónimo, pero ella ha consentido en confiarme su contenido aproximativo cuando la visité en Nápoles para esclarecer las últimas oscuridades y someterle las pruebas de este relato.

Sin entrar en los detalles, le revelaba que sus sospechas en contra de Maturino Del Vado eran fundadas, que había intentado chantajearla y sin duda lo había contado todo a su marido, quien parecía muy afectado, que ella no quería por nada perjudicar la carrera de éste y que, dadas las proporciones tomadas por el caso en la ciudad, con pena en el alma, había decidido alejarse por un tiempo.

Y le daba una última cita travesía Beckett, este mismo viernes a la hora acostumbrada.

Por de pronto, la lectura de este mensaje a Jerónimo lo dejó produndamente prostrado, pensando que María se preparaba para irse, para romper con él sin duda,  sin espera de vuelta quizá, y que no la vería más; luego sin saber por qué, de súbito quedó convencido de que Maturino Del Vado a María no le había pedido dinero, sino que le había puesto la mano encima, intentando cobrar sexualmente el ruin precio de su silencio. Sólo con pensar en las manos de Del Vado en el cuerpo de María, quedó desencajado y, en cuestión de segundos, lo sumergió un furor interno. Rápidamente se le impuso una decisión, más clara que el agua. Era la pausa de mediodía y en vez de irse a almorzar en casa, fue a comprar media baguette y dos lonchas de jamón de París para un bocadillo que se dispuso a comer en el parque. Le había entrado hambre ahora que estaba resuelto a la acción cuando hacía un momento se sentía incapaz de probar bocado. Sobre la una y media, por aquí volvería a pasar  Maturino Del Vado, de vuelta al trabajo. Abrió la navaja y partió en dos su media baguette...

Sobre las 3 de la tarde, aquel día, en el momento en que cruzaba el Parque Tomás Beckett al llegar con antelación a su última cita, en el mismo sitio donde se alza el monumento que conmemora el asesinato del santo en su catedral de Canterbury por los esbirros reales el 29 de diciembre de 1170, descubrió María el horror y desfalleció con un desgarrador grito de dolor que hizo abrirse varias ventanas: en la lápida recordatoria yacía el cuerpo ensangrentado de Maturino Del Vado sobre el cual se había caído el de su agresor, con el arma plantado en el corazón. Al pie de la columna truncada, un sobre con dos palabras "A María" y dentro el siguiente mensaje:

Maria,

Se acabó todo. Y justicia queda hecha.

No hubiera podido vivir lejos de ti. 

Hasta mi último soplo,te he querido 

más que mi vida. Perdóname.

Jerónimo.

Epílogo

Aquel mismo día, en el Palacio de Justicia, se descubrió al Procurador Lesueur, tumbado en la mesa de trabajo del despacho, con un revólver en mano y una bala en la sien. Sobre el cuero color burdeos del juego de escritorio, explicaba en una carta no poder asumir más su infirmidad y pedía a sus allegados que le perdonasen la pena y los fastidios que les iba a provocar su acto... 

Si era demasiado tarde para socorrer a Jerónimo Bello cuando acudió la gente al grito terrible de María, Maturino Del Vado, por su parte, todavía respiraba. Lo transportaron con toda prisa al Hospital donde fue operado durante siete largas horas. Pero ha salido con vida y hoy en día vive días apacibles en su refugio del Haut-Cotentin.

Durante varias semanas, se revolucionó el vecindario. Cámaras, periodistas, paparazzi y demás gacetilleros recorrieron la ciudad en todos los sentidos en busca de su verdad; luego volvió a caer en el conformismo enguatado de su vida provincial. 

©Pierre-Alain GASSE, 1993-1997 para la versión francesa. Traducción 2011. Derechos reservados.

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